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Luis Miguel Suárez Martínez
6/08/2017

La autoficción autoficticia de Javier Cercas

 

Javier Cercas, El monarca de las sombras, Barcelona, Penguin Random House, 2017, 281 pp.

 

 

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Javier Cercas (Ibahernando, 1962) comenzó a  cobrar relevancia literaria a partir de Soldados de Salamina (2001), hasta convertirse en uno de los autores más destacados de esa corriente narrativa tan de moda denominada autoficción. A esa corriente —por cierto, parodiada de forma explícita por Andrés Martínez Oria en su admirable Invitación a la melancolía (2013)— pertenece también su última novela, El monarca de las sombras. En ella se reconstruye la biografía de Manuel Mena, personaje real —tío abuelo del propio Cercas— muerto a la edad de diecinueve años en la batalla del Ebro combatiendo en el ejército nacional y figura heroica teñida de una aureola legendaria dentro de su familia.

 

En el primer capítulo —que funciona como una especie de prólogo—expone el autor los dos problemas fundamentales que se le planteaban a la hora de contar esa historia a la que había dedicado años de indagaciones. Uno era de índole personal, pues suponía enfrentarse a un pasado incómodo marcado por la ideología falangista de su familia, en algunos casos tras abandonar sus simpatías iniciales por la República. El otro estribaba en una cuestión estrictamente literaria: “¿Hubiera debido atenerme a la realidad estricta, a la verdad de los hechos, suponiendo que tal cosa fuese posible (…)? ¿Hubiera debido mezclar la realidad y la ficción para rellenar con ésta los huecos dejados por aquélla? ¿O hubiera debido inventar una ficción a partir de la realidad, aunque todo el mundo creyese que era veraz, o para que todo el mundo lo creyese?” (p. 12). Queda así planteada la esencia de la autoficción en que se inscribe El monarca de las sombras: la mezcla de realidad y fantasía que busca jugar con el lector, nunca seguro de los estrictos límites entre una y otra. 

 

Como desde el primer momento se puede advertir, el libro presenta una clara estructura dual. En los capítulos impares se cuenta en primera persona todo el proceso de investigación seguido por el escritor para reconstruir la historia de su antepasado: el acopio de documentación, a veces tras una búsqueda laboriosa en archivos diversos; la entrevista con personas que conocieron al protagonista —algunos habitantes de Ibahernando, en su mayoría familiares del novelista, incluida su propia madre; pero también otros supervivientes de aquella época como la madre de Antoni Cortés, enfermera en el hospital en que murió el protagonista—; la visita a los lugares a los que la guerra llevó a Manuel Mena…

 

En los capítulos pares, por su parte, se reconstruye con aparente objetividad y rigor histórico —aunque a veces se deba acudir a las conjeturas razonables cuando faltan los datos precisos; y aunque tampoco falte la interpretación personal, desde una explícita perspectiva ideológica, de la república y de la guerra civil— la biografía del protagonista, desde su infancia hasta su temprana muerte en el frente. Resultan llamativas en este caso las abundantes apelaciones a la búsqueda estricta de la verdad: “los literatos pueden fantasear, pero yo no: a mí la fantasía me está vedada” (p.74); “ni esto es una ficción, ni yo soy literato, así que debo atenerme a la seguridad de los hechos” (p. 144); “no soy un literato y no estoy autorizado a fantasear” (p. 238)… Esa voz narrativa que aquí habla en primera persona no coincide, pues, con la del propio Javier Cercas, ya que cuando se refiere a él lo hace en tercera persona (pp. 32, 36, 62, 63, 71, 93, etc.). De hecho, esas apelaciones a la veracidad entran en contradicción con algunas afirmaciones del propio novelista: “En todo caso, si al final me decidiera a contarla no me ceñiría a la verdad de los hechos. Estoy harto de relatos reales. Tampoco quiero repetirme en eso” (pp. 44-45). El resorte narrativo se reconoce de forma explícita en el último capítulo, cuando el autor, tras resolver ya su dilema moral, cuenta cómo halló al fin la técnica literaria adecuada para contar la historia: “Debía desdoblarme: debía contar la historia de Manuel Mena (…) igual que la contaría un historiador (….) como si yo no fuese yo sino otra persona; y, por otro lado, debía contar no una historia sino la historia de una historia, es decir, la historia de cómo y por qué llegué a contar la historia de Manuel Mena a pesar de que no quería contarla” (p. 273).

 

Así pues, se alternan en libro el relato y el metarrelato. Tanto en uno como en otro, formando parte del juego de la autoficción, predomina la apariencia de realidad. A ese propósito contribuye, la aparición, además del propio novelista, de otros personajes reales conocidos (por ejemplo, el escritor y cineasta David Trueba); la inclusión de fotografías y documentos relacionados con la historia de Manuel Mena, la transcripción parcial de algunos artículos del propio Cercas, etc. Sin embargo, se perciben también numerosos rasgos de humor (pp. 13, 15, 20, etc.), que contribuyen al distanciamiento irónico, lo que junto al ya citado desdoblamiento de narradores crea un juego de perspectivas de raigambre cervantina.

 

Por otra parte, Cercas se sirve de diversos referentes literarios explícitos para establecer paralelismos con la historia de su tío abuelo: la novela El desierto de los tártaros de Dino Buzzati; el relato Es glorioso morir por la patria de Danilo Kiss; y, sobre todo, los poemas homéricos, ya que Manuel Mena con su temprana muerte en combate fue durante décadas en el ámbito familiar un nuevo Aquiles, ejemplo de una hermosa muerte (Kalos thanatos). Claro está que la perspectiva —incluida la ideológica— del escritor difiere de la de su familia, lo que añade un elemento trágico más a la figura del protagonista, pues “además de morir por una causa injusta, murió peleando por unos intereses que no eran los suyos” (p. 185). Por todo ello, como constata el escritor al final, el Aquiles al que se parece su antepasado no es al de la Ilíada sino —y a ello alude el título de la novela— al de la Odisea, esa sombra desengañada que vaga por el Hades y que cambiaría su reinado entre los muertos por una existencia miserable entre los vivos (p. 261). Queda así de manifiesto el contraste entre la realidad y la apariencia, que despoja al heroísmo de adherencias legendarias para mostrarnos un héroe más humano. En cualquier caso, El monarca de las sombras conjuga con notable destreza historia y literatura, realidad y ficción, subjetividad y distanciamiento irónico. 

 


 

 

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