Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 12/12/2017
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Tomás Valle Villalibre
17/08/2017

Jugando con mis amigos

 

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Hoy me detuve en una zona del jardín, donde cuatro niños estaban jugando. Bueno lo de jugar me gustaría entrecomillarlo, ya que en realidad estaban sentados en la hierba y pasando el tiempo con sus Smartphone y alguna Tablet. Los observé durante quince minutos aproximadamente, tiempo en el que ninguno de ellos intercambió una sola palabra con el resto.

 

Todos hemos sido niños y a mi memoria volvió aquel que fui hace cincuenta años. Las tardes que pasaba con mis amigos en el antiguo barrero de Puerta de Rey o en el tendal, zona que como su nombre indica, se utilizaba para tender y secar la ropa al sol y que estaba situada detrás de la iglesia parroquial.

 

Aquella generación que crecimos con los tebeos del Capitán Trueno, con Roberto Alcázar y Pedrín, con Tintín, los hermanos Zipi y Zape, el Jabato, el Botones Sacarino, Mortadelo, Rompetechos, Bonanza o el Virginiano; no teníamos tiempo para aburrirnos a pesar de no contar la mayoría de nosotros con la televisión y ni siquiera en nuestros mejores sueños podíamos imaginarnos un ordenador con video juegos.

 

A las diez de la mañana comenzaban las clases en Blanco de Cela, un colegio viejo, pegando a la cárcel, que contaba con un gran patio en el que debíamos formar al más puro estilo militar y entonar el ‘Cara al Sol’ antes de entrar en las aulas. En los recreos, que yo recuerde, nuestros principales juegos eran grupales, la carrera de chapas, las tabas, la piola, las canicas o la  peonza, destacaban entre un montón de juegos más.

 

Salíamos a comer a la una del mediodía y a las tres volvíamos al colegio hasta las cinco.

 

Antes de abandonar el recinto escolar era de rigurosa obligación tomarnos el vaso de leche americana que nos preparaba la señora Emilia. Con el pan untado  de mantequilla con azúcar, o chocolate con una rebanada de pan, mis amigos y yo nos reuníamos con el resto de los niños y niñas del vecindario y organizábamos juegos de todo tipo. Podíamos pasar de jugar un partido de futbol a jugar a la piola, el bote, el escondite, saltar a la goma o jugar al pañuelo. Quizás el juego más ‘burro’ al que jugábamos en mi niñez, era precisamente el que llevaba ese nombre. Uno de nosotros se arrimaba a la pared, el resto de los  compañeros se colocaban en fila y en posición de ‘burro’ formando una fila, agarrándose fuertemente y con la cabeza entre las piernas de quién tenía delante. Consistía en saltar por turnos encima de ellos, como si montaras a caballo. Si aguantaban los que sostenía el peso, ganaban. ¡Pobres riñones!

 

Construíamos carritos de chatarra para deslizarnos por los terraplenes el barrero  olvidando que no tenían frenos, y  en ocasiones el juego desembocaba en verdaderas batallas campales entre los chavales de un barrio contra los de otros. Nos hicimos daño, sufrimos caídas, nos rompimos huesos y perdimos dientes, pero nunca se puso ninguna demanda. Nadie tenía la culpa, éramos amigos y en todo caso la culpa era de nosotros mismos. Al día siguiente los juegos debían proseguir sin revanchas ni rencillas.

 

La puesta del sol era nuestra hora de volver a casa y hasta entonces resultaba bastante difícil nuestra localización, porque no había teléfonos móviles, aunque yo creo que nuestras madres tenían una especie de radar, que detectaba el lugar exacto de nuestra ubicación y en caso  de retrasarnos iban a nuestro encuentro con la zapatilla en la mano. 

 

Fueron tiempos felices y llenos de imaginación, los niños y niñas hacíamos grupos de barrio donde practicábamos juegos que solo requerían cosas simples que no demandaban dinero pero que daban satisfacción, emoción, socialización, mucho ejercicio físico y mental, individual y en grupo. 

 

Según la mayoría de los estudios que se han realizado al respecto, actualmente muchos niños y niñas permanecen sentados solos frente al ordenador demasiado tiempo. Este individualismo retrae a los niños y jóvenes a la soledad y dependencia de estas máquinas, eliminando el juego de calle.

 

Según algunos psicólogos si a la mayoría de estos muchachos les quitáramos toda esa tecnología, la mayoría de ellos no sabrían que hacer, se quedarían quietos con cara de enfado pidiendo a voces que  les devolvieran las Tablets o sus teléfonos móviles. Según éstos estos mismos profesionales, un abultado número de ellos carecería de la iniciativa para construir un juguete propio, organizar un juego en equipo o pasarse las horas muertas creando mundos imaginarios. Bien es verdad que nuestra generación tampoco disponía de toda la tecnología de la que disponen ahora y no nos quedaba otra que pasárnoslo bien con imaginación e intentando molestar lo menos posible a los mayores, para que no nos regañaran. A lo mejor esos niños y niñas a los que me refiero deberían jugar más con sus amigos y compañeros dosificando más el juego con esos artilugios que los llevan irremediablemente al aislamiento.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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