Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/10/2017
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Inés Abellaneda
1/10/2017

Nosotros, los de entonces, sí somos los mismos

 

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Quién nos lo iba a decir a nosotros que después de tanto tiempo, de tanto olvido quizá, volveríamos a vernos. Sobre todo desde que te casaste con Luis Alberto y te fuiste hecha una princesa a vivir con él a Londres. No sé tú, pero yo pensé que jamás volvería a verte. Y traté de olvidarte. Pero, la verdad, no me fue fácil sacarte de mi cabeza, aunque con el tiempo lo conseguí, o eso creía yo. Sin embargo, cuando me dijeron que íbamos a hacer una cena los de la quinta del 67 para celebrar nuestro cincuenta cumpleaños, pensé en ti.  Y no me preguntes por qué, que no lo sé. Lo cierto es que me dio mucha rabia descubrir que después de todo aún te llevaba dentro. Yo, que creía que tú ya eras agua pasada. Y lo que son las cosas, a la vez sentí curiosidad por verte. Si viniera, me dije, sin saber lo que decía, como un acto reflejo. Pero esto no era más que un deseo, un deseo primario, casi una pulsión, que enseguida procuré reprimir, porque en el fondo pensaba que no vendrías. Cómo tú, la que finalmente se había casado con el chico guapo, inteligente, simpático, el perfecto, se iba a rebajar a algo tan prosaico como ir de cena con sus compañeros del colegio. Qué vulgar, me imaginé que habrías dicho cuando te llegó la invitación. Pero, mira por dónde, me equivoqué. Y viniste. Cuando te vi entrar por la puerta del restaurante, colgada del brazo de Luis Alberto, tan elegantes los dos, reconozco que me dio apuro saludarte. Me dio apuro porque yo había venido solo, el único que había venido solo. Todos los demás habíais venido con vuestra pareja. Estaba solo, y sin haber llegado a nada, como un fracasado. Me sentí pequeño. Pero eso no me impidió mirarte de arriba abajo, de estudiarte una milésima de segundo. Te encontré radiante, tan guapa como entonces, y sentí mucha envidia de Luis Alberto, más que nunca. Pero lo mejor fue cuando rocé con mis labios tus mejillas, levemente arreboladas, tal vez por el calor, y te noté temblar ligeramente, como temblabas cuando nos besábamos en la oscuridad del portal de tu casa, hace ya de eso una eternidad. Entonces, supe que tú también te alegrabas de verme. Sin duda, no me habías olvidado, al menos no del todo. Desde ese momento, estaba como loco por hablar contigo, escuchar de nuevo tu voz, verte sonreír. Pero no sabía cómo. Y ya ves, la suerte, que por una vez parecía que se aliaba conmigo, hizo que tú y Luis Alberto os sentarais enfrente de mí, aunque también de Jorge y de su mujer, que se habían colocado a mi lado. Te tengo enfrente, mejor imposible. Sin embargo, no podemos hablar, porque Jorge –que, ya lo ves, sigue igual– no te deja un momento, constantemente te está dando conversación, como si te estuviera trabajando, sin importarle que esté delante su mujer, que debe de tener un cabreo del quince, a pesar de que no para de reírle las gracias a tu marido. No te puedo hablar, pero de vez en cuando te miro, te escucho, y casi con eso me basta. A veces mi mirada se topa con la tuya y tú intentas mantenerla, pero las palabras de reclamo de Jorge te obligan a desviarla. En cambio, yo sí la mantengo, casi sin recato, y veo en tus ojos, aún hermosísimos, un halo de tristeza, que me hace sospechar que no eres del todo feliz. Nadie lo diría, con el marido que tienes, viviendo en Londres, en uno de sus mejores barrios, como la gente importante, con lo bien que aún te mantienes. Pero seguramente, la vida también te haya golpeado, aunque los demás no lo vean. Solo yo lo he adivinado, que te conozco. Y me gustaría que me contaras por qué estás sufriendo. Pero con Jorque al lado no hay manera, es imposible. Mira que estamos llegando ya al postre y no hemos podido intercambiar más que cuatro palabras. Cuatro palabras convencionales. Y yo veo que tratas de zafarte de Jorque, pero no puedes. Es tan tenaz. Tranquila, no te asustes, que soy yo. Es mi  pie que busca el tuyo para acariciarlo. Es la única manera que he encontrado de hablarte, de decirte que todo tiene solución. Pronto sonará la música y todos se tirarán a la pista a bailar. ¿Bailarás conmigo? Mira que todavía no he aprendido a bailar. Que te voy a pisar. Sería maravilloso volver a cogerte por la cintura. Pero creo que no va a poder ser, Luis Alberto se levanta decidido a llevarte a la pista. No me mires así, que me vuelvo loco, y vete con él. Yo te veré desde aquí. Veré que mientras tu marido te lleva girando en sus brazos, tú me miras. Me miras, me miras. Con esa mirada, para qué queremos hablarnos.
             

 

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