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Javier Huerta Calvo
12/08/2017

Las Memorias inéditas de Ricardo Gullón (III)

 

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En agosto de 1938, Ricardo Gullón es internado en el Hospital de Alicante, aquejado de una angina de Ludwig, enfermedad que por entonces alcanzaba casi un 60% de mortalidad. Su estado de extrema gravedad lo lleva a perder el habla y a tocar las puertas de la muerte. En aquel trance recibe una visita inesperada, la de su gran amigo y pariente Juan Panero, que había fallecido justo un año antes:

 

 

“Juan estaba a mi lado. No era una alucinación, no, él estaba allí y sonreía, le oí respirar más todavía y me tocó. Nunca como entonces he advertido que todo mi cuerpo se crispaba, que la sangre se paraba en las venas y no tenía voz, ni lágrimas, ni aliento. […] Sentí el calor de su brazo en torno a mi cuello; el peso de su brazo sobre mi hombro. Sentirme entre los muertos, sentirme a su lado y pensar que sólo por un azar, casualidad o como queramos llamar a los designios de la Providencia, estaba todavía vivo.”

 

 

Cualquiera que lo conoció sabía del espíritu religioso de Gullón, tan ajeno al nacionalcatolicismo instaurado por el régimen como a la gazmoñería beata de tantos. Su religiosidad era de filiación unamuniana, es decir, agónica; la misma del filósofo José Luis López Aranguren, a quien don Ricardo contaría tiempo después la ‘visión’ que había tenido de Juan Panero, según afirma en una tercera de ABC, publicada en 1987, a los cincuenta años de la muerte del autor de Cantos del ofrecimiento: “Una tarde, en el campo alicantino, sentí la mano de Juan posándose en mi hombro y creí oír, casi un susurro, la palabra ‘adiós’. ¿La oí, sentí la mano? ¿Fue alucinación? En 1956 o 1957, en mi casa de Santander, leí a José Luis Aranguren las páginas en que quise preservar el incidente. Hasta hoy solo él las ha visto. Y yo, que no creo en ‘eso’, todavía me pregunto si de verdad sucedió o fue toda imaginación, y nada menos que imaginación”. Sin duda, estas páginas a que se refiere, con algún cambio anecdótico, son las que comento de estas memorias inéditas.

 

En 1985 Gullón publicó un precioso librito en la colección ‘Breviarios de la calle del Pez’, dirigida por Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Díez y José María Merino, el trío de grandes narradores que tanta admiración y lealtad le profesó siempre. El título, La juventud de Leopoldo Panero, sin duda su sentida respuesta a la torticera imagen que del poeta astorgano habían dado en El desencanto su esposa y sus tres hijos. La prosa de Gullón, orteguianamente límpida, se hace lírica en muchas páginas de este ensayo, sobre todo al final, en que irrumpe el sentimiento religioso, cabal y profundo. El maestro las escribió en Chicago, mientras escuchaba la Novena de Mahler:

 

“Mahler deja oír su mensaje de esperanza con suma belleza. Se encienden las alturas al empuje de la música: ruedan los timbales al fondo, como un trueno seguido de las luces de los cobres y de la suavidad de las cuerdas. Leopoldo lleva muerto veinte años, Juan más del doble. Juntos ahora en ese Paraíso cuyas puertas abre la música de Mahler. Salas se abren, criptas se iluminan: los espacios de la memoria poblados de imágenes difusas registran un ir y venir de sombras cuya identidad no deja lugar a dudas, aun si los rostros se esquivan. «Al fondo de mis noches el dedo sabio de Dios traza una pesadilla multiforme e incesante» (Baudelaire) ¿Por qué una pesadilla? Dame, oh Dios, reviviscencias y anticipaciones, agua clara de tus manantiales. Palpita la memoria como un corazón, presintiéndolas, anhelando retenerlas y pidiendo que no cese Su dedo de trazar la línea de un destino, de nuestro destino, que si Él quiere, puede resolverse en luz y no en polvo.”

 

 

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Como en el caso de Juan, Leopoldo y tantos otros miembros del grupo intelectual de 1936 (Maravall, Ridruejo, Rosales, Vivanco, Valverde, el citado Aranguren), la guerra hizo repuntar en todos ellos el sentimiento trágico de la vida y, como consecuencia, la vivencia religiosa. Gullón ˗lo cuenta en sus memorias˗ había conocido a Unamuno hacia 1925, en la redacción de la Revista de Occidente. Su apellido le era ya familiar al rector salmantino por haber tratado años antes a Pío Gullón, diputado a Cortes y ministro de la Gobernación en el gobierno de Sagasta. Aquel fugaz primer encuentro fue seguido por un largo paseo desde la calle de Alcalá al paseo de la Castellana, y en él Unamuno transmitió a Ricardo sus ideas sombrías sobre el futuro de España, incluido el vaticinio de la guerra civil, la que terminaría llamando contienda de ‘los hunos’ contra ‘los hotros’. Más optimista que don Miguel, Gullón extrajo incluso alguna lección positiva de la guerra, que hoy todavía algunos, que no la vivieron y solo la conocen por los libros, contemplan con ira y con el mismo sectarismo que la hizo posible:

 

“La lección más importante que yo aprendí en la guerra fue que es absurdo dividir a las personas según el color de las camisas, porque bajo la divergencia de colorido puede encontrarse un corazón idéntico: idéntico en la perversidad, en la indiferencia o en la generosidad y nobleza de alma. Hay que mirar al corazón y clasificar a la gente según los impulsos cordiales, según la pureza de intención, según el deseo de obrar bien y de acertar. Verdad olvidada de puro obvia, que de pronto resplandeció con todo su valor, su significación, cuando vimos a nuestro amigo de ayer, a uno y otro lado de la línea de batalla, envilecerse en la delación, la confidencia o el crimen y cuando vimos al adversario de ayer, o al desconocido, portarse con valor y con dignidad, y tender la mano al desconocido para ayudarle a seguir caminando. Lo importante de la guerra española es que nos ayudó a conocernos mejor unos a otros y a conocernos a nosotros mismos.”

(Continuará.)

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