Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/08/2018
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Mercedes Unzeta Gullón
3/11/2017

Cantó misa y llegó a Roma

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Paco se fue. Poco a poco la vida le fue dejando hasta que acabó por consumirlo. Había hecho un recorrido satisfactorio, muy exitoso, desde que tuvo que salir de su pequeño pueblo para poder estudiar. Y ¿dónde obtener una buena educación sin cargas económicas para una familia sin posibilidades? En aquella época, años cincuenta, sesenta, para los hijos de los humildes pueblos de León (y de toda España) la única salida de vida considerable eran los curas. Ir al Seminario era como ir al Harvard nacional, sin costes y con futuro asegurado.

 

Paco, ya tenía veinte años y se encontraba en el seminario de Astorga estudiando para cura cuando a mi madre, muy cercana siempre a la Iglesia, se le ocurrió buscar en la cantera de este  seminario astorgano un preceptor para mi hermano Antonio que, a sus diecisiete años, estaba resultando un tarambana en sus estudios.

 

Resultó que Paco Centeno fue elegido como el apropiado y, ni corta ni perezosa, mi madre se lo llevó a vivir a nuestra casa, a Madrid. Paco no había salido nunca de la demarcación astúricoballezana y se encontró, de pronto, viviendo en la capital, y en una gran casa llena de mujeres. Porque el botarate de Antonio tenía siete hermanas mayores que él, escalonadas de año en año, y un hermano más pequeño. Es decir que el aspirante a cura desembarcó en un libre y desenfadado gineceo.

 

En aquel ambiente fue acogido como uno más de la familia. Su edad encajaba perfectamente con la media de los nueve hermanos y rápidamente se le incorporó a los grandes y pequeños acontecimientos domésticos y familiares. Y, como la casa era sobre todo, y ante todo, un alegre y desenvuelto harén, las hermanas estábamos acostumbradas a la desinhibición doméstica. Nos movíamos, por ejemplo, cómodamente en deshabillé por la casa o hacíamos tertulias a puertas abiertas mientras practicábamos nuestra toilette, o hablábamos de mil cosas nuestras sin pudor…, y Paco participaba de cualquiera de las circunstancias y conversaciones en femenino posibles. Veía, escuchaba, participaba y le encantaba.

 

Es decir, que la edad de Paco, su confiada actitud, y sus ganas de abrirse a otros horizontes, se sumaron con naturalidad a las familiares costumbres mujeriles que reinaban en la casa desde tiempos ancestrales, e hicieron que los hábitos gineceicos no se alteraran en absoluto por la introducción de un nuevo elemento humano en nuestra tribu. Paco se adaptó estupendamente a este inédito y sorprendente (para él) ambiente. Incluso nos ayudaba en muchos de nuestros quehaceres femíneos.

 

De sus funciones como preceptor no tengo mucha noción porque esos menesteres sucedían en el ala este de la casa y yo me movía fundamentalmente en la oeste.

 

Llegaron las vacaciones y salimos a Cantabria como todos los veranos. Paco descubrió el mar y ese ambiente distendido de largas ociosidades de verano en familia muy numerosa y amigos abundantes que sumaban y ampliaban el ambiente festivo. Por las mañanas la playa, los baños, las olas…, por las tardes excusiones y fiestas. Él y yo éramos próximos en edad así que me propuse que aprendiera a bailar y le llevaba de pareja a las verbenas veraniegas. Se resistía un poco pero acababa cediendo y bailando con mucho gusto al son de los Beatles, los Brincos, Adamo…, en fin, la época. Disfrutaba, sí, disfrutaba mucho.

 

También le encantaban las pipas de Santoña, vicio familiar al que se sumó sin tregua.

 

Tanto le asimilamos a nuestras desembarazadas costumbres que las hermanas pensábamos que le habíamos pervertido y le decíamos entre algazaras y risas “Paco, tú ya no cantas misa”, o, “a este paso nunca vas a llegar a Roma”, y estábamos convencidas de ello, pero nos equivocamos. Cantó misa y llegó a Roma.

 

Creo que vivió dos años, o quizás más, con nosotros, luego siguió su camino. El siguiente encuentro cercano que tuve con él fue cuando volvió de Roma. Una experiencia para él magnífica. Con su inclinación siempre alerta a las cosas nuevas, a aprender de la vida, había explorado y degustado con placer los aires italianos. Además de haber disfrutado con sus estudios bíblicos, volvió encantado de aquel país por la cantidad de amigos que había hecho en esa ciudad y de las estupendas experiencias humanas que había observado y experimentado, como la apertura de capacidad, entendimiento y espíritu. Todo ello le repercutió en su aspecto físico, llegó hecho un dandi, con un tipo físico estupendo y vestido nada menos que de Armani (Italia es Italia). El feliz encuentro en Astorga nos llevó a largas conversaciones en la muralla, comiendo pipas, naturalmente, y contándome él todas sus experiencias romanas. Realmente en aquella época Paco estaba pletórico.

 

Luego le tocó quedarse por esta zona astorgana de ambientes más cerrados, más sombríos, y aquella luz que trajo de Roma se fue tamizando.

 

Y, ya se ha ido. Calladamente se ha ido. En mi recuerdo queda aquel amigo de la juventud con el que disfruté una importante etapa de su camino. Me queda mucho cariño en su memoria. Que descanse en paz.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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