Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 23/08/2017
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María José Cordero
11/08/2017

La pereza de las palomas

 

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En las tardes estivales se escucha el zureo de las palomas, insistentemente, como una letanía. Me las imagino empavonándose, cual reclamo, sintiéndose orgullosas de su pelaje y su panoplia. A veces, las contemplo haciendo ligeros movimientos con su cabeza,  y pienso que es la coquetería la que las lleva a esa danza que cimbrea su figura redonda. Hay algo de orgullo en su sencillo porte, en esa humildad de pájaro menor, en el canto monótono de su no canto.

 

No tienen la garganta del jilguero, ni siquiera pretenden emular al humilde pardal, al que ganan en tamaño. Son ellas, en sí mismas, dulces, indefensas y confiadas.

 

En las grandes capitales, les han declarado abiertamente la guerra. Algunos las denominan ‘ratas de ciudad’. ¿Pero qué han hecho para merecer tan desagradable calificativo? Si sólo con su inocencia pueril dan ganas de abrazarlas despacio, a su ritmo, que es un ritmo sosegado de vacaciones perpetuas... Las envidio por su falta de estrés, por esa parsimonia en su andar, esos vuelos tan leves que poca altura soportan, la mayoría de las veces; ese ‘dolce far niente’.

 

Me fascina y, a la vez, me emboba esa pereza que sostienen. No hay gracilidad en su vuelo, no son aves de acrobacias, quizás, más bien, de andar por casa. No compiten, no envidian el canto de algunas de su especie, ni la pericia en el vuelo de otras aves más hábiles en las alturas. Su destino siempre está cerca del suelo, en un lugar donde las voces de los niños las hacen ser más confiadas que de costumbre. 

 

Es verano. Hay una canícula pegajosa que todo lo envuelve. Pienso en ellas: si pasarán sed, si tendrán cobijo…Las dulces palomas de mi infancia comían de la mano alpiste de amapolas y llevaban los sueños lejos, hasta sus nidos, cobijando el futuro que nos parecía más lejano aún. Aquellas palomas de mi niñez llevaban ramas de olivo en sus picos,  y se bañaban en los charcos y fuentes de los jardines. Las tiernas palomas de mi juventud me acompañaban cada día, cuando atravesaba la plaza, y se posaban como destellos de sol en una mañana lenta de verano.

 

Y, aunque no son las golondrinas de Bécquer, a la atardecida  acunaré la paloma mensajera que me traerá tu voz, que me traerá canto.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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