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Sol Gómez Arteaga
14/09/2017

Elogio de la rutina

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A diferencia de otras etapas de mi vida de la que dan buena cuenta tediosas reflexiones escritas en un tedioso cuaderno de pastas recicladas, marrones y algunas notas sueltas, hace tiempo que no me aburro, que no sé lo que es parar, desconectar, cambiar de actividad, ni siquiera en vacaciones cuando se supone que uno se vacía de contenidos. Y aunque no me aburro nada, mi vida trascurre diariamente, como le ocurre al protagonista de la magistral película dirigida por Jim Jarmusch 'Paterson', en reiterativas rutinas, aderezadas en mi caso con buenas dosis de mundo virtual, que consisten en levantarme temprano, ir a trabajar, comer, echarme siesta, (o "morir de día” que dijo Ramón Gómez de la Serna para dar paso a la segunda parte de la jornada), escribir, 'hacer casa' (poco), cenar, acostarme; apenas alteradas con repetitivas salidas al pueblo los fines de semana o esporádicos escapes al tercer vértice del triángulo escaleno que desde hace años constituye mi refugio natural (oriente de Asturias). Esta es la vida que me he impuesto y que luego ella, telaraña que te atrapa en su red implacable, impone. No me da (la vida) para más, tampoco para menos. Supongo que eso es vivir, y mientras esto ocurre, supongo que es también hacerse mayor.

   
La rutina, del francés routine, se define como una costumbre o un hábito que se adquiere al repetir una misma tarea o actividad muchas veces. La rutina implica una práctica que, con el tiempo, se desarrolla de manera casi automática, sin necesidad de implicar el razonamiento.

 
La rutina, en tanto repetitiva, tediosa, conservadora, programadora y programada, reiterativa, unidireccional, monótona, gris, sosa, carente de aristas y hasta de brillo, tiene mala prensa; sin embargo, en contra de lo que a simple vista pueda parecer, nos da seguridad, nos estructura, nos organiza y, sobre todo, nos salvaguarda de las preguntas abismales que tienen que ver con el sentido, si lo tuviera, de la propia vida: preguntas tales como quienes somos, de dónde venimos, para qué estamos aquí, adónde vamos.


La naturaleza, -todos los días sale el sol por la mañana y se oculta por la noche-, el ciclo de la vida, -nacer, crecer (o no), reproducirse, (o no) y morir-, las estaciones, están hechas de rutinas a las que nos asimos como tablas de salvación en medio del proceloso océano. Apelemos, pues, a los beneficios invisibles de la rutina, de las rutinas, y defendamos el molesto, casi trágico, sonido del despertador por la mañana, darle los buenos días y las buenas tardes al portero, el calor humeante del café mientras pensamos que otro día llegamos tarde al trabajo, comprar el pan nuestro de cada día en esa panadería que nos pilla un poco a desmano pero que lo hace rico rico, coger el autobús 6 y luego el 26 y coincidir con los mismos viajeros con los que jamás hemos cruzado palabra, cambiar semanalmente las sábanas, oír el centrifugado de la lavadora que nos alerta que en tres minutos, ni uno más ni uno menos, podemos tender la ropa, tender la ropa, ver escaparates, el rito de la navidad (¿por qué no defender también el rito de la navidad con su rutilante parafernalia?), hacer la estadística de fin de mes en el trabajo, las tardes aburridas de domingo y tedio frente al televisor (se envejece, también lo dijo Ramón Gómez de la Serna, sobre todo, los domingos), el titilar de la rutinaria lluvia al impactar contra el asfalto…, pues tal vez en la ininterrumpida sucesión de actividades luminosamente idénticas esté el secreto de la vida.


Septiembre es el mes del retorno a las rutinas, de apuntarse a ese curso de fotografía que aplazamos el año anterior, o al taller de estampación textil que siempre quisimos hacer, o a clases de pilates tres veces por semana, o… Septiembre es el mes de la puesta a punto, de reconectarnos, de resetearnos, de reactivarnos, de reafirmarnos, de retomar proyectos, de volvernos a llenar de contenidos. Yo este año ando algo trastocada, tardía, pero en un alarde de laboriosidad espanto la pereza y, sin más dilación, anoto en la parte central del cuaderno de pastas rojas que acabo de estrenar 


“Proyectos de futuro”:

 

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