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Antonio Guerrero
1/09/2017

Reciprocidad

 

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“El mayor mal moral es la ausencia de reciprocidad, al no evitar el mal ajeno no podemos impedir el mal propio”

 

Llevo un tiempo preocupado por esa palabra, la que figura en el título de este artículo. Por su ausencia me parece la más importante para definir el estado actual de la moral de nuestro occidente contaminado de individualismo sin contenido ni finalidad. Se definía como la “correspondencia mutua” de una persona hacia otra. Algo recíproco era aquello que se daba como intercambio, devolución o compensación, de otra cosa; lo que exponía acertadamente otro concepto: la solidaridad u hospitalidad. Gracias a ella se vertebraban las relaciones interpersonales humanas. Teníamos algo llamado ‘ética de la reciprocidad’. Esta tuvo origen en la antigua Grecia y en la figura de Epicuro. Decía el filósofo que para conseguir la felicidad había que eliminar todos los posibles daños, de donde extrajo que para evitar el mal propio era imprescindible impedir el mal a lo ajeno. La ética de la reciprocidad se hizo estructural desde entonces en la cultura. En la revolución francesa fue elemental para provocar los cambios políticos. Por ello siempre hemos tenido asociado a nuestros conceptos de justicia e igualdad la importancia de ‘recíproco’. Lo justo siempre fue para nosotros aquello que también lo era para el semejante, ya que así llegábamos a un equilibrio moral. No obstante algo ha pasado en nuestro mundo. Ya no somos recíprocos los unos con los otros. Ahora tenemos algo llamado ‘reciprocidad negativa’ que sería, según la antropología, cuando alguien obtiene un bien de otra persona sin estar dispuesto a una devolución y a través de trampas y engaños. Nuestros valores han cambiado y ya no nos fiamos de los semejantes. Es más, como damos por hecho que nadie va a ser recíproco nosotros nos esforzamos en no serlo tampoco. El problema es que la desconfianza mutua nos hace reservados, esquivos, individualistas y ausentes. La guerra de todos contra todos, y en cualquier momento, ya no nos hace personas libres ni felices. Peor aún, al final de nuestros días pensaremos por qué. ¿Por qué perdimos el tiempo de esa manera? ¿Por qué se fue la vida sin intentar si quiera ser mejor persona porque sí, sin más, porque ser mejor cada día hubiera reforzado nuestra identidad y porque eso nos hubiera introducido en grupos de confianza para sentirnos a salvo. ¿Por qué no lo intentamos? ¿Por qué? ¿Por qué caímos en la enfermedad moral de nuestro tiempo: la ausencia de reciprocidad?

 

Antonio Guerrero es filósofo y le puedes seguir en lamiradazurda.blogspot.com

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