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Eloy Rubio
22/08/2017
'El eco de la luz'. Nuevo poemario de Emilio Pedro Gómez

Una oscuridad de luz deslumbradora

El lunes, en medio del bullicio de las fiestas, aún no habían terminado los toros y en la Plaza Mayor los forzudos se conjuraban para deslizar el Ayuntamiento hacia la sombra del Jardín (la calor era tanta), José del Río presentaba en la Casa de Panero el libro de poemas de su amigo Emilio Pedro Gómez, ‘El eco de la luz’, el que tal vez sea su libro más abismal y profundo, a tenor de lo leído en la presentación.

 

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Dijo José del Río que el estilo del libro era reconocible, queriendo seguramente halagar a Emilio Pedro Gómez. La brevedad del haikú, pero ya no de los buenos tiempos, dado que hay en algunos de los poemas del libro una admonición para el mundo que vendrá y que deja en herencia a su nieto Markel.

 

La brevedad y la intensidad es una marca de su poesía, continuaba diciendo José del Río. ”Poemario motivado por la experiencia vital intensa de la venida de su nieto, pero que se prolonga en el tiempo en el que le sucederá". Añadía José del Río que “en ‘El eco de la luz’, Emilio, ha conceptualizado las vivencias de tener un nieto y ha construido un poemario intenso que trasciende lo anecdótico y va más allá del color y del gesto.”

 

"El lector, -continuaba explicando del Río- siente la emoción de acompañar el desarrollo del niño, peno no de una forma pasiva, sino que identificándose con el poeta, establece un diálogo con la criatura sin que esta le responda.” Además de gratitud y ternura en este poemario hay miedo por ese mundo con el que tendrá que lidiar el recién nacido; de ahí que se le formulen consejos, 'consejas de la prudencia' que diría Kant: “No entregues ni una célula de tiempo por una posesión de más.”

 

“Este diálogo culmina en una fusión encendida, renaciente, vivificante que anula las fronteras”, postulaba José del Río. Citaba entonces el penúltimo poema: “Empiezas a crear recuerdos que olvidé. // En mi boca / tu sed de descubrir. // Somos la misma sangre en todas las heridas / y en todos los latidos que las cierran. // Bajas los párpados al cielo y duermes / como duerme la luz.”

 

Luz, la palabra que ya aparece en el título y que más se repite a lo largo del libro, una luz, decía del Río, que desde una concreción inicial, enseguida, en el discurrir del poemario se va haciendo símbolo, para llegar a ser el ver, la transparencia.

 

La poesía de Emilio, explicaba el presentador, es hermética y de versos muy concentrados que pueden estallar en la mente del lector como un fogonazo lírico.

 

Terminó diciendo que en el poemario de Emilio Pedro Gómez, encontraríamos felicidad, tensión, delicadeza y ternura y sobre todas las cosas amor a la vida.

 

 

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A continuación Emilio Pedro Gómez hizo unas reflexiones acerca de su poemario.

 

Al poco de nacer Markel, su nieto, surgieron unos versos sin vocación de libro, pero al irse sumando verso a verso, al ir abultándose “me afirmé en el propósito de escribirlo, intentando introducirme en la piel de Markel, sentir en él, mirarle, rozarle, soñarle… buscando indicios tal vez de creación…pero procurando alcanzar ese estado de gracia que hace manar la poesía en cuanto nos rodea…”

 

¿Acaso no puede ser el inicio de una vida humana -se cuestionaba Emilio- el lugar idóneo para indagar en el misterio de la existencia?: ”Markel traía los ecos de la luz del no ser, poseía la pureza de ese límite, venía cargado con la pureza de una inocencia salvaje que yo, si alguna vez la tuve, la había perdido…”

 

Se trataba también de “dejarle alguna buena herencia”, al tiempo que volvía a decir el autor que ‘El eco de la luz’ había sido escrito con más fervor y entrega que ningún otro.

 

Tres sentimientos -explicaba- que le habían embargado en el proceso de escritura: gratitud, por esta nueva vida; ternura, “encendida por esa inocencia sin fondo, esa fragilidad tan vulnerable, esa virginidad tan blanda.” Y por último el sentimiento de miedo, “proveniente de un futuro con la voracidad insaciable de los poderosos y el desastre planetario que sabemos pero no queremos evitar.”

 

 

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Hizo una similitud entre la ceguedad de su madre (a la que dedicó dos de sus poemarios), confundida por el Alzhéimer y su nieto, ciego al principio de su vida. “La ceguera de Markel era una alegría predispuesta a aprender la luz. Las primeras semanas no veía, pero sus oscuridad me deslumbraba. Resulta extraño escribir para quien solo va a poder leerte dentro de tantos años, pero tal vez mi nieto me coja de la mano cuando mi mano ya no esté a través de este libro.”

 

Por último pudimos escuchar un ramillete de poemas acompañados de unas imágenes  bellísimas, ad hoc.

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