Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/11/2017
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Catalina Tamayo
10/11/2017

La casa

 

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                                                                                                                         “Has llegado a tu casa, y, al entrar, has sentido la extrañeza de tus pasos que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras”

(Luis Rosales, La casa encendida)   

 

                                                              

Cuando cruzo el pueblo, la plaza, no puedo evitar girar la cabeza y mirar la casa de mis abuelos, que aún está allí, al final de la calle, donde se inicia la cuesta. Durante un segundo, acaso menos, su imagen tiembla en mi mente, en el parabrisas del coche, y después se desvanece, como si no la hubiera visto. Pero en el corazón me queda una vaga tristeza que no se me va en todo el día. Y por la noche, cuando estoy en la cama, sumido en la oscuridad y el silencio, solo, a veces esa tristeza se vuelve precisa y me viene otra vez su imagen, tan nítida que me parece que realmente la estuviera viendo.

 

La casa ya no es la misma. Por fuera apenas ha cambiado, pero por dentro es muy distinta. Los nuevos dueños la han transformado completamente. Lo sé porque me lo ha dicho mi madre, que ha entrado y la ha visto. Pero yo me la imagino como entonces. Me gusta pensar que vuelvo otra vez a casa de mis abuelos. Entro sin llamar. Veo el pasillo: los cuadros que penden de la pared, la lámpara de cristal, la escalera que lleva al piso de arriba, las baldosas marrones. Mientras avanzo por ese pasillo largo, llamo, casi grito: ‘Abuela’. Y al poco ella aparece al fondo, junto a la puerta del corral. Viste toda de negro. Tiene en sus manos un paño y un cuchillo. Estaba en la cocina haciendo la comida. Apenas sonríe, pero noto que se ha puesto contenta, que se alegra de verme. Después de besarnos, pasamos a la cocina. Yo me siento en el escaño y ella continúa con lo que estaba haciendo. A la vez que pica la cebolla, me pregunta. Yo voy respondiendo prudentemente a cada una de sus preguntas.

 

Dejo la cocina y salgo al corral. Enfrente me encuentro con el gallinero. Dos gallinas picotean las hojas de una berza que cuelga de la alambrera. El gallo estira el cuello hacia el cielo y canta. Junto a la pared hay un banco blanco de madera donde mis abuelos salen en verano a tomar el fresco después de cenar. Un poco más allá está la leñera, la cocina de humo, el brocal de pozo. Junto al pozo crece una enorme hortensia. En el lado opuesto, un rosal de rosas rojas repta por la pared bordeando la ventana de la cocina. De la cocina llega el murmullo de mi voz y de la voz de mi abuela. Levanto la vista y veo en el vértice del tejado el botijo de barro. En esto, dos golondrinas penetran veloces en la oscuridad del portal. Adherido a una viga del portal tienen su nido hecho con barro. Cuando era pequeño mi primo y yo lo tiramos con la aguijada y mi abuela nos riñó. A mi abuela le gustaba que las golondrinas anidaran en el portal. Las golondrinas han sido siempre muy queridas por la gente de los pueblos.

 

De pronto, escucho que la puerta de atrás se abre. Es mi abuelo que entra con la bicicleta. Viene de la huerta. Aún está bien de salud, pero parece cansado, un poco abatido. Cruza lento todo el corral y entra en la vivienda. Yo lo sigo. Cuando me ve en la cocina, exclama sorprendido: ‘Coño’. A continuación, se le desata una risa larga y ruidosa que llena toda la estancia. Y yo, contagiado de su risa, también me río. Hasta mi abuela vuelve a sonreír.
Vuelvo al pasillo y me dirijo hacia las escaleras. Asciendo por ellas, llego al corredor. La tarima cruje. Me viene el aroma de las manzanas, de las peras y las uvas que mi abuela ha tendido pacientemente sobre unos sacos de esparto en la habitación de en medio, donde ya nadie duerme, ni siquiera en el verano. Empujo la puerta de la primera habitación, que chirría, y entro. La persiana está levantada, las contraventanas abiertas, una luz amarilla lo llena todo, cada rincón. Me asomo a la ventana y noto el frescor de la brisa. Yo nací en esta habitación. En esta habitación yo dormía cuando venía a la fiesta del pueblo. La fiesta del pueblo. En la oscuridad de esta habitación yo recordé emocionado el paseo que momentos antes había dado con aquella chica mientras en la plaza la orquesta tocaba las últimas canciones. Otra vez volví a preguntarle si quería dar un paseo conmigo y otra vez volví a notar su rubor. Pasamos por aquí, bajo esta misma ventana, y llegamos a la cuesta, amparados por la oscuridad de la noche. No había luna, por lo que las estrellas brillaban aún más. Le dije que me gustaban las noches estrelladas. Ella miró hacia el cielo y se sonrió, pero no dijo nada. Estaba tan asustada como yo. Después la cogí de la mano, y así, levemente enlazados, casi sin hablarnos, llegamos a la iglesia. Cerca de la fuente, bajo el castaño, me atreví a tomarla por la cintura. Me pareció increíble tenerla tan cerca. Pero ahí me quedé, me faltó valor para más. Tuvo que ser ella.  Se elevó sobre la punta de sus pies, se colgó de mi cuello y puso su boca a la altura de la mía. Después, rozó mis labios con sus labios, una y otra vez, hasta que se quedaron pegados, fundidos. Solo se oía el chapoteo del agua en la fuente.

 

Antes de irme, vuelvo a acercarme a la cocina. Por la ventana que da al pasillo, veo a mi abuelo cenando. Mientras cena, mira la televisión, seguramente un partido de fútbol. Al lado tiene la estufa, es muy friolero. Mastica despacio la comida que el mismo se ha preparado. Es una comida pobre: la mitad de un huevo cocido espolvoreado con pimentón, dos rajas de chorizo picante y un trozo de pan. Y el vino. El vino no le puede faltar. Si le faltase, no comería. No usa vaso, lo bebe directamente de la botella, como se hacía en casa de sus padres. Lo noto más encogido y más arrugado. Más viejo. Son los años, sin duda. Pero también la ausencia de mi abuela. También aprecio en sus ojos cierto cansancio, algo muy semejante a la derrota, como si estuviera bajando los brazos. Me gustaría entrar y sorprenderlo, como hice tantas veces. Se alegraría muchísimo. Me invitaría a cenar. No le negaría el chorizo, aunque me ardiera en la boca. Me preguntaría, hablaríamos de fútbol, de política, nos reiríamos. Y después me iría doliéndome su soledad.

 

Me duermo pensando en que salgo de casa y dejo a mi abuelo solo. Al día siguiente, cuando me despierto, me siento extraño, casi no sé donde estoy, ni quién soy. Me cuesta darme cuenta de que cuanto rememoré anoche ya no existe. Todo eso pertenece a un mundo que se desmoronó ya hace mucho tiempo. Y siento una pena inmensa, infinita, amargura casi, porque ya nunca más podré ir a casa de mis abuelos. No podre entrar y llamar a mi abuela. Ya nunca más podré verla en la cocina haciendo la comida. Tampoco podré ver a mi abuelo ni escuchar su risa. Y esa chica… Lo que daría por poder volver a aquella noche de verano, por volver a pasear con ella, por volver a tomarla de la mano, por volver a tenerla tan cerca, a sentir sus labios en los míos. Lo daría todo.
 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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