Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 13/12/2017
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Ángel Alonso Carracedo
6/10/2017

La astucia del lerdo

 

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En estos días de desazón, la concurrencia de comentarios, videos y fotos sobre el monotema de los últimos meses (no hace falta ser más explícito) en los teléfonos móviles es un sin parar.  Las emociones necesitan cauces de expresión y el artilugio se presta como foro universal. Uno de los testimonios recién llegados por las redes sociales es el de una buena amiga,  a la que prefiero contestar por esta vía menos convencional, porque no es asunto de brevedad.


Mi interlocutora me hablaba, en tono de lamento, de la astucia del presidente de la Generalitat de Cataluña, el tal Puigdemont, en la gestión de los tiempos de este disparate que ha culminado el pasado 1 de Octubre con un referendo tan encarnado en el esperpento que haría las delicias de un guión cinematográfico para los hermanos Marx, con el genial Groucho aspirando a una interpretación apoteósica, digna del Oscar que nunca consiguió. Mi amiga, sin decirlo abiertamente, apoyaba su hipótesis en la estulticia y pasividad de los que estaban en la obligación de detener este absurdo, para entendernos, el Gobierno.


Cierto. Pero me niego a aceptar la zorrería del tal Puigdemont a la cabeza del disparate. Porque, para ser astuto, hay que acompañarse de frialdad e inteligencia y el susodicho personaje, jaleado por su camarilla de Corte de los Milagros, en momento alguno se ha revestido de la una y de la otra. Más bien, se ha entregado a mesianismos salvapatrias, tan propios de esos tiranos que manipulan sentimientos patrioteros. 


Para nuestra desgracia, han tenido como espejo de su astucia, la estupidez de sus opuestos, y esta vez el antónimo es a escala real. Si empezamos por el Gobierno, la pasividad ha sido la grafía de su estrategia. Pensar que un problema enquistado históricamente se va a resolver por generación espontánea y por un manejo recurrente de la ley hacia quien desde siempre la ha instrumentalizado a su servicio a coste cero, es de una ingenuidad propia de jardín de infancia.


La cadena no desengancha el eslabón de los partidos políticos  de la oposición y del Gobierno. Y aquí hay de todo, como en botica. Los llamados constitucionalistas, alguno con vocación declarada de sentido de Estado y razonable alternativa de Gobierno han optado por el atajo de lo segundo y no por el sacerdocio de lo primero.

 

Nada extraño con liderazgos personales sin una mínima substancia de genio político, perdido en el acoso y derribo a un Ejecutivo que ahora urge de apoyos sin fisuras ante la dimensión del órdago secesionista. Pasada la tempestad, se podrán hacer los legítimos ajustes de cuentas. Del grupo gubernamental, las dos últimos elecciones lo han colocado en su verdadera dimensión, prisionero como es, frente a la opinión pública, de la corrupción y de políticas neoliberales que han ensanchado las siempre insultantes brechas de las desigualdades sociales. Los llamados antisistema, simplemente, en su papel, tomando  un buen trozo del cuerpo social como manada borreguil insensible a sus incoherencias y disfunciones entre la prédica y el trigo.


Es una columna, ésta, periodística, pero la militancia profesional no puede eludir la autocrítica. Antes del 1-O se ha hecho del desafío una especie de espectáculo y de subasta de militancias a través de tertulias concebidas más para entretener y enredar que formar mediante debate riguroso y equilibrado. Poco tino el día después, con portadas repletas de fotos de cargas policiales, bailando el agua al tal Puigdemont y sus mariachis, cuando la mamarrachada del refrendo tenía material gráfico suficiente para exportar a todo el mundo un espeluznante delirio disfrazado de acto democrático. 


La opinión pública volvió a perderse en inútiles diatribas entre galgos y podencos. Este no ha sido un envite de militancias y sensibilidades  en el griterío del bar. La integridad de un Estado no puede estar al albur de esa frivolidad.  Ahora se proclaman los lamentos por la falta de decisión y toma de medidas coercitivas que, si se hubieran adoptado, seguro, llevarían, como llevaron, a la cómoda réplica ajena de la falta de cintura y diálogo de las autoridades responsables. Y aquí que nadie tome partido viendo siglas a su conveniencia. 


España sigue siendo esa fábula de la familia, padre, madre e hijo, montados en un asno que atraviesa un pueblo y que es increpada por el abuso hacia el animal. Pasados los umbrales, se bajan los tres y caminan junto al pollino hasta el siguiente, donde son tachados de tontos por ir a pie,  llevando montura. Salen de nuevo, y el padre coloca a madre e hijo en los lomos del burro y la cosa no cambia, porque en la siguiente escala se recrimina a los que van arriba en pro del viandante. La última combinación de jinete y transeúnte es saludada en el siguiente paso con el abuso de la paternidad. Nada parece estar bien por estos pagos si no lleva el sello de lo propio.


El tal Puigdemont no ha hecho más que aprovecharse de un país que ha tirado por la borda el modelo de convivencia que nos otorgamos en la llamada Transición. Llevamos tiempo avisando de que a España retornan modos y maneras de un cainismo que  parecía superado por un consenso político y social que, desgraciadamente, ha sido excepción en la historia. Vivimos en un Estado sin estadistas. Busquen uno en la nómina de políticos. Para percibirlo no hacen falta astucias ni otras genialidades. Es obvio, simplemente.
                                                                                                               

 

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