Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/10/2017
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Ángel Alonso Carracedo
11/08/2017

Frenazo en seco

 

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Hace unos años, una viñeta hizo fortuna en las redes sociales. Imponía una seria e inquietante reflexión, si es que todavía conservamos ese atributo. No recuerdo su autor. Dibujaba el proceso evolutivo del ser humano conforme a las teorías naturalistas de Darwin. Una cadena sucesiva desde el primate curvado hasta el hombre  erguido, que era frenado en seco por ese homínido contemporáneo esclavizado y ensimismado por el teléfono móvil. Una triste, pero real, alegoría de las conquistas tecnológicas que nos aproximan a un abismo de dependencias carcelarias para la libre voluntad.  

 


La visión que ahora pretendo expresar resulta ya familiar por lo reiterada. Pero no me resigno mecido en la abulia de la costumbre. Me cuesta pasar. Es más, me cabreo por lo que tiene de visión perpleja de la estulticia. Pasó hace unos pocos días, en la estancia veraniega de Astorga, siempre adornada por una comida en forma de homenaje a la buena gastronomía de estos lares. Junto a nuestra mesa, una familia integrada por padre y madre, aparentemente jóvenes, progenitores de un adolescente a las puertas de la juventud; de una niña en los aledaños de la adolescencia; y de un infante de dos años con largo recorrido aún en la fase más inocente de la vida. En esa reunión, como en tierra de nadie, un anciano de rostro bonachón, vestido con sus mejores galas, y que a todas luces, parecía el abuelo de la prole. Una concentración familiar que tenía el más que posible argumento de un encuentro extraordinario, por infrecuente, a causa de esas lejanías físicas que impone la lucha por la vida, y que, al mismo tiempo, guarda  dosis obligadas de ruptura radical con la soledad de nuestros mayores.

 


Me sobrecogió, y con el tiempo me fue indignando, el cariz que tomaba una reunión que solamente podía ser un dichoso y feliz encuentro de personas vinculadas por poderosos lazos afectivos a los que dar rienda suelta en infinita variedad de emociones y gestos. Pero aquello degeneró en un aquelarre de idolatría a esos cacharros por lo que ya no solo se habla o se recibe un mensaje más o menos urgente, sino que se apoderan y conquistan de la razón de tantos con una cadena inagotable de inútiles necedades que sirven únicamente para atrofiar la sesera.

 


Los supuestos nietos mayores no dirigieron ni una sola vez la palabra al abuelo en todo lo que duró aquella kafkiana comida, adocenados sin tregua en la pantalla del artilugio, gesticulando labialmente como posesos y moviendo dedos en una especie de locura nerviosa incontenible. Del lado paternal, la visión no era mejor: el padre era uno más en el sometimiento a la gresca digital de sus vástagos en el trajín de su teléfono; la madre, dominaba al pequeño con la mordaza de una tableta por la que desfilaban los dibujos animados de moda, y de vez en cuando, sí, dirigía una mirada cariñosa o unas palabras a aquel viejo más despistado que un torero tras el Telón de Acero, que diría el ocurrente Sabina. Ese hombre se sentía perdido entre su propia familia. Forzaba sonrisas, como intentando romper la terrible soledad que percibes cuando te sientes nadie delante mismo de los tuyos, y ves que tu mundo, tu tiempo y tus costumbres se han disipado  en la corriente indomable y disparatada de una sinrazón.

 


Como ésta, he sido testigo de escenas semejantes en restaurantes, en ese tiempo en que una comida familiar a varias bandas debe y tiene que ser una sucesión permanente de guiños, de complicidades, de diálogo abierto y hasta un poco aturullado de anécdotas y sucedidos, de buena simbiosis entre la charla y la audición. Admito que esta visión de hace unos días cortó en seco el dialogo con mi compañera estructural de vida y coyuntural de mesa. No podía sustraerme a un espejismo pleno de realidad en la desconfianza que me ofrece una generación que en su día dirigirá el mundo con el acervo de un sometimiento pleno a las máquinas, justo cuando estas afloran como tenebroso recambio del pensamiento y la imaginación humana, embrión de las más maravillosas creaciones. El nuevo mundo que se nos augura tiene ya legión - por acción de hijos y omisión de padres y educadores -, de sicarios.
                                                                                                                                  
       

 

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