Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/11/2017
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José N. Fuertes Celada
12/11/2017

La metapoética de la imposibilidad poetizada

Francisco Vidal (Playa América, Vigo 1967), conocido de los astorganos por haber ganado en el 2012 el Certamen de poesía de Astorga 'Con esencia de mujer', ha obtenido con Inadvertido en 2015 el Premio Joaquín de Benito de Lucas (Talavera de la Reina, Toledo)

 

 

Francisco Vidal, Inadvertido. XXII, Colección Melibea, Talavera de la Reina, 2016

 

 

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No es por costumbre heterodoxa por lo que intenté desencriptar ‘Inadvertido’, el libro de poemas de Francisco Vidal, partiendo de su último poema ‘Misterio ( a modo de epílogo)’. Tal vez la aguja de navegar pudiera ir de atrás para adelante y lograra desentrañar su misterio.

 

En un libro tan solipsista encontrar un atisbo de diálogo, una chispa inadvertida a la intuición es algo a no desdeñar para penetrar al núcleo, al ‘cuarto vacío’, al ‘refugio’ dónde tan solo la hora se aleja: ”Así no son nuestros ojos- me dijo- /  nosotros vemos el mundo desde cerca, desde un mísero claustro concreto e / imperceptible.”

 

Heterodoxo también este último encabalgamiento.

 

No cumplidas mis expectativas y a matacandelas volví al principio del libro, al pre-poema o al poema que da inicio al libro. “TELEGRAMA” (a  modo de preludio); escrito todo en mayúsculas, un fraseo sincopado, como de ‘rebus’ propuesto por Poe:

 

“DESCUBRE MI MANO. CONGELADA Y BRILLANTE / LA PÉRDIDA MULTIPLICADA. ME APRESURO A / ESCONDER LAS LLAVES. UN CRISTAL AZUL Y, EN / SILENCIO, UN CUADERNO / SEPARADO / POR DOS ORBES.”

 

Con el primer verso en metonimia, la mano es el ‘mí’ entero, el yo poético es presentado como paralizado y brillante. La pérdida multiplicada es la perdida de lo que ofrece pero también la duplicación que supone la escritura de algo que se escapa, ese objeto del deseo. Nos anticipa que no nos va a proporcionar las claves para el acercamiento. El mar es metaforizado por el cristal azul, matarile rile rile... Y en esa transparencia encerrado y en silencio, quién escribe y su escritura.

 

La poesía como mediadora y/o demediadora entre el mundo del poeta y digámoslo así el mundo del afuera.

 

Por supuesto que de este telegrama  se obtienen algunas claves con intención de ocultamiento y en ello se aparece. ¡Oh Heráclito!

 

NO ESTOY acostumbrado a desmantelar /  la inextricable madeja de alambres /  que supone /  estar triste (8). Comienza de esta manera la madeja del solipsismo ‘more cartesiano’, solo que en estos versos es la tristeza, ‘trasteando la tigreza’ sin jamás llegar al tres, a lo sumo al dos que tal vez sólo alcanza al uno, un uno que genera un otro u otra como proyección de un mejor ser, guiado por la pasión o la búsqueda de la posesión de la belleza.

 

El verso surge de un sentimiento de soledad, de tristeza, de debilidad en fusión o difusión con el olvido o sueño, pero es un verso que no aclara ni distingue, una producción opaca que solo proporciona “pequeños fragmentos últimos” (8) o ”No existen los poemas sueltos // Hermanos sapos parteros / unámonos!” (9)

 

Está poesía evoca otros conocidos poemas, otras lecturas, unas lecturas que avivan la sensibilidad hasta la sinestesia. Aparece el otro: “que tus manos suenan” (10) y lo hace como amor contrariado: “mis oscuras golondrinas”. En emoción de contrariedad amorosa esa melancolía ante la pérdida es culmen expresiva “..., "Desengáñate, / nadie te amará.”

 

La amada es ‘Anier’, reinA, es la distancia, la diferencia inquietante, lo otro, lo totalmente otro, imprescindible al yo para seguir.

 

Ese amor ¿contrariado? es ya enseña, donación de identidad y origen de estos poemas y de toda su escritura; es la perspectiva que ilumina o ciega, el genio maligno. ¿Cómo salir de dudas? (14)

 

El ‘Carpe diem’ horaciano del poema precedente renace ahora al retomar la muerte. Los aplazamientos y componendas son leídos como impostura vital, de “yanoquieros”, “perotengos” o “metengoqueires”. Se exige querencia absoluta, sin disfraz, completamente desnudos, será todo o será nada: “Vestidos de soledad en el fondo. Vestidos de cuerpos / Desnudos en el fondo, de yanoquieros  y perotengos.” Esa ‘Conciencia de no’, de imposibilidad, otorga la tristeza: “nuestra /  tristeza /  pasa / inadvertida" (15)

 

 

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Pero también es causa de reproches a ese ‘tú’ que no satisface la querencia propia, que no se entrega totalmente. En esa prospección minuciosa de ella, acaece el milagro, el Dios, o eso parece. Hay una evidencia que no termina de convencer, de suprimir la duda (nunca se suprime la duda en esos menesteres): “Eres la de los cuentos, / la vil también, y la prohibida. Eres la / imaginada / y yo me quedo en las tardes preguntándome / riguroso / que me surte, / para hablarte de esas acequias…" (17).

 

Se sufre por el vacío de la pérdida de ‘sí’ (narcisista), por la falta de reconocimiento por parte del otro. El otro/a que es ahora el único espejo en qué mirarse. Un espejito roto y mágico. ¿Es qué habría alguien más hermoso que yo?

 

Todo sucede lentamente, reconcentrada y minuciosamente en su lentitud, pero lo otro, todo lo otro, se manifiesta inopinadamente, irrumpiendo el regodeo tal “un golpe de la lluvia en los cristales” que expulsa de la cotidianidad, de la inconsciencia del ahí.

 

Dios tal vez pueda estar jugando a los dados. Si fuera un despertar lo sería en un reflejo, la realidad ha cambiado de dimensión, se ha trastocado: “no veo el cielo por estar iluminado / y, según mi piel, hay un sol desigual / para cada forma de primavera / radiante.”

 

Con cierta frecuencia el cambio categorial o semántico deja al lector de traspié, como si el encanto exótico de la poesía fuera el límite del nuestro, impidiendo además pensarlo. El ‘amor’ deja un sabor agrio en la belleza, al decir de Rimbaud: “J`ai assis a la Beauté sur mes genoux e je l`ai trouvée amère.”- Pero en esta amargura subsiste una brizna de esperanza: “y esto es lo que ocurre: un grillete soldado a un tobillo, una brecha / que une, o un beso / sin finalizar.” llegados a este extremo se nos revela una poética melancólica de la imposibilidad expresiva.

 

El poema “Solemne, cómo acercarse” (22) refleja esa imposibilidad. La carencia, la imposibilidad, la salida silenciosa producen la ‘no palabra’, el silencio, la formación desvaída de la propia cara, ahora sí, vislumbrada y desnuda en el espejo. ¡Espejito, espejito! (22) La operación es la de acercarse a “mi maestra de sueños”, para dar en la poesía, una poesía de ‘no palabra’, por indecible, que solo hablara de sí misma. Esta es la imposibilidad de ahora, pues el sí mismo se despoja cuando puja por ser otro: “Un espejo enfrentado a otro espejo” (23) Algo debe de ocurrir en el otro/a cuando es apropiado, algo de su no ser para verse ese espejismo de la nada, nadificado.

 

Entonces se produce el salto, se disuelven los espejismos. “INADVERTIDO como un hambriento salto / sobre el agua y me sumerjo en el agua” (25), que es como entrar al espejo, al otro lado. Se llegará entonces a “los pólenes imprescindibles / a los ángeles realmente tuyos que, como sin brillo, / yerguen sus cabezas…” (24). La realidad regresa en múltiples reflejos, multiplicada en perspectivas múltiples, ¿desde la nada? La labor poética, un entramado que surge de lanzarse a las esencias, una tela dulcísima hilada a tientas, fragmento a fragmento “la única bandera desconocida / el único sueño.”(26). Estamos de vaivén, de retroceso de la nada: “Tu cuerpo no es de palabras”. El a-cercamiento no es unitivo, no hay vía unitiva. Ese intento que ha generado esa belleza de fragmentos, de incompletud, de silencios de palabras, revela el no: “Tu cuerpo no es de palabras”.

 

Con frecuencia en ‘Inadvertido’ se advierte lo que se escapa, las pérdidas no arden, no iluminan, se esfuman. Se insiste en el ‘ars poética’, pudiendo verse el poemario como metapoesía total. Los poemas de las páginas 28, 29, 32 y 33 así lo atestiguan; también el de la página 43. No en vano la poesía se entiende como un vano intento de expresar su esencia, algo que se sitúa más allá de ella misma y que no puede revelarse completamente en palabras. Por ello, insisto, esta escritura es una expresión de ‘no’. Una metapoética de la imposibilidad poetizándose.

 

 

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En su asedio constante a eso esencial surge una confesión muy borgiana sobre lo que sería este origen de la poesía (28). “Vengo de un rincón / y tal sentencia lejana a los ojos destella / y allí está fuera de toda savia impulsada” / el poeta…” El Aleph, el punto que resume todos los puntos, el lugar de la esencia, la esencia misma, la idea platónica del Bien y de la Belleza...

 

Otras metamorfosis de ese asedio a la esencia de la poesía se representan en el cerco al corazón de Ipet-sut, (30) o en ‘No hay lugares secretos’ (32) donde se concibe el  poema como reflejo de lo que supondría que ella apareciera: un cambio de aliento en la narratividad de lo acaecido, con otro sentido para todo lo vivido. Eso sucede también en el aspecto formal del poema con dos  estrofas que se metamorfosean a la par que lo hace esa ilusión. (32)

 

Esta búsqueda, este quehacer es lo que hace al poeta y al poema. (33)

 

Elegía dura de la propia poesía, un sueño adivinado a la mano inasible.

 

La metapoesía reaparece en ‘Ultimo día de octubre’ (40) donde habla en plural, habla en ‘nos’, como si la realidad hubiera cumplido de alguna manera el deseo, como si el poema hubiera fraguado el amor en ese mundo reflejado, algo que sobrevive a los días. Entonces en el poema se desdice de lo que hace, se dirige a los lectores así: (Disculpenme: voy a retener este poema para finalizarlo / de algún otro modo/ en algún otro día / de algún otro Octubre)

 

Se vuelve a su mundo interior como un creador de universos, un ángel sonoro, a pesar de que afuera reinara un canto de elegías “como si estuviera intercambiado.”

 

Ese amor, esa escritura han sido causa y consecuencia, se han creado mutuamente y la escritura irá incorporando lo no vivido fuera de ella, a lo que habría estado ciego: “ahora tienes un resplandor bautismal /  que accede /  y nos une (39) o “la multitud de hojas que en otoño nos llegan…”  “... o tú desnuda /  o tú infinita .”(42)


 

El Cantar que se ejecuta es ese cantar que se 'verdadea' al cantarlo, un destello en el espejo tras mucho trabajo. Lo que nosotros escuchamos es la queja, la desazón, la conciencia de la imposibilidad de aquel otro canto o poema, ahora desde este lado del espejo que sería más verdadero o menos mentiroso.

 

Entonces, ese retiro al poema para fraguar la música que fluye intercambiada es soledad infinita, digna de oírse: “Un lugar para estar sin ti”. Aquello que fue retiro para apresar la esencia del amor, que puso cerco al amor desde la poesía, ha terminado en soledad infinita y sonora, referida a ti: “Un lugar para estar sin ti”, sentimiento oceánico de excomunión, canto de soledad inmensa, acogedora. (Oxímoron)

 

Esa separación, esa muerte de algún modo es lo que permanece, aunque sea en la costumbre aflictiva. La queja de la imposibilidad es permanente, pero también es capaz de activar el motor de la belleza: “Y  en algún sitio / profundo toca como sin verla /  la rosa más lejana.” (46). La belleza no queda del lado de la rosa, sino al modo doliente y melancólico, en la rosa recóndita y lejana, invisible, asible apenas a la espina. 

 

Así en 'Misterio' llegamos a un final cantado en el que lo que se busca se pierde, para hallarse solo en la propia búsqueda. En esta apuesta el refugio ha sido su hallazgo, su canción y su quebranto. Una canción que es conciencia de las pérdidas y de que la poesía solo podrá obtenerse de ellas.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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