Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/11/2017
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Samuel Yebra Pimentel
8/09/2017

A vueltas con los imbornales

 

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Los perros detestan mear en los imbornales, pierden su demarcación territorial, su orientación en el espacio y en el tiempo. Su sensibilidad se hace desvarío, lánguida, confusa.  


Pocos conocerán la Astorga odorífera, ese recorrido secreto que puede seducir al turismo y cuyo mapa está todavía por trazar: el olor de las fritangas de las tascas, los orines de la Brecha, la canela de las confiterías, el dulzor de los árboles japoneses en el parque infantil hacia el otoño o la fragancia primaveral de los tilos en la Eragudina; el aroma de la leña apilada a la puerta de las panaderías en San Andrés o el del pan recién cocido en la madrugada; el nauseabundo olor del abono por febrero apoderándose de la ciudad o el batir del aire en las esquinas con sus ráfagas odoríferas que solo perciben ciegos y canelos y alguna nariz privilegiada. Y ese olor de la lluvia de tormenta sobre la tierra seca, reseca. Todo esto querría ordenar y distribuir a conveniencia una pregmática que en el año de 2016 se ordenó.

 

Hay otro itinerario virtual, 'afectivo' que diría Cuenya, por conocer en Astorga, un mundo oscuro, ávido, de amplias tragaderas pero insuficientes: el espacio de las cloacas. Ya los romanos las hicieron aquí holgadas, conocían bien el percal. Ahora, en la chaparronada a los orines de los perros añadida, se han mostrado insuficientes. 

 

No bastó esa reciente ordenanza municipal para que no se usaran ni puedan usar las vías públicas para orinar y que lo hicieran en los imbornales (los perros). ¡Qué más quisieran! La pregmática se hizo con buen sentido pero las bocas de los tales artefactos quedaron en su antiguo tamaño, 'tamañitas'. Y ante la afluencia de 'mingidores' deseosos de cumplir con la norma los colectores petaron. 


Llega la primera tormenta, pero no de ideas, y nos trae la respuesta para que ciertas esplanadas de Astorga no fueran lodazal. 


Habría que aumentar el tamaño de las bocas de los colectores y como bien dice el concejal que sabe de esto, los que no saben ni callar saben, habrá que separar las aguas -como ya se hiciera en el mar Rojo-, las fecales, de las pluviales. 


Persistirá todavía la duda de por cuál de esas vías habrá que reconducir los orines de los animalitos o la lluvia de Danae, de si son fecales o pluviales; pues ya sabemos que en determinadas situaciones una buena meada podrá tenerse por lluvia de oro. Por eso opino que no debiera de pronunciarse el concejal, que habría que dejarlo pendiente a la ocasión y al tamaño del atasco; si este fuera importante en los colectores de las fecales, podría permitírseles orinar en los de las pluviales, y viceversa.


Ni los aguaceros ni la necesidad mingitoria, por mucho que protestara Voltaire, suelen ser obedientes a las ordenanzas municipales. Los alguaciles de estos casos salen bien 'aguacilados'.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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