Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 23/08/2017
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Texto: Bruno Marcos / Ilustración: Patricia Gutiérrez
12/08/2017
Los sueños de Mario Santiago Papasquiaro

Sueño 1

4 sueños 4 de Mario Santiago Papasquiaro, escritos a dos manos, a doble cabeza y cuchillo, a doble afilado filo por Bruno Marcos y José Miguel López Astilleros. Cada uno eco del otro y ambos origen de los misterios que Papasquiaro sueña.

Los cuatro escritos origen de los sueños vendrán ilustrados por Patricia Gutiérrez

 

[Img #31418]

 

 

Cada noche, cuando apenas había dado cuatro revolcones sobre el áspero camastro, me tiraba a las calles de DF, aún humeantes de sol extinguido, como de piel de alquitrán que se volvía un poco menos ardiente a medida que la caminaba. La ciudad como un gusano largo, negro, interminable que es alimentado de noche, que se come a la noche, y se me abría a una calle a otra calle y a otra calle y a otra calle... como si no hubiera final. Caminar era el fin, perderme en la ciudad mundo como antes, de chico, me perdía desde aquella azotea en que vivía con una silla, una máquina de escribir y un colchón en el suelo, ese faro cochambroso desde donde se veían los sacrificios humanos en otras azoteas que se perdían hasta el horizonte azulado y púrpura infinito y sin salir de ella tenía toda la ciudad y todo el mundo en mis manos y en mis ojos.

 

 

¿A dónde me llevan estas derivas? A los perros hambrientos a veces que muerden mis tobillos y, a veces, a los perros melancólicos que se me arriman y me siguen hasta caer rendidos llorando. Todo México DF a los pies de mi insomnio y la poesía, esa hija de la gran chingada, asomando por los desagües de las cloacas buscándome los labios y la lengua y las palabras con su pulpa de miseria líquida. Puedo correr más que ella por el asfalto blando, por la claridad negra del petróleo quemado de los coches asfixiantes, puedo subirme a los árboles de la Alameda e ir, de rama en rama, hasta aparecer al otro lado de la luna y asustarla con mi máscara de hombre primero, caníbal, azteca enjoyado de oro eructando literatura sagrada de los estercoleros del tiempo.!

 

 

Tórridas ventoleras, vientos templados, suaves como la muerte moribunda en una ciudad por la que pisa cuerpos vivos como si estuvieran muertos. Puedo pisotear como tú, muerte holgazana, esos miles de cuerpos siempre vivos y no me alcanzas ni en los cruces, ni en las avenidas, ni en Tepito, ni en Cuautepec, ni en los barrios bravos. Muerte lacaya me pisas los talones y me los despellejas y los rastros de sangre coagulan en tus labios. Ah...! poetisa vieja y negra, sin brillo, tienes lo peor de todas las literaturas de todos los tiempos: Muerte no estás viva.

 

 

No es insomnio lo mío sino caminar dormido, es mi sueño caminar o caminar mi sueño. Sólo puedo así dormir y es tan maravilloso este caminar que es sueño. Los pocos paseantes, vagabundos y locos, ven mis ojos cerrados porque duermo y me creen ciego o sonámbulo y yo sueño. No es juego de quien ha perdido la chaveta tirarme a cruzar las avenidas sin mirar, sin ver si los automóviles insomnes vienen o van, si me van a llevar con los demonios sino soñar, no para de soñar.

 

 

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