Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 12/12/2017
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Texto: Andrés Martínez Oria. Foto: Amando Casado
6/08/2017
Relatos en la fresquera

Baño nocturno

Entregamos el último cuento de la serie Relatos en La Fresquera, el titulado 'Baño nocturno' de Andrés Martínez Oria con Fotografía de Amando Casado.
La semana próxima iniciaremos una serie de narraciones-sueño: los sueños de 'Papasquiaro', unos sueños apócrifos del poeta-soñador de la novela 'Los detectives salvajes' de Roberto Bolaño, imaginados por José Miguel López-Astilleros y Bruno Marcos que vendrán acompañados de las ilustraciones de Patricia Gutiérrez

 

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Yo iba mirando los cuerpos tostados de las muchachas en la playa urbana cuando pasó cerca un hombre de barba, uno de tantos, y nos quedamos mirando. Una de esas miradas casuales que a uno se le borran al instante de la memoria. Pero mientras se perdía entre la gente pensé que aquella mirada me recordaba algo. No obstante, la olvidé pronto.

 

 

Me había sentado a tomar un aperitivo en una terraza frente a la bahía llena de velas multicolores. De atrás llegaba el ruido del tráfico, los pitidos de algún conductor fuera de sí, acelerones de motores recalentados, gritos y carreras de niños o adolescentes. Todo eso, tras un día de sol en un lugar costero. Había cerrado el periódico y tenía la vista posada en la superficie azul vinosa, apenas diferenciada del horizonte. Me gustaba bañarme de noche en el mar, desde que una vez lo hice con una mujer que casi me doblaba la edad. Yo no había llegado aún a los veinte y ella se acercaba a los cuarenta. Fue un baño muy placentero y desde entonces voy alguna vez, a esa hora en que otros eligen el calor de la ciudad para sus correrías. Estaba a punto de abrir internet en el móvil cuando me palmearon ruidosamente en el hombro.


–¡Sito, tú aquí!
–¡Juan, Marisa! Cuánto tiempo. ¿Queréis sentaros?

 

 

Habían aceptado demasiado pronto y demasiado sonrientes. Eran amigos a los que apenas veía. Se habían casado hacía un par de años, quizá más, y no tenían hijos. Al menos, la última vez que los vi no los tenían. No me atreví a preguntarles si había llegado algo. Juan y Marisa eran de esas personas con las que uno se encuentra a gusto, pero en ese momento habría preferido estar solo. Sin embargo soy complaciente y enseguida nos pusimos a charlar del verano, los asuntillos de la ciudad, los amigos comunes a los que veíamos cada vez más de cuando en cuando. En fin, esas cosas frívolas e intrascendentes de una tarde de agosto y una terraza.
–La que se casó es Palmira –dijo Marisa, y me hirió difusamente la noticia.
–Y Teo abrió despacho, ya sabes, de esos de teléfono y secretaria. Él anda todo el día pegado al coche y el móvil. No tiene un instante para los amigos. Creo que se está montando.
–Es que sabe moverse, las cosas como son.

 

 

No sé por qué me pareció que Marisa le reprochaba algo oscuro a Juan. No me apetecía ejercer de juez neutral en uno de esos improvisados juegos de despellejamiento, pero si iban a exhibir intimidades allá ellos. Aunque para eso podían ir a la tele. Bastaba con callar y hacer como que no les oía. La gente suelta confidencias, pero en realidad no quiere que se les escuche. Al menos, con muestras de interés. Hay que saber oír sin implicarse demasiado. Te hablan sin hablarte, y uno tiene que oír sin señales manifiestas de que ha oído. Entonces vi pasar al hombre de la barba otra vez y volvimos a cruzar nuestras miradas.
–¿Os suena esa cara? –les pregunté de sopetón.

 

 

Miraron con disimulo y Juan hizo un gesto negativo, pero Marisa se quedó pensando un poco, antes de soltar una carcajada.
–A mí también me recuerda algo. Mira que si es el que cogieron hace unos meses en punta Gravina. Aquel que perseguía a las muchachas solitarias.
–No puede ser. A ese lo acusaban de la desaparición de una. No pueden haberlo soltado tan pronto –dijo Juan.
–No te extrañes –dije–, ahora los jueces son así.
–Si no quieren saber de pruebas –dijo Marisa.

 

 

Estábamos mirando a la gente que pasaba entre los edificios y las terrazas, por donde se había esfumado el hombre de la barba.
–Por punta Gravina es donde voy a bañarme algunas veces por la noche –No sé por qué lo dije. Soltamos a veces cosas que no vienen a cuento y estaríamos mejor callados, pero ya no tenía remedio, así que tuve que rematarlo–. Da gusto sentirse solo y libre.
–Siempre te gustaron poco las ataduras –dijo Marisa, yo bien sabía con qué intención, y añadió entre burlona y seria–. Pues ojo. Si es él, se trata de un tipo de cuidado.

 

 

Yo la miraba con cierto regodeo y ella se dejaba. Marisa y yo habíamos vivido un episodio de flirteo tiempo atrás, pero ya estaba olvidado. Sin embargo, aquel escote dejaba ver la piel tostada del verano a punto de terminar y me pareció más guapa y apetitosa que entonces. Pero la mujer que a uno le gusta siempre está casada. A veces, malcasada.
–Pero irá por las chicas, digo yo –dije.
–Quién sabe los gustos de un psicópata –dijo ella.

 

 

Aquello no daba más de sí y nos pusimos a hablar de cosas divertidas, sin entrar a fondo en nada. Conversaciones, ya digo, de terraza. Que si esto y lo otro y lo de más allá. Total, se despidieron antes de que viniera el camarero y quedamos de vernos otro día en el Ora marítima. Yo encendí un cigarrillo y me quedé mirando el mar. El mar y las muchachas de piernas infinitas y pellejo de chocolate. Fue entonces cuando decidí ir a pegarme un baño a la playa del Arenal, pasada punta Gravina.

 

 

El sol empezaba a declinar lentamente a babor del gran escollo. Abajo, el mar se batía con braveza contra los cantiles y las gaviotas volaban con un griterío amenazador sobre los espumarajos que venían a deshacerse contra los farallones. Los embates hacían temblar al universo. Pero a donde había detenido el coche llegaban con un poco de sordina los fragores del combate. Todavía volví a parar en el mirador, cerca del faro. Salí del coche y encendí un pitillo, cara a la brisa. No sé en qué estaba pensando, quizá en nada. La mente en blanco frente al oleaje fatigado de tanto vaivén, centelleando aún a la luz cada vez más borrosa de la puesta. O era yo el fatigado. Entré a tomar algo en la cafetería y me quedé allí mirando anochecer el mar. El cuerpo apretado de la camarera, dibujado en el cristal, superponiéndose al mar. Como emergiendo. Era bonito. Pagué y regresé al coche. La carretera bajaba dando curvas vertiginosas hasta casi la altura del agua, a la par que los acantilados acogían calas más pequeñas, recogidas, apartadas. Unos kilómetros más y la costa terminaba en una playa larga y segura, solitaria a aquellas horas. A todo aquello, aunque el gran escollo quedaba atrás, le llamaban punta Gravina. Por el barco que había naufragado allí, nadie sabía cuándo. O si había sido tal vez un navío valiente de guerra o una goleta de contrabandistas. Ni me importa. Cuando hacía viento, en punta Gravina era un vendaval. Pero ahora estaba en calma.

 

 

A mí me gustaba bajar a bañarme a aquel paraje un poco tenebroso al oscurecer, era verdad. Solía ir algunas noches de verano. Disfrutaba haciéndolo solo y desnudo, poseído por un extraño sentimiento de libertad. Así que me desvestí junto a los restos de una barca de pescadores medio podrida, varada en mitad de la playa quizá desde el principio de los tiempos. Esos restos sobre los que se suele escribir y hasta pintar. Marina. Y ya está. Eso con luz, porque ahora la tarde estaba casi como yo, negro de tanto sol y de hacer deporte. La bola de fuego se hundía en el mar dejando sobre las olas haces encendidos y ceniza. También yo iba encendido, hacia el agua. Y apenas sentí el frío en los tobillos eché a correr y me arrojé de cabeza contra las olas. Nadé con vigor mar adentro, hasta sentir peligro. Volví hacia la playa y me quedé donde el agua me daba por la boca. A veces perdía el pie y las olas que rompían con violencia me zarandeaban como un objeto muerto. Estuve jugando a sortearlas por arriba y por abajo, batiéndome con ellas en una pelea que me hacía sentir un habitante del agua. Un ser marino. Las desafiaba y ellas me atrapaban y envolvían, me golpeaban hasta casi ahogarme. Me excitaba el borde del abismo y había dejado de tener frío. Ni siquiera pensaba en eso.

 

 

Una montaña de agua me volteó a traición y me dobló la espina contra el fondo arenoso poblado de algas como serpientes. Largas. Pegajosas. Me eché mano al cuello y giré la cabeza con bastante dolor. Me había partido en dos. Cuando hice pie, tuve que desenredarme de los tentáculos asquerosos de las algas. Casi me ahogo. Pero volví a lanzarme al oleaje, que me atizaba sin contemplaciones más que antes. Aquello ya era un reto. El mar o yo. Qué locura. Estaba fuera de mí, sin ninguna sensación de frío ni dolor, sin percepción de los límites, ante un océano que intentaba atraparme sin conseguirlo, porque yo le incitaba entre los brazos interminables de las olas y los filamentos viscosos de las algas, rozado por los bordes de objetos desconocidos que flotaban a la deriva, poseído por un afán que ni siquiera yo conocía. ¿Estaba loco o quería suicidarme? Tampoco tenía respuesta para eso. Ni me importaba. Al fondo de la noche estaban las luces de la ciudad y los ruidos de los coches, la voz de las mujeres y el griterío confuso de los bares, todo lejano desde punta Gravina, donde acudía a celebrar las bodas salvajes con la naturaleza, la fría plenitud de la carne sensitiva. Como un pez o un animal de los abismos.

 

 

Me echaba el pelo para atrás, largo, dorado, lo sujetaba con la goma que sacaba de la muñeca, me frotaba los muslos endurecidos y me arrojaba violento otra vez contra la ola que me estrujaba y poseía, me zarandeaba y acababa echando a un lado como un pelele inservible. Al fin asfixiado, maniatado por las cuerdas incansables de la marea, me sabía derrotado. Y todavía tenía fuerzas para ponerme de pie y volver a desafiar las ansias del mar y sus valvas salitrosas.

A saber cuánto tiempo había pasado. A lo mejor ya era medianoche cuando di por concluida la batalla y salí agotado hasta la barca. Todavía asaeteado por los dardos moribundos de la luna. Me costaba llegar, y tuve que hacer el último tramo de rodillas. Entonces oí un ruido junto a las tablas y me arrastré como un reptil hasta donde me había desvestido. Pero no encontraba la ropa. Empecé a sentir el frío de verdad y me vi de color verde. Del miedo.

 

 

Eso quería decir que me habían robado. Y que por tanto no estaba solo ni, mucho menos, seguro. No podía gritar ni levantarme. Habría sido impensable defenderme de lo desconocido. Solo pensé en huir otra vez al mar, mi territorio, pero no me respondía el cuerpo. Ese mismo cuerpo que un momento antes se sentía invencible en el mar. Pensé en el ahogado que encontré una noche, que chocó contra mis ingles en el agua, y en el violador de punta Gravina, otra vez libre, y me sentí desnudo y vigilado por un agresor invisible, silencioso, implacable. Me estaba destrozando aquel silencio. Realmente estaba acoquinado. Era un cobarde. Y entonces vi la sombra junto a la barca. Aguardando, de pie.

 

 

Pero no alzaba un arma ni tenía una actitud agresiva. Todo lo contrario, se estaba despojando, dejaba caer las cosas junto a las tablas podridas. La ropa. Y, aún en la pesadilla, venía hacia mí. Me puse de pie y la sombra se fue acercando hasta que se me hizo visible. Era ella y estaba también desnuda. Se pegó a mi cuerpo tumefacto, buscando quizá el frío. El frío para su calor, que ahora era mío. Ella se apretó y gemimos otra vez hasta la locura.
–Marisa.
–Calla.

 

 

Claro que callé. Y nos entregamos con verdadero vicio de novatos a aquel silencio de las olas. Aquel vaivén. En silencio.
–Cómo llegaste aquí.
–Dijiste que solías venir.

 

 

No podía creer lo que me estaba pasando, y era de verdad. Tenía a mi lado, desnuda, a la mujer que había mirado por la tarde, que había deseado tanto tiempo sin encontrar más que rechazo. Y ahora venía a buscarme y a entregarse a aquel lugar tenebroso, donde encontraron a la muchacha muerta, semienterrada. Había vencido el miedo para venir a buscarme.
–¿Eras tú, verdad, la que estaba detrás de la barca, espiándome?
–Claro, viéndote desnudo a la luz de la luna, sin que me vieras. Es tan excitante espiar.
–Y la que me escondió la ropa.

 

 

Marisa se separó de mí y apeló a un deje de burla.
–La habrás dejado por ahí y no recuerdas dónde. Yo acabo de llegar y no sé nada de tu ropa.
 –¿De verdad?
–Hablo en serio.
–Entonces –dije–, eso quiere decir que no estamos solos.

Y vi en sus ojos mi mismo terror.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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