Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/09/2017
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Tirso Priscilo Vallecillos. Foto: Amando Casado
30/07/2017
RELATOS EN LA FRESQUERA

Cosas de casa

Tirso Priscilo Vallecillos García (Motril, 1972) pasó gran parte de su infancia en Veguellina de Órbigo, donde cada verano muestra su prolífica actividad creativa. Es una especie de creador total que lo demuestra en los múltiples géneros que aborda. ‘Subway’ ( poesía, 2016). ‘Libro de cocina tradicional canibal' (2016), (narrativa breve) y recientemente ’Homo Pokémons’, (libro de aforismos).


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La hija pequeña. Judy desapareció de la vida de los Wislow justo cuando subía a su habitación. Nunca más se habló de ella. Sucedió en Cosas de casa. Jaimee Foxworth, la actriz que la interpretaba, que por entonces tenía catorce años, no pudo soportarlo y aprovechó las mismas escaleras para descender hasta los infiernos: problemas psicológicos, drogas, porno duro. Todo un entramado de realidad y ficción del que ninguno de nosotros puede librarse.

 


La viuda. Conocedora de la naturaleza imperfecta del presente, imagina situaciones idílicas para huir de la realidad; por eso, apenas muerto su marido, fantasea con estar en una playa, cree escuchar cómo se desvanecen las olas, intenta seguir la cadencia del agua para conciliar el sueño, pero no lo consigue: no puede evitar dar otro repaso a su coartada.

 


La prima. Hoy llega mi prima, viene cuatro o cinco veces al año y es un acontecimiento que nos mantiene a la expectativa porque siempre trae un novio nuevo. Viste como una actriz de cine aunque nadie sabe en qué trabaja. A pesar de su 'glamour' yo me la imagino en una gran fábrica, frente a una cinta transportadora sobre la que desfila fruta fresca con la que compone hermosas cestas de regalo. Ella aplicaría su ojo, que digo, su instinto especial para retirar de la cinta las piezas estropeadas y sustituirlas por otras más apetecibles. Sería la más eficiente, al fin y al cabo, eso es lo que hace con los novios.

 


Un pariente lejano. Era un hombre genial, siempre contento, divertido, algo excéntrico, bastante excéntrico, el más excéntrico de los hombres: decía que era una bola de navidad y nadie le creyó hasta que en diciembre apareció colgado de aquel árbol.

 


La tía abuela. Cuando sale de misa nunca da limosna. Me dice que hay que ayudar a los demás, pero de otra manera, que dinero no da porque no se fía, que ha apadrinado un niño, pero en su cabeza, que se llama Luisito, que reza por él todas las noches, que lo quiere salvar del aborto, porque Luisito, dondequiera que esté, todavía no ha nacido... Yo le digo que qué bien que haya gente tan buena, y se la ve orgullosa con mis palabras, porque ese tipo de gente buena a veces no entiende de ironías.

 


El matrimonio. El hombre observa cómo la mujer se desplaza rápidamente por el salón mientras realiza diferentes tareas: “Cariño, con respecto a lo de hablar, no sé, he pensado mucho, quizás sea mi culpa y tengamos que comunicarnos más, contarnos todo lo que hacemos, ¿te has dado cuenta de que apenas hablamos? A veces me da la sensación de que no me escuchas. ¿Me escuchas? Es ahí, a tu capacidad de escucha, a la que yo apelo”. La mujer se frena en seco y responde con genio: “No, ¡a pelo no!”

 


El novio de la hija. Le pasa el móvil para que vea la evolución de su último cuadro. En la tele comienza un drama de esos en los que mentes perversas destruyen modélicas familias. Se abrazan bajo la manta, se besan, se encajan cada uno en el otro y ambos en el pequeño sofá. Ella expresa su deseo de poder estar en la amplia y preciosa casa de la película, la misma casa en la que se desarrollarán acontecimientos sórdidos. “En ese salón pondríamos tus cuadros”. Se sonríen. Con el dedo descubre una foto por cada día que él ha trabajado aquel paisaje, pero un pequeño error de cálculo en la presión de su yema muestra una imagen que la joven tarda unos segundos en entender como una captura de pantalla con todas sus cuentas de correo, redes sociales, contraseñas... Se pregunta por qué ha violado su intimidad, por qué tiene su novio esa información, por qué... No se da cuenta de que acaba de entrar en la casa de la tele.

 


El marido que regala flores. Aunque nunca le regaló flores hoy gasta su única llamada para enviarle un ramo: su sonrisa maliciosa no pierde la ilusión de que le llegue a tiempo.

 


El próximo novio de la tía. El hombre está al teléfono. Al verla con el cigarro en la mano se desvive por darle fuego. A ella le gusta su caballerosidad, es un hombre como los de antes: protector y cariñoso. “Te dejo, amor, que entro en la consulta”, dice a su interlocutora mientras, cortésmente, le abre a mi tía la puerta del bar.

 


Los gemelos. En Divinity retransmiten un programa sobre bodas: eligen la ropa, el lugar de celebración, los menús... Andrea colorea una ficha. “Alberto, ¿tú que vas a hacer cuándo te cases?”, pregunta seria su hermana. El niño, sin dejar de jugar con sus animales de plástico, contesta con solemnidad: “¿Yo? Celebrarlo en Toys 'R' Us.

 


Los tíos. Después de ver La piedra oscura comentaron la excelente representación de los actores y el contexto social que recreaba la obra: “Dios, qué pena, vivir una situación así... Y nosotros complicándonos la vida con tanta tontería”. El otro hombre lo miró de soslayo: no hablaron más en todo el trayecto.

 


El primo soltero. Mira el papel 'Amy Hempel, Razones para vivir' antes de utilizarlo para envolver el chicle. Por inercia, busca a ese dependiente con el que nunca se ha atrevido a hablar, ese que ocupa caricias solitarias y que es como un premio a la lectura. Baila por la sala, acaricia lomos, roba palabras gigantes en cursiva y negrita, hasta que una confabulación de miradas lo aboca a su propio deseo. Frente a él le tiembla la memoria y apenas acierta a pronunciar “Busco... Razones para vivir” El dependiente sonríe y sin dejar de mirarlo pregunta “¿Quieres que busquemos juntos?”. Y el libro pasa a ser lo de menos.

 


El coche de papá. “Mira, mamá, esa mancha del cristal parece un pie”. “¡Qué va a ser un pie! Será la marca de un pájaro...” “Pues lo parece, mami”. La mujer mira de reojo el cristal. Mira mami, en tu lado hay otro pie. La mujer detiene el coche en un semáforo, la niña estira sus piernas abiertas sobre el salpicadero y señala las huellas en el cristal. No entiende por qué mami comienza a llorar.

 


El vecino raro. Estaba harto de que le recriminara que no servía ni para mantener el orden en su garaje, por eso sonrió, con cierto nerviosismo, cuando encontró el hacha en su cabeza.

 


La abuela. Hace frío. Se mete en la cama y se tapa de tal manera que apenas se ven sus ojos; de toda su fisonomía, lo más particular sin duda: unos ojos verdes que, poco a poco, se le han achicado y hundido, pero que todavía son el reducto de la luz de su rostro. Mira hacia todos lados, intenta pensar qué ha cambiado en esa habitación, la misma en la que nació hace ya setenta años. Entiende que todo es un cuento: todo ha sido un cuento largo, sereno, quizás un poco insulso... Pocas líneas para toda una vida y seguramente, de estas, sobren más de la mitad.
 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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