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Max Alonso
30/09/2017

Divorcio a la catalana

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Lo puso de moda aquella actriz de la tierra que acusó a su marido de que le robaba y luego resultó que la que robaba era ella. El marido aprendió la lección y descubrió el Pacífico. Decidió que visto que convivía con una mujer perversa que no le importaba mentir calumniando,  ya que se había abierto la puerta,  el que se iba era él. Llegaron de golpe las consecuencias. El reparto del patrimonio y de los hijos, cuestiones que visto el comportamiento de la esposa, que carecía de escrúpulos las cosas no se le pusieron fáciles y ella calculó que lo que le quedaba no le convenía. Intentó renegociar pero el marido dolorido, ella había sido inmisericorde buscando su exclusivo beneficio, se negó a ceder y exigió las cosas como a él le correspondían. Tanto que ella reculó para tratar  de mejorarlas. El marido se mantuvo fuerte. Acudió a sacar  sus armas de mala mujer para así desandar lo andado. 


Planteó que eso era acabar con su familia. La familia ya estaba rota desde que ella arrojó en falso la primera piedra, la segunda y la tercera rompiendo  las reglas del juego. El marido se escudó en  que ella las había hecho trizas. Desesperada clamó que eso era echarla y que a ella no la echaba nadie.


La secretaria del juzgado era una mujer débil y enclenque pero fue muy suficiente para comprobar que el personal del juzgado precintaba la casa, lo único  que flotaba del litigio. Ella se rebeló con todas sus fuerzas y la secretaria del juzgado, débil y menuda como era,  sonrió con suficiencia ocultando su satisfacción por ver a aquella esposa, toda una mujer de genio y figura,  gimiendo desesperada como una pordiosera. Pensó con más suficiencia que demasiado era lo que le quedaba: su libertad para hacer lo que quisiera. Se fue mascullando que torres más altas habían caído y que a todas las marranas les llega su Valentín. Para sus adentros se confortaba pensando que algunas ventajas debían de tener las solteronas, aparte de trabajar en el juzgado. La divorcianda no se imaginaba esos pensamientos. Se ocupaba en mascullar desprecio hacia los hombres, esos seres miserables que se lo quedan todo en perjuicio de las mujeres, que incluso las matan.


El juez, uno más entre los hombres, firmó su sentencia sin importarle que lo hacía en contra de una pobre mujer indefensa en beneficio del hombre. Le libraba de su responsabilidad la sentencia anterior, en la que ella resultó penada cuando acusó falsamente al  marido de robarla y que por eso este  quería su libertad.


Ante el fracaso de su pretensión y formulación la escandalosa aspirante sólo consiguió la aquiescencia de sus amigas, que aunque no compartían sus planteamientos se lo callaban porque eran las causas comunes de las reivindicaciones estúpidamente feministas. Algo parecido a lo que  ocurre a los de la izquierda en la política, apoyan sin sentido las  tesis con un “queremos pero no sabemos” nihilista y repugnante.


Además no se hablaba de si divorcio así o asá,  sino solo del divorcio que quería imponer la divorcianda. Seguía creyéndose la única y con todos los derechos. La democracia para ella no era la decisión de la mayoría de acuerdo con la  ley, sino que la ley era la voluntad de la calle. La cuestión era de sentimientos y ahí todo vale. La razón no cuenta. Le pasó como a los pequeños nacionalismos falsarios y excluyentes. Deben der reprimidos, desenmascarados y castigados porque la ley es la ley y lo único que en democracia cuenta.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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