Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 22/05/2018
Secciones
Aviso sobre el Uso de cookies: Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia del lector y ofrecer contenidos de interés. Si continúa navegando entendemos que usted acepta nuestra política de cookies. Ver nuestra Política de Privacidad y Cookies
Mercedes Unzeta Gullón
22/09/2017

Donde hay amor hay esperanza

Guardar en Mis Noticias.

 

[Img #32274]

 

 

Este fin de semana pasado asistí a una fiesta, arrastrada por mi amigo Eduardo, en Valladolid. Se trataba de un encuentro de amigos dispersos por la ancha Iberia, y desconectados por el inexorable tiempo, para disfrutar unas horas de entrañable intercambio de acontecimientos y sentimientos acontecidos en un lapsus más o menos largo de desencuentros.

 

La reunión se realizaba en un magnífico antiguo molino harinero, beneficiario de las aguas del Canal de Castilla, cuyos encantadores dueños lo tienen mantenido con el más absoluto de los esmeros. Toda las maquinaria funcionando a la perfección y toda la infinidad de artilugios y maderas las mantienen en un estado impecable, como si estuviéramos en un día cualquiera del siglo XIX. El escenario, una verdadera maravilla.

 

Efectivamente, la finalidad de la convocatoria cumplió su cometido y yo me encontré con mis amigos cántabros de los veranos de juventud. Aquellos con los que íbamos en bicicleta, por las tardes, a robar manzanas, o a subir puertos, o a explorar cuevas, o a hacer guateques en un chamizo, que nos habíamos apropiado para ese fin, en el que bailar con tu enamorado, siempre a una distancia prudencial, era ya motivo ineludible para no dormir sosegadamente aquella noche. Las mañanas era inexcusable pasarlas en la playa salvaje, con olas salvajes, a la que se llegaba caminando un buen rato entre panojales. Playa que entonces era de uso prácticamente privado para la pandilla. Los lugareños no consideraban, entonces, el mar como sitio para bañarse ni la playa para estar. Para ellos aquel lugar tenía un funcionamiento básico: el mar para pescar y la playa para recoger las algas, punto.

 

Bien, tras estos preliminares me voy a centrar en lo que verdaderamente quiero resaltar. En este actual guateque reencontré a un querido amigo de esa entrañable, querida y siempre rememorada pandilla: Mon (Ramón), el hermano, un año más joven, de mi, entonces, amor de verano.


 
Mon estudió en Boston. Hoy es un prestigioso científico en Biotecnología que ha trabajado, entre otros sitios, en el Instituto Pasteur, en la Comunidad Europea y finalmente en Shanghái.

 

A Mon se le ha desarrollado un alzhéimer desde hace más de cinco años. Su mujer Rita, ingeniera informática, también de Boston, le cuida. No es que le cuide exactamente, es que le mantiene en la vida de una manera tan digna, y tan extraordinaria, que me dejó absolutamente impactada.

 

Rita va con Mon a todos lados, viaja con él a Shanghái a ver a su hijo, va a Estados Unidos a ver a su hija, en verano lo pasa en Cantabria, en invierno se lo lleva al calor de Filipinas y entre medias a otros muchos lugares. Siempre ellos dos solos, siempre ella con una sonrisa, siempre suave y cariñosa con él, siempre tratándole con toda naturalidad como si no pasara nada, le acaricia, le habla al oído, le abraza con amor. Se va con él del brazo al fin del mundo.

 

Rita y Mon vinieron al guateque de Valladolid desde Cantabria. Ella, sonriente y suave, hablaba con unos y con otros sin dejar de vigilar a Mon que echaba a andar sin rumbo fijo en cuanto Rita dejaba de retenerle. Pero ella siempre le alcanza. Rita le recogía del brazo como cosa natural y le acercaba a la gente o le llevaba a la pista para bailar y bailaba con él un rato hasta que él trataba de despistarse otra vez. Rita de nuevo le recogía cariñosamente y le decía cosas bonitas al oído, como secretos de enamorada. Con mucha dulzura le retiraba de la mesa de las viandas evitando el atiborramiento de la mecánica de comer sin límites, de no sentir la saciedad. Nunca le dirige un No sino siempre un Si cambiante. Se quedaron hasta el último momento en la fiesta, bailando hasta las dos y media de la madrugada. 

 

Mon, impecable físicamente, esparcía su mirada en horizontes perdidos y a veces, sólo a veces, fijaba la mirada y balbucía algo sin mucho sentido. Con movimientos muy mecánicos, como de un muñeco al que le han dado cuerda, o como un robot con refinada mecánica, obedece las órdenes de su mujer. Rita le dirige y le mantiene en forma. Por ejemplo, le hace subir a pie, como si fuera un juego, los cuatro pisos del hotel donde estábamos alojados (naturalmente ella también los sube) para que haga ejercicio.

 

Le saludé con mucha efusión, hacía mucho tiempo que no le veía, y me respondió un segundo con gestos como imitándome y luego se quedó como en blanco, ausente. Nadie sabe si reconoce o no reconoce, qué piensa o si no piensa nada. Aparentemente es un señor de sesentaipocos años en perfecto estado de salud pero como vacío.

 

Qué pena de Mon que no pueda disfrutar del sentido de su  vida, de la sabiduría de su recorrido, de su tiempo de reflexión, de la complacencia familiar y de la amistad, de todo aquello que en la madurez nos reclama para cerrar el círculo de nuestra vida. Su vida se ha acabado sin acabarse. Qué extraña enfermedad esta.

 

Pero, finalmente llego a mi objetivo: Rita. Qué persona más admirable. Qué impresión más placentera ver tanto amor en una mujer hacia su marido en una situación tan difícil. Y no solo amor sino también cariño, sabiduría, inteligencia, alegría, dulzura, valentía, voluntad, entereza, generosidad, virtud… todo lo que pueda decirse es poco. 


Después de cuarenta años de matrimonio ella se muestra como si fuera la joven enamorada tratando de seducir con sus desvelos al “novio reticente”, aunque no sabe si este “novio reticente” se da cuenta de que ella es ella, de que ella existe.

 

Es muy dura su tarea, veinticuatro horas sobre veinticuatro horas vigilante. Pero parece para ella no cuenta ni el tiempo ni el esfuerzo. Siempre pegada a él con una dulce sonrisa. Y no es por necesidad, es decir, no es porque no tenga una economía suficientemente abultada como para dejarle en una residencia, no, podría hacerlo holgadamente pero ni se le ocurre pensarlo. Admirable.


 
En la despedida Rita nos cuenta que al día siguiente se va con su Mon, en tren, a disfrutar de las fiestas del pueblo de Maderuelo, en Segovia, donde tienen una casa. 

 

Qué lección de cariño y amor para este mundo tan egoísta.

 

O témpora, o mores.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
© 2018 • Todos los derechos reservados
Powered by FolioePress