Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/08/2018
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Sol Gómez Arteaga
3/11/2017

El asombro

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“La mar estalló ante sus ojos… Y cuando por fin (Diego) consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:
-Ayúdame a mirar.”

 

El ejemplo más claro de asombro o efecto en el ánimo que alguien o algo nos causa por alguna cualidad extraordinaria o por ser inesperado, lo veo en el microrrelato ‘El mar’ de Galeano por la elección que hace el autor de dos elementos: el mar, por un lado, que como objeto resulta per se siempre asombroso; por otro, la infancia, momento vital en el que el asombro tiene su mayor cabida, sentido, razón de ser. Pero afortunadamente el asombro no solo se circunscribe a la infancia, porque crecer, hacerse adulto, lo único que conlleva es que maduremos a corros, -y hasta nos pudramos a corros-, mientras otras zonas de nuestro ser permanecen siempre vírgenes, inalterables. 

 

Yo, sin ir más lejos, confieso que tengo asombros sencillos, pequeñitos, asombros de andar por casa de los que, como si de una sombra se tratase, no consigo despegarme.  

 

Así, por ejemplo, me asombran los chicos del 100 aniversario de la gran revolución socialista de octubre celebrado hace unos días en el Centro Cultural de un barrio de Madrid, tan jóvenes, tan activos, tan llenos de proyectos de pasado como de vocación futura. Hablaron de Marx, de Lenin, de la historia que estudié en los libros de historia. 

 

 

Me asombra la florecilla que encuentro en el camino árido y pedregoso, tan diminuta como perfecta, las hojas corazón que descubro cada otoño en el muro de piedra, pero también el cerco que permanece, señal o resto de lo que un día fue, en la pared cuando la hiedra ha sido arrancada.  


 
Me asombra, a veces, la mirada inexpugnable de los locos. Otras, su capacidad de raciocinio, su cordura.


  
Me asombra el ingente esfuerzo físico que conllevan determinadas faenas del campo y trabajos como el de auxiliar de clínica, hostelero o padre que también me veo incapaz de desempeñar. 

 

Me asombra, me causan una especie de fascinación, el cuadro de Marc Chagall ‘El gallo’, la escultura ‘Mujer con espejo’ de Botero, la cúpula del edificio Metrópolis de Madrid, la estatua ‘El ángel caído’ de Bellver, por muchas veces que los vea. 

 

Me asombra la solidaridad de la mujer árabe que dejando su trabajo acude al hospital a servir de traductora y me asombra descubrir que pese al velo tal vez no seamos tan distintas. 

 

Me asombra ver colgados de los cables de la luz de la calle de San Onofre unos zapatos diferentes cada vez.

 

Me asombra no dar un duro por algo tan friki como pasar un día en Eurodisney y luego pasarlo pipa. 

 
 
Me asombra, como al niño Diego de Galeano, la belleza inexpugnable del mar, su sonido, su olor a ilusión. Y el microrrelato tan bello cada vez que lo leo también me asombra. 

 

Me asombra en ocasiones la vida de los otros. Me asombra siempre la vida a secas. Lo que no acierto a entender me asombra. Me asombran más cosas que no voy a poner y otras que no recuerdo. Y es que el asombro es subjetivo, personal, intransferible, libre como el pensamiento. Cada cual se asombra de lo que se asombra sin tener que dar parte al vecino, ni siquiera al pariente más cercano. Y, la verdad, estoy contenta de tener esos asombros que conservo, -y esto shhhi, chitón, que no salga de aquí, es un secreto-, en cajitas aromatizadas con lavanda o romero o hierba de San Juan, porque que el día que no me asombre, ay, la vida será un desierto sin brillo, sin perspectiva, sin norte. 

 

 

 

 

 

 

 

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