Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/09/2017
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Samuel Yebra Pimentel
10/09/2017

Decir la luz, mostrar la luz que es

Emilio Pedro Gómez presentó recientemente en la Casa Panero de Astorga 'El eco de la luz', un libro deslumbrante que indaga en los misterios de la vida a partir de la génesis de su nieto Markel.
Ha publicado los libros de poemas: 'Heridario' (1986), 'Solamor' (1991), 'Álbum de rotos' (1995), 'La nieve horizontal de los vilanos' (premio Isabel de Portugal, 1996), y 'Sílabas blancas' (2005).
Su apuesta por la expresión breve e insinuadora, iniciada en 'Me acuerdos' (2000), se encarna en la honda sencillez de 'Haikus de la casa' (2010) y muestra su madurez en 'Pasos. Diario lírico del Camino de Santiago' (2014).
'El después del relámpago' (2014), señala punto de inflexión hacia una poesía de personal indagación en el lenguaje, prolongada por 'Motivos de horizonte' (2015) .

 

 

El Eco de la luz. Emilio Pedro Gómez; Amargord, 2017

 

 

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Se trata de un libro cuyo motivo principal es el nacimiento del primer nieto del autor; las sensaciones, pensamientos y pretericiones que le provocan y un infinito asombro ante el ser que nace, ante el ser que solamente es.

 

Es común a estos poemas la mirada minuciosa y poética que se da a esos primeros pasos del nacer. Pero antes hubo un ‘nacimiento de la espera’ que inició la singladura. Un doble nacimiento el del que nace y el de la mirada de quien se prenda y prende de ese nacimiento.

 

“ Después de  acariciarte /  fugazmente / tiene otra luz el mundo //  cuesta volver a mis Eclipses /  si tú has venido / para  alumbrarlo.” (40) 

 

“Buscas sin ver. // Gesto de girasol / entre las sombras //  Acaricias el eco de la luz.” (60)

 


Mostrar / decir

 

Ya en “Motivos de horizonte’, su anterior poemario, Emilio Pedro Gómez mostraba su decir; pues una cosa es decir ‘esta luz’, y bien diferente y más complicado resulta el mostrar ‘la luz que es’.  Esta segunda es la tarea del poema, de esta poética que habita en la luz y en el silencio.

 


Orígenes

 

Del Silencio viene lo dicho, ahí en oxímoron concatenado, con toda la contradicción y acariciando la nada; en creación desde esa nada y contra el ‘logos’ griego (“ex nihilo nihil fit”), aborda Emilio el arte de la composición del silencio en que consiste esta poesía. Se nos dice : “Escucho en tu mudez /  el renacer que somos /  un trinar de silencios /  al vuelo de una garza // lo que traes ya dicho”. Y Ahí se nos muestra eso que se dice. ¿Dónde?: en el poema. (54)

 

También El niño hace lo mismo que el poeta: formula lo que expresa, los silencios expresivos de los espacios infinitos no le aterran, los incorpora: “Gesto a gesto capturas /  tus temblores incógnitos.”(88)

 

El origen de esta poesía puede también entenderse como el origen de ese ‘dios-niño. Comienza con la 'presencia ausente’: “ al fondo de mi sangre /  se desmiga un silencio.” (15)  Y aunque fuera un crujido blando ya se desmigaba con siseo, tan callando, que vociferaba hasta reconcomer de impaciencia. 

 

El  no ser ya es, rompiendo con la tradición eleática, y el ‘todavía-no' permite ser pensado: “quiere la espera /  en tren hacia otra vida /  beberse el tiempo.” (17)

 

El poema se autorreferencia continuamente y cuando se constata un acto reflejo, una taxia hacia la luz, un gesto prensil automático se interpreta como acto de reconocimiento: “Frágiles a tientas.../  tus dedos sin querer / buscan en el mío.” (20)

 

Podemos casi ya entender el vínculo que existe entre el mito del ‘dios- niño’ y esta poesía. La galería secreta se formula en el asombro, en el maravillarse ante la vida humana que empieza, con toda su pureza prístina, incontaminada. 

 

 

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Más adelante se hace expreso el reconocimiento del ‘dios-niño’, un demiurgo divino, que  trae la luz, el alba en sus cabellos: “Traes en las manos /  todo el amanecer /  en un instante.” (22)

 

Es el Mensajero celestial, el ‘sidereus nuncios ‘, mesiánico para desherir la tierra de las agresiones que le hemos infringido: “Vienes atravesando el tiempo /  como estrella fugaz /  para quedarte /  a inyectar la concordia /  en los polos que urdimos.”. (23)

 

Enseguida el infante se encontrará con los signos del mal que tendrá que enfrentar. Ya al poco de nacer, la primera sombra con firma digital obligada, contra su voluntad, sin que quepa negativa: “El Estado te sabe // rastreará tu huella / Todavía tan tenue. //  Un alfiler de sombra /  en tu primera luz.” (24)

 

A ese ‘dios-niño’ le saldrán al paso multitud de acechanzas (problemas medioambientales, la soledad-ciber-futura.) Tal vez el animal en el gen provea de recursos para enfrentarse a todo ello. (Cuidado con lo posthumano, quisiera decirnos.)

 

Ante estos peligros comienzan las admoniciones, muy contenidas, con el fin de que el infante alcance el ser, que se haga a sí mismo: “Procuro acariciar /  tu delicada libertad de confundirte /  no evitarte rasguños / Y fronteras que te haces al crecer / domar mi afán de protección…” (56) 

 


Conciencia ecológica y fin de mundo

 

La conciencia de un yo que declina no tiene por qué preocuparse por el declinar del mundo, en todo caso podría ser una preocupación más intelectual que vital. Pero al quererse en fusión con lo que nace, esa intuición del declinar del mundo se hace en carne viva, dolorosa. En ese griterío de fin de mundo todavía cabe la esperanza, la del mundo que requiere ese ser que empieza a vivir. Ahí la preocupación ecologista por lo que le ocurra al planeta y por ende al mundo humano que de él emerge. Pags (27, 30, 45 y 49) “Heredarás ¿qué tierra / devastada / violenta / hermosa / frágil? (45)

 

 

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Despierta el niño del poeta

 

No solo despierta el niño, el ser del niño, sino el del niño que fue el que lo escribe.


Pretensión de contagio de la infancia, de su pureza, del tiempo primigenio, del no ser todavía nadie. ¿Querríamos ser nadie? Cuando dejamos de quererlo comienzan los problemas. ¿Querer ser un ‘no-nada’?. ¡Ahí es nada!, que decía Bergamín. “ Cortejamós tu cuna /  por si fuera posible /  algún instante instalarnos contigo / donde vienes /  al calor de tu larva…” (29)

 

Ese encuentro con la mirada recién nacida será la vía de reencuentro con la propia infancia. (31, 36)


De este modo será posible la inversión del suceder natural, al modo de una proposición paradójica del ‘Tao’. Entonces la debilidad, la levedad será la que soporte y mantenga lo más pesado, ( el nuevo ser aligera lo pesado y la pesadumbre) : ”Junto  a mi pecho /  siento tu levedad /  tomarme en brazos.” (35)


“Busco hacer puente /  en ti  /  por la ruta que acudes /  reencontrarme / dónde todo comienza …” (57)

 

“ temblamos tú temblar /  nos estremece no saber /  vivir por ti.” (66)

 

Es en este mismo poema donde reconocemos ‘el cuidado’ y la impotencia por no saber orientar debidamente al infante: “Si supieras  hacernos las señales /  para darte el destino /  o libertad /  que necesitas…” (66)

 

Hasta el gato terminará por contagiarse de niño: “se tiende junto a ti /  en la misma quietud //  por morar en tu sueño /  igual nube de asombro //  el gato.” (73)

 

En el infante se les muestra al abuelo y a sus padres también el declinar, la sombra que remana del fondo de la sangre, de lo intemporal es la oscuridad que vendrá. Fía entonces su ser y su olvido a esa misma sangre, a la memoria del nieto.  (87)

 

 

Metafísica de la existencia

 

Habría que pararse en el ser sin conciencia, en la animalidad oscura de la que querríamos escurrirnos, para entender el yo. El ‘yo con conciencia’ es un yo cambiante, en acción permanente, el ser que se hace, que se crece, que se modifica a cada reacción desde un sustrato, inasible. Mientras que el ‘yo no consciente’ es respuesta sin otra variación que la del suceder y el tiempo. Es ese sustrato lo más invariable que tenemos.

 

En el poema de la página 65 el sustrato aparece potente, es lo más visible: “Tus instantes son islas /  que se encuentran //  pulsación simultánea / de vértigo y quejido // de ansia de enraizar /  y a la vez /   alzar el vuelo…”

 

 

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Asistiremos, asomados a la cuna del poema, vigilantes a las sucesivas revelaciones qué llevan al decir y a la conciencia: “De golpe /  es  otro el día /  más tuyo sus designios /  y el afán de sus revelaciones.” (79)

 

En (82), el misterio de la conciencia y la duplicación que implica. Es ahí en esta función, esa fractura y distancia que permite la mirada lo que impide la fusión. Una conciencia vicaria y antecedente a la del niño la impide. La fusión no tiene conciencia y el niño se fractura en el espejo/mirada del abuelo y en multitud de fragmentos que le son eco; se despedaza, se hace inmortal. Luz de la memoria que no tendrá: “Sorbos de espejo / Se inaugura un enigma / en tu mirada.” 

 

No va a faltar una reflexión sobre la muerte y la vida indestructible, del manantío que viene de la herida del tiempo, de la progenie olvidada y presente, desangrándose: “ mirar tus ojos nuevos y percibir la breve eternidad.” (96)

 

Termina el poemario con la anticipación de la ‘muerte propia’ que deja atrás la vida de “un español que a vivir empieza”: “Me cercas de esperanza. /  Miro  hacia atrás /   y vienes // Miró adelante: /  estás /  cuando yo ya me he ido. “ (98)

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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