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Luis Miguel Suárez Martínez
29/10/2017

El lenguaje sobrio y cuidado de la poesía de Cereijo

José Cereijo (Redondela, Pontevedra, 1957) pertenece por edad a la generación de los 80. Sin embargo, su primer libro, Límites (1994), aparece en la década siguiente, cuando la poesía realista y urbana que marca la estética de su generación hacía tiempo que se había consolidado como línea poética dominante en la literatura española. Posteriormente publicaría los poemarios Las trampas del tiempo (1999); La amistad silenciosa de la luna (2003); Música para sueños, (2007) y Los dones del otoño (2015), y el libro de relatos Apariencias (2005). Una muestra significativa de su obra poética se recoge ahora en la antología Árbol desnudo (Sevilla, Renacimiento, 2017), preparada por el también poeta Javier Lostalé

 

 

José Cereijo, Árbol desnudo. Antología poética, selección de Javier Lostalé, Sevilla, Renacimiento, 2017, 185 pp.

 

 

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En la introducción, titulada 'Lección de vida' (pp. 9-17), el antólogo traza de forma breve y precisa los rasgos más definitorios de la poética de Cereijo: un estilo cercano a la lengua hablada; una contención y un equilibrio formal de estirpe horaciana; una cercanía a una tradición poética que  incluye a Antonio Machado, Guillén, Cernuda, Claudio Rodríguez, Brines o Sánchez Rosillo (autor este último con el que guarda importantes concomitancias); la fidelidad a unos temas recurrentes, entre los que sobresalen la vida, la muerte y el amor, etc. Se destaca, además, su importancia como autor de haikus y se justifica la inclusión de varios relatos en esta antología aduciendo su unidad temática y cierta afinidad de técnica con su poesía, ya que “se trata de relatos que pueden ser leídos como poemas en prosa” (p. 16).

 

Las composiciones poéticas aquí recogidas muestran, en efecto, desde el punto de vista del contenido unos temas bien definidos, a los que se puede tildar de clásicos, si bien su enfoque, en el que predomina un tono reflexivo y desolado, se aproxima en bastantes aspectos a la tradición barroca. Así, la existencia humana, por ejemplo, se define como “silenciosa, brutal, compleja, insuficiente” (p. 75); la vida “es un vehículo / que te lleva a la muerte / y nunca se detiene / y, a veces acelera” (p. 68). De ahí también que, en uno de los mejores poemas del libro, el poeta resuma su testamento vital, no sin cierta amarga ironía, con estas palabras: “Todo para la muerte, que me ha querido tanto” (p. 143). La muerte, pues, se convierte en un motivo casi obsesivo como realidad inherente a la condición humana, y ante la que solo cabe una aceptación, más que serena, resignada. Ausente la fe, se apela en ocasiones al estoicismo y a la serenidad: “Basta no esperar nada / para gozarlo todo” (p. 36); pero al final se acaban imponiendo la desolación y la amargura.

 

Junto a la muerte el otro tema fundamental de la poesía de Cereijo es el amor, que casi nunca —salvo a veces en el recuerdo— aparece como un sentimiento jubiloso: “Quisiera no saber esto que sé: que el amor hace daño, que es un veneno lento,  / una bestia feroz que muerde y que desgarra, y tortura constantemente su aciaga compañía; y que solo su ausencia / es más insoportable” (p. 33). Y es que el amor, que podría ser fuente de dicha y de vida, acaba desembocando siempre en la ausencia y en la amarga soledad: “Diste a mi vida luz; después sabiduría; finalmente amargura” (p. 36).

 

La naturaleza se convierte con frecuencia en un espejo que ofrece al poeta reveladoras imágenes de la existencia humana. En la senda de la tradición, las flores —'Triste rosa' (p. 21), 'Vaso con flores' (pp. 60-61), 'Mira esa flor' (p. 175)…— muestran lo frágil y efímero de la belleza; las hojas secas del otoño —'Recompensa' (p. 23)— gritan sin palabras la derrota de la vida; el 'Fin de la tarde' (p. 158) se convierte en un símbolo de la finitud de lo humano, etc. Otras veces, sin embargo, el espectáculo de la naturaleza invita a un sereno vitalismo —'Armónico murmullo' (p. 149)—, aunque no es este, como ya se ha señalado, el sentimiento preponderante. Tampoco falta la reflexión sobre la propia literatura: 'Shakespeare' (pp. 58-59), 'Último verso de Virgilio' (p. 129), 'Literatura' (p. 156)…  En este último apartado, es de destacar una presencia nada desdeñable de tópicos y de referentes grecolatinos: 'Orfeo' (p. 29), 'Voz antigua' (p. 47), 'Aquiles entre los muertos' (pp. 98-99), 'Penélope' (p. 107), 'Arma virumque…' (p. 134), 'Narciso' (p. 135), 'Beatus ille' (p. 141), etc.

 

En cuanto al aspecto formal, su lenguaje sobrio y cuidado, que se distancia tanto de la expresión barroca como de la coloquial (tan típica de su generación), muestra un indudable equilibrio clásico. Por otra parte, mientras que en el primer libro se observa una preferencia por el verso libre, en especial por el verso largo cercano al versículo, luego se tiende a cierta regularidad métrica a través de los versos blancos —heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos, puros o mezclados entre sí—, o del haiku —metro en el que está escritos los poemas de La amistad silenciosa de la luna—; e incluso, en alguna ocasión (p. 158), se recurre a los octosílabos asonantados. 

 

Por último, hay que señalar que los textos en prosa aquí incluidos —procedentes del citado volumen de relatos Apariencias—, aunque de indiscutible aliento poético, ciertamente mantienen su entidad narrativa. En este sentido, el poeta muestra unas destacadas dotes de narrador; y en particular un hábil manejo de la trama no exento tampoco de ingenio, cualidades que logra a través del juego con lo insólito, la presencia del humor y la ironía, la inversión de algunos motivos tradicionales, los finales inesperados…

 

En definitiva, esta antología nos presenta a un sólido poeta, de notable hondura y voz propia, que suscitará sin duda el interés del lector. 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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