Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 24/09/2017
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Antonio Toribios
10/09/2017

Gregorio en la orilla

Gregorio en la orilla fue Accesit en el I Certamen de Relatos Cortos 'Grifo' de León

 

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Apoyas un codo en la barra y pides un combinado de vino con limón y otros aderezos, eso que llaman por aquí limonada y anuncian en cartelería artesana por los bares, con profusión de letras de colores y –más eficaz aún– la presencia exultante de las jarras repletas del líquido purpúreo con sus tropezones de fruta, escanciado aquí y allá entre los parroquianos. La lluvia ha hecho que todo el mundo haya abandonado su puesto en el bordillo, y se ven incluso cofrades de túnica con sus caperuzas en la mano entre la barahúnda que ocupa taburetes y mesas auxiliares. “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”, recitas en tu interior como un mantra, mientras “matas un judío”, una expresión que en Alemania costaría pena de cárcel y aquí nadie toma en sentido literal ni mucho menos. Las palabras te llevan al pasado, a los años de estudiante, en que salías con los amigos a beber limonadas por ahora. Eran otros bares, muchos desaparecidos y otros remozados con mejor o peor gusto –como has tenido ocasión de comprobar en tu paseo por estas calles–, sin aquellos detalles que los hacían especiales: la radio antigua, los carteles de toros con pátina añeja, las colecciones de llaves oxidadas, el serrín tapizando el suelo de baldosas... Gregorio Samsa te ha acompañado siempre, y no solo porque te llames como él –que a lo mejor también–, sino porque te persigue desde que leíste la historia de adolescente y quedaste impresionado por aquel oficinista trasmutado en coleóptero, cuya máxima preocupación –siempre te ha fascinado el Kafka humorista– era perder el trabajo en la oficina. Miras hacia afuera, a través de los cristales y de la mansa lluvia, y ves la plaza empedrada, la única que se mantenía aún intacta desde entonces y ahora está llena de carteles contra las obras que pretenden hacer de ella una más, con pavimento cómodo y resabios de época estilo péplum Cinecittà. Bebes y el sorbo te sabe al beso aquel, el que diste a la chica morena de los ojos grandes y asombrados, esos que aún te miran a veces desde dentro. Y eso que han pasado más de treinta años. Los mismos casi desde la última limonada, desde el último vino con limón –y otras cosas, verbigracia naranja, pasas, azúcar y una pizca de canela–  que por aquí da lugar a esa expresión tan políticamente incorrecta que, dicen algunos, procede de la época en que se hacían pogromos por estas santas fechas y se perseguía al hebreo por los barrios de extramuros. Pero Elba –así se llamaba, y se seguirá llamando, se te ocurre, dondequiera que esté– no pensaba en nada de eso cuando te besó esa noche, y el sabor de su boca te viene ahora con tanta intensidad que sientes que has viajado miles de kilómetros, no por enterrar a tu madre, a la que no veías desde mucho antes del alzhéimer, sino por buscar a esa chica aunque tengas que levantar uno a uno todos los cantos rodados de la plaza. Apuras el vaso y pides otro, y piensas otra vez en el comienzo de esa metamorfosis que te obsesionó tanto desde joven, que te llevó a ir a Praga un verano, y a aprender alemán y a acabar dando clase en Dresde, a orillas del río Elba –precisamente allí, para que luego digan que las casualidades solo se dan en las historias inventadas–. Elba, tan dulce y tan segura al mismo tiempo, tan guapa y tan lista, tan serenamente seductora. Fueron varias semanas de amor intenso, para ambos, y verdadero al menos por tu parte; luego ella desapareció, preguntaste y nadie te supo dar razón; al parecer estaba aquí solo de paso, un paréntesis de una vida que estaba en otra parte. Sigues ahí y vas por la tercera, y tus labios están totalmente infectados de pasado. “Convertido en un bicho enorme”, así aparece traducido en algunas ediciones de Die verwandlung. Y es que en alemán tampoco habla exactamente de un insecto, es algo más vago, una referencia a un ser repugnante e indeterminado.  Así te encuentras a veces, así te sentiste cuando Elba se fue, con el caparazón en el suelo y las patas intentando agarrarse al aire, y así te has vuelto a ver a ti mismo después de Irina, tras tantos años y dos hijas que hacen su vida ya, una en Michigan y la otra de cooperante en Bangladesh. Has peregrinado por esas calles estrechas que rodean la plaza de arriba, y has echado en falta el quiosco donde comprabas el papel para liar, y también a la chica del perrito, chejoviana sin saberlo, y a aquel  comunista veterano de la gorra estilo Lenin, y a la vieja gloria del fútbol  local convertido en aclamado freidor de calamares. Fantasmas todos ellos de un momento que ha dejado paso a estas marejadas de turistas devoradores a la par de morcilla y kebab, ávidos de visitar los locales que aconseja el Tripadvisor y de hacer fotos para subir al Facebook. Entonces todo era más de andar por casa y las  tardes transcurrían entre el vino peleón de las cantinas y el orujo con mistela, entretenidos con partidas de cartas o ajedrez. A veces bajabais por la pindia escalera del callejón, solo por curiosear entre los soldados rasos y los paisanines con boina que esperaban su turno.  Lo mismo has hecho hace un rato –bajar la escalera, digo–, antes de encontrarte con los dos arbolones y la fuente, que te esperaban fieles, incólumes ante la metamorfosis galopante de todo lo demás. Y luego has sorteado los carteles y las máquinas y te has refugiado bajo la advocación de esta copa de un elixir que te renueva y te destruye por igual. “Qué tiempos  –piensas– en que todo estaba aún por hacer y cada día era un escalón de una serie inacabable y luminosa”. Ahora te sientes  como el pobre Gregorio, preso del lastre de su caparazón alimentado de desdichas. Pero te queda aún limonada en el vaso, y cada trago es como el renacer de algo que creías muerto para siempre. Sumido como estabas en tus cavilaciones, no has percibido la paulatina marcha de casi todo el mundo en cuanto ha dejado de llover. Apenas queda nadie en el bar más que tú mismo y una señora con papada y pelo mal teñido, que bebe solitaria en una mesa cerca de la puerta. Vas ya por el cuarto vaso y el aturdimiento te impele a reaccionar buscando el fresco de la calle. Pagas y te vas, y en la puerta tropiezas con esa bebedora que se levanta a coger unos palillos a tal tiempo y le pides disculpas con tu español  un poco contaminado de teutón, y  te mira y sientes como una repentina punzada interior que te perturba. En la calle están ya encendidas las farolas escasas de la plaza y algunas estrellas te saludan cuando miras a lo alto, más allá de las copas de los álamos, como ofreciéndote amigables –eso piensas, con tu irredenta vocación para la lírica– un poco de luz para tu noche. Trastabillas entre las piedras removidas, bordeas la fuente y te diriges hacia ese callejón que siempre llamabais entonces el barranco y sientes la urgencia de liberar el líquido ingerido, así que, amparado en las sombras te apoyas en la tapia y procedes, no sin un poso de vergüenza, y observas ese río emergente, que nace de ti y luego fluye y se recrea en meandros sinuosos por los salvajes territorios de tu infancia. No te preocupes, Goyo, no tema Herr Profesor, la vida sigue más allá de esta noche, discurre por riberas arboladas y paseos con sol y, quien sabe, quizá aún la encuentres, no hagas caso a corazonadas engañosas, es cuestión de voltearse y posar de nuevo los pies en la tierra, y  seguir. De momento, escucha los tambores.

 

 

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