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José N. Fuertes Celada
14/09/2017

Varsovia llueve

Jacinta Negueruela es autora de los poemarios 'Animal marino' (2008), 'La luz de Orión' (2008), 'Cuerpos varados' (2009) y 'Los desiertos del tiempo' (2012). También ha publicado el ensayo 'Un arte presencial. De Ives Bonnefoy a Miquel Barceló' , además de la traducción reciente de tres ensayos de Yves Bonnefoy 'La poesía en voz alta'. Su labor poética intensa en los últimos años, desemboca en 'Varsovia llueve', un libro en un doble espacio escritural, en el que un libro en cursiva está contenido dentro de otro.

 

Varsovia llueve, Jacinta Negueruela; Poesía Devenir, Madrid, 2017

 

 

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Melancolía es el hilo conductor de ‘Varsovia llueve’, el último libro de poemas de Jacinta Negueruela, melancolía de los paisajes otoñales, de las evocaciones a veces tan personalizadas que dejan al lector con el regusto de la riqueza que pueden sugerir.

 

‘Varsovia llueve’ dice la contraportada del libro, “tiene la originalidad de construirse sobre un doble espacio escritural, en el que un libro en letra cursiva está contenido dentro del otro.”

 

El libro viene precedido por una cita de Rainer Maria Rilke, que nos habla de una supervivencia, una resistencia melancólica una vez traspasados los inviernos que dejaron atrás tanta vivida vida.

 

Dos partes tiene el libro. ‘Dibujo del paraíso’, la primera. Y ‘Varsovia llueve’, la segunda. Y en cada una los poemas con dos tipos de letra, en cursiva y en normal. Dos narratividades, si esto pudiera decirse así, que se trenzan a la par que discurren.

 

El primer poema en letra cursiva (14) Lleva por título ‘Dibujo del paraíso’ y parece una tentativa de llegar al animal que fuimos, que somos. Hay una descripción, un lugar de paso, un camino fantasmal entre dos realidades, en ese transcurso lo humano se desvanece: “No se oyen las campanas, / se perdió el pueblo. / La noche es animal // (No  encuentro al animal).


El ‘yo poético’ entra en la nueva realidad donde su ‘yo arcaico’ está mimetizado en la naturaleza: “Era piel, / piel con la tierra, /  piel en la tierra, /  piel y tierra. /  Era piel y violencia, /  piel y tiempo, /  piel atravesada de la tierra, / tierra engarfiada con la piel.”(14)

 

El animal es lugar de la derrota de lo humano, pero también su mediador con lo natural. Es nuestra ‘naturaleza’ más cercana, ese lugar del que apenas salimos y que desmiente nuestras  proclamas: “Quedará solo el animal” (16). Esto por ahora, de este primer paraíso recién salido, pues en el penúltimo poema, luego de recorridos infinidad de paisajes y países y de ruinas, se manifestará: “junto a la ola imbatible. / Al final de los días / quedará el mar.” (67) 

 

 

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Si lo que queda es el mar no hay ya palabras pues en ese viaje a través del animal el hombre ha muerto y no habrá tampoco palabras para la naturaleza y su belleza ‘inapreciada’, no descrita e indescriptible. Queda todavía una forma de expresión no humana que cae sobre los hombres como una dádiva, el lenguaje de las fuentes, del ‘grullido’ de las grullas, del golpear de la lluvia. Una expresión y un anhelo de expresarlo, en lenguaje originario, adánico.

 

El entrelazamiento entre los dos tipos de escritura se produce en (17), al final de la página cambia la letra y continúa modificada en la siguiente: “entre matojos advertí la tierra encogida por un vientre.” (17). El animal es amblador, torpe en sus percepciones, pero ha mirado y la palabra se le derrama desde el cielo, le habla una naturaleza que se le manifiesta. 

 

Entonces el animal es humano, puede prever el hambre y proveerse de alimento, también se vuelve melancólico, añorante, vital. Añora a sus compañeros muertos, los cuida de la rapiña de los carroñeros. Quién comenzara buscando esa puerta a la fusión y a la naturaleza pura vuelve en retorno hacia nosotros: “Los años traen las sombras. / tardó poco el animal en arrastrar / despojos / y enterrarlos.” (20)

 

Hay también entrelazamiento entre los temas, el del animal de fondo, digámoslo con Juan Ramón Jiménez y el de las pérdidas que arden en la imaginación del yo poético. Pero también hay una danza de las cosas con las evocaciones que le producen.

 

Esa melancolía del tiempo que pasa, que es también la melancolía de las ausencias y de la muerte, se expresa con rotundidad en numerosas ocasiones: “No he vivido nada / que no entrañase alguna pérdida / Para encontrarlo luego /  entre los brazos húmedos de la tarde (19).

 

Se entiende el regreso al animal como una caída mucho más profunda hacia antes de cualquier vida humana, antes incluso de la vida, de regreso a la materia inerte (tal vez una forma de desear la muerte). Por ello es también animal la tarde, la tarde es animal con el animal; la noche es animal no con el animal, sino siendo ella el animal. Por ello en todos estos poemas podemos percibir ese halo de misterio profundo, inquietante, revelador: “Pareció todavía tibia la curva de su lomo / mirando la hojarasca. / Respiraba el arbusto .” (24)

 

Hay evocaciones, ruinas sin nombre, olvidados nombres o circunscritos a determinados paisajes: Quintanilla de Somoza, Más de Ferrer, Varsovia, el  Báltico, Lourmarin, el Vístula, Herta Müller etc.

 

Este poder evocador es un poder inclusivo, cada momento vital consigue resumir, sintetizar lo antecedente y lanzarlo a la añoranza futura. Nada se pierde, pero nada se recupera tal como originariamente era. El máximo dolor de quién fue de retorno al paraíso es que no hay paraíso de regreso: “Así les veré volver, / últimos destellos, / respiraciones interrumpidas. / Amar y morir. / Todo mantiene la brasa tenue, la inefable postura / que alienta la belleza...” (35)

 

‘Varsovia llueve’, es el título de la segunda parte. El mundo que muestra es ya el humano. Paisajes urbanos y rurales insignificantes en la vastedad de la naturaleza, el mar siempre recomenzando o la curvatura poderosa del poniente. El oleaje “se sabe indómito.” “La noche ha pactado la languidez de quién se sabe poderosa…” (39). Fenómenos humanizados en su saber, con potencial para naturalizar lo humano.

 

El humano en esta vorágine incontrolable pretende ordenar, dar sentido: “recoge el hilo / que / de las horas mal dadas, / anuda los instantes / desmembrados, / envuelve en la mandorla / el ámbar del astro, / es otra cavidad, / - alienta en la caverna-  (39)

 

No queda claro en ese poema si es el hombre el que da el sentido, el que unifica o si son otras las fuerzas las que obligan al hombre a procurarse una explicación, un sentido de su ser en el mundo y del ser del mundo.

 

Varsovia llueve e Invierno respira. Formas del hilozoísmo, tal vez invertido, pues parece primar el elemento natural sobre el antropomórfico. Ser el mar, la noche, el olivo amargo, la oruga, sal en la grieta, las aguas frías, noviembre, noviembre siempre.

 

 

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No sucede como en el mito, donde la naturaleza era humanizada aunque fuera en cara de dioses, sino que en este poemario el ser humano es naturalizado, enfoscado en una loma.

 

Insisto, la evocación resulta críptica, quedando interrumpida en el elemento evocador, no entra en el sí mismo que lo evoca, son copiosas las cercas de espino para llegar a la durmiente que crece en la espera. “El Vístula en sus ímpetus abraza orillas arenosas / y bosques apagados.”  De pronto aparece “un hombre de rostro sereno / y serio / bebe su café. / No  ha quitado su abrigo: Miró a su pueblo. / Soy una mujer polaca./ Amo el cerezo y los tilos / y las aceras rotas .” (43)


El paisaje, el paso del tiempo, el sentir del paso del tiempo y el deterioro de las cosas en delectación melancólica.

 

Paisajes, ruinas, evocaciones, el aire de la muerte que viene y va, que entra y sale como un pajarraco negruzco. La nostalgia de quién vive por segunda vez y añora la vida primera. La  pobreza de los jóvenes europeos durante la guerra, Herta Müller y su canción de la vieja Europa. 


El fin del mundo y la muerte rondan por estos versos, así como una pretendida fusión con los paisajes por los que transcurre el yo poético: “Quise ser de la tierra, /  del olivo amargo , /  de la oruga, /  de la tarde entre el polvo / suspendido /  en el rayo irisado.” (54)

 

“Y allí entretuve el gesto / de quien ha comprendido / que la muerte / nos cerca /  allí / detrás de ningún sitio.” (54)

 

Semejan los poemas paseos roussonianos por una naturaleza delimitada o ruinosa: “ El cielo se despeña / sin puntos cardinales, /  las sombras aceleran.” (56) 

 

Y el ser humano tan minúsculo y ciego, tan ciego como un murciélago, un animal de vuelta a sí o perdido de sí sin conseguir la fusión pretendida: “Somos solo un murmullo / vasta mar que nos guardas.”(13). "Cuando no hay rostros / ni recuerdos / desliza la noche su hálito dulce." (66)

 

El mundo no humano, antes de los nombres es lo que al final impera, lo que el rugido del mar imprime en las cosas, esa memoria de caracola que nos deja en prenda. Por último el animal también desaparece, ya no mira. Ha pasado por todos los paisajes y los mundos y “avanza con dificultad / bajo la copa de los árboles…”  “No sé donde muere el animal”  y si muere el hombre. Solo el mar dominador en todas las estancias. 

 

La trampa, la inmensa trampa es la locura de la evocación que puede abarcar hasta ese mar inabarcable, la locura de la mente, la distinción que no tolera la fusión ni la muerte.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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