Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/08/2018
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Tomás Valle Villalibre
26/10/2017

El drama de ser pijo

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Definir a alguien por su manera de comportarse puede resultar insultante o todo lo contrario. Dependiendo de quién lo diga, cuando lo diga, donde lo utilice y en las escenario que lo haga, la palabra ‘pijo’ puede resultar ofensiva o a la inversa. Todo depende si lo hacemos como defecto o si por el contrario como manera de vivir.

 

En este caso quiero referirme a esos ‘pijos’ que apenas han notado la crisis de nuestro País, que son ricos y que generan cierto desagrado por su consumismo, su afectación y superficialidad, por su falta de compromiso, por su conservadurismo.

 

Jimmy (Joaquín en el libro de familia desde que nació hace veintisiete  años), vive en La Moraleja, desde chaval ha celebrado sus cumpleaños en el Club Hípico, veranea en Marbella, navega en yate, conduce un deportivo y su pelo engominado con rizos en la nuca le delata, es ‘pijo pata negra’, vamos que no es que haya surgido espontáneamente, lo ha mamado. Tommy Hilfiger, Guru, Lacoste, Thomas Burberry… son sus marcas preferidas, la misma que visten todos los ‘pijos auténticos’ que serían incapaces de poner ropa barata, su piel no lo soportaría.


 
Sara, su hermana, hace tres años se echó un novio que siempre iba hecho un figurín, con su ropa de Armani y lo último en complementos. Le molaban los lugares más chupis de la ciudad. Pero resulto que apenas ganaba 1000 euros, vivía con sus padres y no tenía coche. Quería parecer pijo por su apariencia, pero no lo era de verdad. Triste fenómeno, según la joven ‘hembra pija’ vestida con ropa de Dolce & Gabbana y calzando unos tacones de punta afilada que bien podrían servir de mortífera arma.


 
Ambos, al igual que su clan de elegidos, se criaron en la era socialista, pero la etapa aznarista les dio caldo de cultivo y dimensión, y hoy siguen imperturbables en su burbuja de irreflexiva felicidad, al margen de la crisis económica que podamos tener el resto de los mortales. Ellos están ahí, por encima de todo, aunque cambiemos de signo político un millón de veces. Su mundo es diferente, y aseguran que hay mucho ‘pijo ficticio’, señalando a los ‘pijos’ que salen en las revistas o en la televisión, como ociosos que utilizan los apellidos para vivir del cuento.

 

Jimmy y Sara han estudiado en exclusivos colegios privados, son bilingües en inglés y controlan perfectamente el francés y alemán. Aseguran que también hay ‘pijos verdaderos’, que van a colegios privados para aprobar con la ayuda de sus padres.


Los ‘pijos pata negra’ no soportan al rico ostentoso que compra amistades con su tarjeta visa, ni al hortera de discoteca. Son endogámicos. Se relacionan y se casan entre ellos para entrecruzar sus sonoros apellidos en el árbol genealógico de cada generación.

 

Nunca me ha agradado la gente pija, tanto la autentica, por sentirse superior, como la de pega, por poco honrada y digna de lastima. Pero el problema que tenemos en este país es que aunque no hay muchos ricos, sí hay muchos lelos que pretenden parecerlo por su apariencia a base de vivir, vestir o hablar como se supone que hacen los ricos ‘pijos’. Como ejemplo, los hermanos Sara y Jimmy, nos ponen a Francisco Correa: él quería aparentar ser pijo pero no lo era, ni mucho menos.

 

Para concluir, se me antoja una pregunta: ¿Es un drama tener un hijo ‘pijo’?.  Si el proverbial aspecto de formalidad, viene acompañado de un afán compulsivo en la adquisición de polos Ralph Lauren a la tontería de casi 100 euros cada uno (o una camiseta Fumarel , a 80 cada una), si para salir  de fiesta le pide 500 euros (o más) y las facturas mensuales del móvil son superiores a 300 euros, a usted se le avecina un drama, empiece a inquietarse porque tiene ‘un pijo’ en casa.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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