Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/11/2017
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Ángel Alonso
16/08/2017

Excelentísimas arrugas de tatarabuela

 

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Cada persona atesora en su árbol genealógico una progresión geométrica de dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos y dieciséis tatarabuelos. Desde una perspectiva numérica, el cálculo de probabilidades está claramente decantado hacia el último parentesco por pragmáticas razones de cantidad. Pero, ésta, es una estadística de pasado por el decisivo e inapelable efecto corrector de la dimensión tiempo. Llegar a conocer a un bisabuelo ya se presta a una hazaña arbitrada en la precocidad en la descendencia y en la longevidad de la existencia, circunstancias no coincidentes con frecuencia, sobre todo en estos tiempos de maternidades tardías.


Lo que ya es de pura serendipia es poder decir que en algún momento de tu vida has estado en brazos de un tatarabuelo, un deudo que en la mayoría se remite a la ausencia, a los tiempos de las guerras de Cuba y Filipinas, aquellos años de Maricastaña, que solo pueden imaginarse en la brumosa y utópica lejanía de un tiempo de casi imposible actualización, cerrado incluso a la memoria.


Alfonso hoy tiene un año y un buen día podrá decir, para asombro de propios y extraños que conoció a uno de sus dieciséis tatarabuelos. Sí, ella está aquí todavía, en Astorga, con 92 años a cumplir el 27 de agosto de este año.

 


La tatarabuela de Astorga


Se llama María, y completa patronímico con los apellidos Rubio y Alonso, alguno de ellos ya perdido en el cruce de matrimonios entre cuatro generaciones, aproximadamente el discurrir de un siglo, edad por la que ya ronda la protagonista de nuestra historia.


María es la tatarabuela de Astorga, un título de nobleza en sí mismo, labrado en la lucha por la vida, porque si algo sostiene a esta mujer es una asombrosa vitalidad, bien curtida en una prole de 8 hijos, 15 nietos, 11 biznietos y esa épica del tataranieto. 


No se puede decir que la primera piedra del tatarabuelazgo estuviera asegurada desde el principio. Casó a los 24 años, una edad, en tiempos como esos, no los de hoy, desde luego, bastante avanzada para matrimoniar. Luego, sí, el calendario acortó plazos y llego el primer nieto a los 49 años, y presumir de bisabuela a los 66, según sus cálculos, en los que reconoce puede haber desajustes, porque, aunque la memoria es sorprendente por su frescura, los cálculos numéricos están tirados un poco a ojo de buen cubero. Pero el algodón no engaña, y a los 90 estrenó la suprema condición de gran matriarca del prolífico clan familiar.


María, pequeña de estatura, nervuda, de fragilidad engañosa, presenta las credenciales de su macrobiosis, con pelo abundante, de blancura nívea y sonrisa casi perpetua que resalta una cuidada dentadura. El peso de los años se deja ver, en cambio, en un rostro de profundas arrugas que sientan cátedra en la complicada y apasionante ciencia de vivir a plenitud e inagotable determinación.


A esta mujer se la ilumina la faz cuando recuerda años jóvenes en los difíciles tiempos de la Guerra Civil y en los no menos complicados de la posguerra con la paz prendida con los alfileres del hambre y las carencias, no solo materiales, de tantos españoles.

 

 

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Infancia de travesuras y trabajo


“De pequeña – me dice – era como un trueno. Hacíamos muchas diabluras. Montaba el ‘machu’ (mula) como un hombre. Mi crianza fue en el campo”.


Con 11 años vive el drama del 36 y el enrolamiento voluntario o forzoso en la contienda fratricida de sus hermanos. “Tuve que ayudar entonces a mis padres en las faenas del campo: yo, con los bueyes, de pastora; y mis padres, con los ‘machus’. También cuidaba de un caballo que daba vueltas a una noria en Manjarín, que llevaba el agua hasta los pabellones de la estación de tren. La carretera se llamaba entonces Camino de La Bañeza. Recuerdo también que me cogió dos veces el trillo”.


Diversiones de juventud, cuenta María, que pocas. “No íbamos al baile. Íbamos al cine. Ya había cinco en Astorga (Astúric, Capitol, Gullón, Tagarro y Velasco) y por la Cuaresma, que quitaban el cine, marchábamos a San Justo al teatro”. En esto, me escruta poco a poco y con un gesto picarón me espeta: “las hacíamos tan gordas”.


De su padre, Juan Rubio, rememora que se casó tres veces. Y de aquella experiencia, María no distingue entre hermanos y hermanastros. Una ligera mueca de pena asoma cuando señala que “a la mayor no la conocí”. No titubea, en cambio, cuando pasa la lista de mayor a menor: José, Vicente, Matías, Francisco, Domingo (muerto en la guerra), Benita, Josefina, Rosendo, Victorino y Antonia. María es la penúltima. Hoy solo viven ella y la más pequeña.


De su madre, Josefa Alonso, recuerda que era estricta, “pero me quería mucho” y de los hermanos no olvida las atenciones especiales que, en su cuidado y defensa, ponía el mayor.

 


Noviazgo rebelde y partos sin dolor


Un ferroviario, José Cordero, fue el novio que la llevó al altar. Así lo quiso ella, sin sacrosantas imposiciones paternas.  “Lo conocía desde pequeña, pero mi familia no lo quería, porque intentaban casarme con otro de Zamora que vino a hacer la ‘mili’ a Astorga y buscaban juntar tierras con su familia”.

 

Relata que se casó al año de morir su padre y las dificultades de su madre para ofrecer el banquete a sus invitados. Nada de viaje de luna de miel: “nos fuimos a casa”. De su marido afirma que era un “cuitao” (bondadoso), al que le gustaba el cine más que a ella. Retorna al tono picarón al referirme que no le gustaba bailar y que, cuando a ella la veía con los labios pintados, “ya sabía que yo me iba a bailar con las amigas. No decía nada”.


Del matrimonio nacieron ocho hijos: Asunción, Isabel, José, Rosendo, Ángel José y Raquel. Lista completada  con Filiberto, que falleció, y con otro que nació muerto.


De la pasta que está hecha esta mujer da testimonio esta revelación. "No tuve ningún dolor en los ochos partos. El médico que me atendió en algunos (un preso de la posguerra, me subraya) advirtió a mi familia: tened cuidado con ella que los pierde por la calle".


Con el matrimonio, María abandonó parcialmente las tareas de labranza y empieza a trabajar en una tripería de Pandorado, donde estuvo, sin precisar más, bastantes años. En cualquier caso, un paréntesis y vuelta al campo, porque tras dejar aquella labor, “heredamos las tierras de mi padre”.

 

 

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La añoranza de la escuela


Un asomo de tristeza en su cara, casi siempre risueña, se deja ver al confesar que “fui poco a la escuela, pues cuando empezaban la faena de la remolacha y la siega, había que ir al campo. En ese aspecto, mi vida fue de perros”.


"A la escuela – prosigue esta historia – íbamos de noche. Si yo hubiera ido al colegio habría terminando sabiendo más que Don Adolfo" (un ilustre abogado de Astorga que, para María, concitaba todos los misterios del saber). Y a fuer de ser sinceros habrá que creerla porque tanta desenvoltura es producto de algo más que una inteligencia natural.


Es mujer de aficiones que proclama con orgullo. “Tejía mantones de Manila por la noche. He hecho, por lo menos, sesenta”. Nunca fue, ésta, actividad lucrativa. “No vendí ninguno. Le di uno a cada hijo. Luego, uno a cada nieto. Los regalaba por amistad, y mi marido me regañaba, pero yo le decía que era mejor dejar a los hijos un mantón que dinero que no hace más que provocar riñas. También los biznietos tienen mantón, y si no, les he hecho trajes maragatos. Ya no los hago, pero a nadie de la familia le faltan”, proclama orgullosa.


Como orgullo indisimulado expresa cuando muestra un diploma que la reconoce como monitora de mantones de Manila en los cursos de labores organizados por el Ayuntamiento de Astorga durante cinco años.

 

 

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Salud y generosidad sin fisuras


En esta mujer de satisfacciones a flor de piel también figura la muesca de la generosidad como donante regular de sangre durante 22 años (de los 43 a los 65), lo que la valió la concesión de la medalla de oro de la Hermandad de Donantes.


Dije al principio que María era mujer de fragilidad engañosa. Y tanto. Un dato: “no he tenido enfermedades; sí, caídas, pero nunca me he roto nada. Lo más grave, 22 puntos de sutura en la cabeza. Y solo un ingreso en el hospital, a los 90 años, por un cólico nefrítico. Un médico dijo a mi nuera: esta mujer tiene los huesos de piedra”.
María es lucha, fortaleza, determinación, voluntad, rebeldía, actividad, simpatía, espíritu de clan, solidaridad, orgullo, vivacidad y también su poco de misterio. Júntense estos ingredientes y cocinan una tatarabuela.


Mi última pregunta fue: María, es usted una mujer feliz. Respuesta: "Sí, bueno, quitando…"
                                                                                                                                  

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