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Javier Huerta Calvo
9/08/2017

Las memorias inéditas de Ricardo Gullón (II)

 
 
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Como a tantos otros intelectuales de su generación, la Guerra Civil demedió abruptamente la vida de Ricardo Gullón. En su caso, además, a experiencia tan traumática hay que sumar la derivada de su disconformidad con la carrera profesional que, contra su voluntad más íntima, había elegido, la de fiscal. Así de claro lo cuenta en uno de los más emotivos fragmentos de estas memorias:

 

 

“Cuando en 1936 empieza la guerra civil yo me siento, no diré al margen, pero sí desgarrado, escindido, y sin poder solidarizarme por completo con ninguno de nuestros bandos. En ese momento se hace consciente algo que hasta entonces permaneciera larvado, algo que hasta entonces corría oscuramente por mis venas y golpeaba sordamente en mis sienes: la sensación de que la vida que estaba viviendo era una vida falsa, una vida sin autenticidad.

 

 

Las presiones tal vez familiares y otros condicionamientos lo habían llevado a estudiar Derecho en la Universidad Central de Madrid (hoy Complutense), donde tuvo a suerte de conocer a dos maestros, más tarde figuras destacadas del PSOE, Luis Jiménez de Asúa y Julián Besteiro. Después vino la preparación de oposiciones al cuerpo de fiscales, su primer destino en Soria, donde incrementó su actividad literaria, su posterior traslado a Madrid y, con el estallido de la guerra, la nada agradable tarea de ejercer la acusación contra personas vinculadas al bando faccioso, la mayoría de ellas inocentes; en concreto, Gullón actuó como fiscal en el juzgado número 12 de Madrid, encargado específicamente de la rebelión militar.

 

Las memorias son pródigas en detalles sobre los primeros momentos del fracasado golpe de estado. El 19 de julio, mientras conversa en el café de la Granja del Henar con el crítico Miguel Pérez Ferrero, oye tiroteos y cañonazos que no presagiaban nada bueno. Y en seguida el rosario de abominaciones: la quema de conventos, como el de Maravillas, los ‘paseos’ y las sacas de los considerados quintacolumnistas, a veces de políticos republicanos de tendencia moderada, como Melquíades Álvarez, la actividad tristemente célebre de las checas, controladas por comunistas y anarquistas. En noviembre de 1936 toma declaración nada manos que a Manuel Valdés Larrañaga, uno de los fundadores de Falange Española y luego hombre prominente del régimen franquista.

 

 

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Pero su peor experiencia como fiscal es cuando ha de ir a la cárcel de Porlier para tomar declaración a unos sacerdotes que finalmente serían ejecutados. Pertenecían a la orden de los Hermanos de la Doctrina Cristina, en cuyo colegio astorgano había estudiado Gullón junto a Luis Alonso Luengo y los hermanos Juan y Leopoldo Panero:

 

 

“Aquellos hermanos me conmovieron por su sola presencia. Fueron para mí como un símbolo de tantas almas, de tantos seres como la guerra estaba destruyendo sin motivo, fútilmente, y de manera irreparable. Yo les dije que había sido discípulo suyo y que los recordaba con cariño y vi que me creían y vi cómo se tranquilizaban, cómo se serenaban y respondían con tanta sinceridad como dolor a nuestras preguntas.”

 

 

No es difícil imaginar el desgarro que experiencias tan horribles debieron causar en el fiscal Gullón, obligado a ejercer un papel que traicionaba sus más hondas convicciones morales. En lo político, su republicanismo estaba fuera de toda duda. Apenas proclamada la República, había militado en el Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, de cuyas Juventudes fue presidente, y hasta había hecho ostentación de su anticlericalismo luciendo en la solapa, como también Juan Panero, unos diablos rojos, y hasta escribiendo un cuento de carácter blasfemo, que más tarde le provocará algún remordimiento de conciencia. Acaso fueran estos antecedentes los que, una vez acabada la guerra, lo llevaron, en la depuración de que fue objeto, a ser acusado de pertenecer a la masonería, como lo fuera su tío, don Moisés Panero. En el Archivo de la Guerra Civil de Salamanca he podido comprobar que hay un expediente abierto a su nombre sin que en la carpetilla figure documento alguno, caso distinto al del padre de los Panero, que llegaría a ser detenido por la Guardia Civil en 1943.

 

 

En este punto las memorias de Gullón nos retratan a un joven que ya había tomado partido por la literatura en perjuicio de la política; un error esta inhibición de lo público ˗llega a confesar en otro momento˗ porque la segunda quedaría en manos de los más extremistas. A este respecto es muy elocuente lo que escribe a propósito de su relación con Miguel Hernández. Lo había conocido en mayo de 1935, en el homenaje a Vicente Aleixandre con motivo de la concesión del Premio Nacional de Literatura. De aquel homenaje nos ha quedado una fotografía en la que, alrededor del poeta galardonado, posan ˗entre otros- Pedro Salinas, Gerardo Diego, María Zambrano, Pablo Neruda, Luis Rosales y los hermanos Juan y Leopoldo Panero. Por desgracia, Gullón quedó fuera de aquella histórica foto.

 

 

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El segundo y último encuentro con Hernández tuvo lugar en Alicante, en 1938, es decir, en plena guerra: “Hablábamos más de poesía que de guerra, pues ambos coincidíamos en estar hartos de ella. Coincidíamos también en nuestra estima por los combatientes, cualquiera que fuese el lado en que se encontrara, y en nuestro desdén por los ‘intelectuales’ de retaguardia”. El testimonio de Gullón es extraordinariamente valioso, y coincide con lo que los biógrafos más rigurosos del poeta de Orihuela, como José Luis Ferris y Eutimio Martín, nos han contado acerca del enfrentamiento entre Miguel Hernández y esos ‘intelectuales’ que disfrutaban de las comodidades de la retaguardia, a los que se refiere también con desprecio el comunista Santiago Álvarez, comisario que fue del Quinto Regimiento: “Siempre he dicho que él [Hernández] era un poeta combatiente. Porque él no era como Rafael Alberti o como los otros que iban al frente, estaban en un acto y volvían a Madrid. Él estuvo allí todo el tiempo, igual que cualquier otro combatiente”. Únase a ello el incidente que había tenido Miguel Hernández con el autor de Marinero en tierra, María Teresa León de por medio, en la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, en los primeros meses de 1939. Al parecer  –el relato es de Ferris–  “Hernández irrumpió en el edificio de la Alianza y, tras descubrir el ambiente festivo que se respiraba en aquellos salones, los preparativos, los manteles, el supuesto lujo, y los alimentos dispuestos en las mesas [parece que había hasta caviar ruso], no pudo ocultar su indignación ante aquel derroche y aquel alarde de resabio burgués mientras él y otros combatientes seguían jugándose el tipo en las trincheras” (Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta (Temas de Hoy, 2010, p.452).

 

Y Gullón nos ofrece, en efecto, la imagen de un Hernández bastante desencantado de la política y de sus conmilitones del Partido Comunista, todo lo cual coincide con el relato de sus biógrafos:

 

“Sentíase terriblemente pesimista y políticamente derrotado. Le acusaron al final de la guerra de haber sido comunista, y los comunistas han tenido interés en que la versión prosperase como cierta pero yo sé que no era verdad, porque le oía hablar de su decepción política y sé que estaba desengañado de sus antiguos compañeros de lucha. No puedo asegurar si en algún momento estuvo inscrito en el Partido, pero lo que aseguro es que, en los finales del año 38, cuando por Benalú y la Explanada paseábamos juntos, estaba desengañado, no diré escéptico pero sí cansado de creer en las habituales y ya tan fatigosas explicaciones de los políticos. Por eso prefería recitarme sus versos últimos, que eran admirables, y hablar del pasado.”

[Continuará.]

 

 

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