Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/11/2017
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Javier Huerta Calvo
20/08/2017

Las Memorias inéditas de Ricardo Gullón (y IV)

 

[Img #31605]

 

 

"La guerra, como he contado, me hizo ver que había muchas almas sencillas e inocentes en quienes la fe no estaba contaminada por la voluntad de poder, corroída por la política, pero no fue solo eso. Un día al final de la guerra me llamaron al gobierno civil de Alicante, para ofrecerme un pasaporte y un puesto en un barco que zarpaba para Francia dos días después". ¿Qué hacer en esa tesitura de la España trágicamente partida? Gullón declina la invitación porque piensa que, salvo servir en su puesto de funcionario al gobierno legítimo, no cabe imputarle ninguna actuación deshonrosa, mucho menos criminal. Así es que decide quedarse. Y poco más nos dice sobre esta decisión en sus memorias. Nada cuenta sobre la intercesión de sus amigos falangistas, Luis Felipe Vivanco y Luis Rosales, cuando se le abre un proceso de depuración, tras el cual queda libre de culpa y autorizado para seguir ejerciendo su profesión de fiscal. La cuestión era otra, sin embargo. La guerra, la política y su actuación en los tribunales… Había que pasar página. La literatura, una de las pocas utopías a la que el ser humano puede aspirar en esta vida, lo esperaba, pero todavía había que dar tiempo al tiempo.

 

El despertar de Gullón a la literatura había tenido lugar en el verano de 1922. Ricardo tenía catorce años. Después de presenciar un combate de lucha leonesa, ve pasar  ante él, absorta, a una joven leyendo un libro de poemas. El libro era Eternidades, de Juan Ramón Jiménez: "Pedí a la muchacha que me prestara el libro unas horas, y aquella noche, inmediatamente después de la cena, me encerré en mi cuarto para leer y releer los poemas. Puedo reconstruir mis impresiones de aquella hora, al menos en lo relativo a la sorpresa que la lectura me produjo". El flechazo se había producido. Aquella joven desconocida había servido de médium entre el poeta de Moguer y nuestro crítico. Comenzaba así una relación que, primero de admiración, fue luego de amistad entrañable cuando nuestro crítico arribó a Puerto Rico. Para el joven Gullón, Juan Ramón era "el más cercano a [su] idea del poeta y quien mejor encarnaba la renovación poética que, sin razonarlo cabalmente, creía yo necesaria". Y en seguida vinieron otras lecturas: Cántico, de Jorge Guillén; Gerardo Diego ("Gerardo ingenioso y Guillén difícil"); san Juan de la Cruz, César Vallejo y, ya después de la guerra, el impacto mayor, "el choque más intenso", Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, "experiencia única y definitiva". Definitivamente, sí, el veneno de la literatura, de la poesía, ya estaba alojado en sus venas.

 

El nuevo destino como fiscal jefe de la Audiencia de Santander no aminora su inquietud lectora. La ciudad cántabra es, junto al León del padre Lama y Espadaña, o la Córdoba del grupo 'Cántico', uno de esos admirables focos provinciales de poesía surgidos en la posguerra. Gullón consigue reunir a varios talentos poéticos jóvenes: Julio Maruri, Carlos Salomón, José Luis Hidalgo, el inolvidable autor de Los muertos, y José Hierro:

 

"Anteayer leí a varios estudiantes, bajo el robusto laurel de la Editorial, la 'Canción de cuna para dormir a un preso', 'Mili de Castro' y otros poemas de Hierro. No hubo necesidad de palabras para convocar una emoción densa que poco a poco fue llenando el aire de la tarde. La poesía que no cesa surgía en el norte y en el sur y más allá de los mares, en Londres, en Boston, en Buenos Aires, afirmándose en la continuidad de la diferencia."

 

La etapa santanderina de Gullón fue decisiva para la forja del crítico. Así lo entendió su amigo Pablo Beltrán de Heredia, con quien tuve la suerte de cartearme y charlar pocos meses antes de morir. El centenario de Gullón, 2008, estaba cerca y deseaba aportar su grano de arena al Seminario Internacional que impulsé desde la Universidad Complutense. Algunas cosas importantes me contó sobre el entorno más próximo de Gullón, pero la discreción me pide callarlas. Lo cierto es que en Santander tuvo lugar su verdadera madurez literariamente hablando. Sus intereses culturales desbordaban la literatura para alcanzar incluso la crítica de arte, en la que se prodigó por aquellos años, además de alentar el grupo de la Escuela de Altamira, junto a Ángel Ferrán y Mathias Goeritz, un episodio que hoy conocemos bien gracias al excelente monográfico que Pablo Cabañas Bravo, investigador del CSIC, coordinó para la revista Astorica (nº 32).

 

Pronto iba a empezar la segunda vida de Ricardo Gullón:

 

"Por entonces o poco después empecé a pensar en la posibilidad de cambiar de vida y no sabía hacia donde encaminar mis pasos cuando una carta de Luis Cernuda, ofreciéndome el puesto de profesor de Literatura Española en la Universidad de Mount Holyoke en Massachussets, me sugirió el camino. Y como si hubiera concierto previo, Elías Torres me invitó a dar un curso en Duke University, en Carolina del Norte, y hacia el mes de agosto, cuando estaba veraneando […] recibí la carta de [Francisco] Ayala ofreciéndome un puesto en Puerto Rico. Extrañamente esta última carta no era como profesor de Literatura sino de Derecho, y debía haber sido por eso mismo lo que menos me interesara, puesto que una de las razones de mi cansancio de la vida anterior es que deseaba perder el contacto con una matera que no me gustaba, con un género de estudios a los que me sentía llevado por deber y no por gusto. Mas, por otra parte, la carta de Ayala me produjo una sensación de choque, algo semejante a la de quien oye de pronto una voz que ha estado esperando desde mucho tiempo antes, desde un instante oscuro de la vida, porque Puerto Rico para mí no era solo un nombre, sino una ilusión de retorno de mi pobre abuela Paula, secretamente transferida a mi inconsciente. En otro capítulo contaré lo que entonces me ocurrió, porque lo que en este momento interesa precisar es que al decidirme, al aceptar como acepté la propuesta de la Universidad de Puerto Rico, yo estaba, sin darme clara cuenta de ello, intentando romper todo mi pasado, intentando lo imposible: empezar de nuevo."

 

 

[Img #31604]

 

 

Por fin, el hombre de letras vencía al de leyes. La vocación (¿cómo no recordar aquí el poema así titulado de Leopoldo Panero en Escrito a cada instante?) se imponía a las obligaciones familiares y sociales. Puerto Rico era, por otro lado, el lugar de destierro de Juan Ramón, el poeta que había descubierto a los catorce años, el lugar de la universidad, otra de las pocas utopías que se dan en esta vida. Con su admirado Guillén, don Ricardo, renacido a la vida cuando alcanzaba el 'mezzo del cammin', podía exclamar: "¡El mundo está bien hecho!":

 

"Ya estoy en el campus. El aire es limpio. […] ¡Cuánta serenidad en la luminosa mañana de otoño! Pues otoño es si miro al calendario, y sorprende (a mí me sorprende todavía) la dulzura del tiempo. La brisa es una caricia y con ella viene todo lo que hay de secreto en el trópico. Pues aquí está la explicación de lo que siento. El trópico tiene para mí un encanto que no puedo calificar sino de misterioso. Yo sé que la palabra misterio no encubre a menudo sino la dificultad de expresar un sentimiento más o menos vago e impreciso, pero en mi caso no podría sustituirla por ninguna otra, pues, sobre lo visible y analizable, influye en mí una suerte de hechizo, de sortilegio o magia a que no puedo sustraerme. Los elementos de esa extraña atracción que siento por la Isla tienen su raíz en hechos muy lejanos. ¿Quién sabe por qué oscuras vías llego al alma, en la infancia, la nostalgia el país desconocido? Acaso fueron las palabras y las canciones que mi abuela materna me decía y me cantaba cuando niño, pero lo cierto es que, algunas veces, creo escuchar algo que había oído en tiempo muy distante. Identifico tal voz o tal música como si estuvieran dormidas, apagadas, pero vivas en el fondo del alma, Y cuando me siento rodeado de toda esta juventud que llega al campus; cuando les veo moverse y les oigo hablar, me siento muy cerca de ellos y les entiendo y les creo y me creo rejuvenecido. […] En torno mío, en esta buena mañana de Puerto Rico, las miradas son directas y claras. Inocentes como las de esos niños que anteayer, en la Sala Zenobia-Juan Ramón Jiménez, se plantaban frente a mí a mirarme, como si yo fuera un cuadro u objeto de museo, y allí se estaban minutos y minutos, con sus limpios ojos sin malicia, como cachorros que se asoman a la vida con inocencia absoluta."

 

El inteligente pero malévolo periodista que es Gregorio Morán define la personalidad de Gullón como un "compendio de ángulos oscuros y pasillos luminosos" (El cura y los mandarines, Akal, 2014). Quienes tuvimos la fortuna de tratarlo y admiramos su colosal obra crítica, solo vemos en el maestro "pasillos luminosos". Estas memorias que, aun incompletas, merecerían que alguien, en lugar de hablar tanto, se dignase publicarlas, arrojan aún más luminosidad a esos pasillos por donde discurrió la vida y la obra de Ricardo Gullón.

 

Noticias relacionadas
Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2017 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress