Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 13/12/2017
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Augusto Quintana Prieto
19/11/2017

Astorga, por Augusto Quintana

Este texto fue leído por Augusto Quintana Prieto en Radio Popular de Astorga en el año 1962. En Astorga Redacción nos hacemos eco del homenaje tributado por la ciudad al insigne historiador con motivo del centenario de su nacimiento

 

 

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Hace muy pocos días que esta misma emisora nos transmitió una entrevista con ese gran astorgano que es Luis Alonso Luengo. Con esa prosa florida, un tanto barroca, y afiligranada que caracteriza el estilo de nuestro fino escritor, nos hablaba precisamente de eso que se ha llamado ‘secreto’, misterio, peculiaridad de Astorga y de sus gentes a través de los siglos. Yo le brindo esta solución: Esa elegancia espiritual, esa nobleza serena, esa altura de miras y ese señorío distinguido que son innatos en la ciudad y en cada uno de sus hijos, es una herencia que todavía perdura de aquella gloriosa etapa de la historia. Durante los cinco siglos que abarca, clavó en el alma de sus moradores los ademanes distinguidos, la nobleza de pensamientos, la elegancia de los espíritus y ese signo de distinción y de hidalguía. Y se clavaron tan hondas estas cosas en el alma astorgana que, cuando el esplendor externo ha desaparecido y la ciudad perdió su airosa y gentil elegancia, estas cosas que, por espirituales y sutiles son invulnerables e indestructibles, han seguido viviendo y encarnándose en cada uno de los hijos de la ciudad.

 

No puedo menos de recordar y traer aquí, aunque ello suponga detenerme demasiado en esto (tiempo nos quedará, si Dios quiere, de suplir cuánto hoy no podamos decir), un hecho que confirma, con la fina percepción de un poeta, esto que vengo diciendo de Astorga y de los astorganos. Cuando, en 1917, se rindió en Galicia un magno homenaje de admiración y cariño al meritísimo astorgano y sobresaliente hombre de letras don Marcelo Macías y García, el poeta  Antonio Rey Soto compuso un espléndido soneto en su honor.  Y puesto a elegir aquella cualidad que, a su juicio y fina percepción, era la más sobresaliente en la personalidad de Don Marcelo, no encontró otra característica más definida en él que está herencia de Roma, todavía viva en los hombres de la vieja urbe. Y esto fue lo que cantó. ¿No han leído ustedes o no recuerdan los versos bellísimos de Rey Soto?

 

Se los voy a recordar gozosamente ahora. Pero antes debo hacer dos advertencias:

 

Una de ellas -para muchos de ustedes innecesaria, pero imprescindible para otros, si han de entender el bello epifonema del verso final- es que don Marcelo Macías era sacerdote, una más de tantas glorias como coronan ese viejo Seminario Diocesano que hace pocos días conmemorábamos, y que debemos llevar siempre muy dentro del corazón. La otra es que ese soneto, dedicado al insigne catedrático y escritor, pudiera estarlo también con ligerísimas variaciones, a cualquier hijo o hija de la milenaria Astorga. Dicen los versos así:

 

Todo es latino en él, el grueso cuello 
la brava inspiración del vate hispano.

 

Así extendía Cicerón la mano
Y al toro Catilina apostrofada.
Con una voz como esa declamaba 
sus broncíneos hexámetros Lucano.

 

No tuvo nunca el orador romano
la flamígera frase más esclava.
Ni se cernió más alta, libre y brava
la brava inspiración del vate hispano.

 

Todo es latino en él: El grueso cuello,
el ancho cráneo, el híspido cabello,
la sutil majestad con que dialoga,
el recio gesto, la actitud erguida
y la enorme alegría de su vida…
¡y hasta el manteo, que sobre él es toga!

 

 

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No se ha perdido, pues, todo lo que era aquella ciudad, magnífica y augusta: aún quedan indicios elocuentes de su pasado esplendor. Y queda, sobre todo, ese garbo y elegancia, esa hidalguía señora, que es propia de los astorganos de hoy, como inefable herencia de su altísimo rango de ayer.

 

Pero la historia de Astorga continúa. Cuando desapareció ante la furia desbordada de Teodorico, llevaba ya en el alma, profundamente enraizada, una nueva fuente de energía y de vida del más alto valor y de una vitalidad inextinguible, el cristianismo predicado aquí, ni más ni menos, que por uno de los discípulos predilectos del señor, Santiago el Mayor hijo del Zebedeo, pariente cercano del mismo Salvador -según los vínculos de sangre-  y uno de los más esforzados paladines de la causa de Dios.

 

Astorga fue una de las ciudades del Imperio Romano que con mayor presteza abrazaron la nueva doctrina del cristianismo. Un apóstol del señor la predicó a voz en grito por sus calles espléndidas de ciudad significada. Y el pueblo astorgano, que, según una vieja tradición, ya, en vida de Jesús, le había enviado una embajada solicita para ofrecerle ayuda y hospitalidad, y que estaba ganoso de escuchar sus saludables enseñanzas de las que había oído los mayores elogios, acogió con entusiasmo y fervor la predicación del apóstol. El pueblo de Astorga, romanizado, culto, elegante, comprendió la nobleza de aquellas doctrinas nuevas y las abrazó sin reparos. A mediados del siglo III aparece ya en la historia la cristiandad astorgana  perfectamente formada, y con su obispo a la cabeza.

 

Desde entonces acá, el cristianismo y la religiosidad serán una de las notas más destacadas de sus gentes y la  savia más fecunda que anime su vida y su discurrir por los siglos. Y la cátedra de sus obispos, cuya relación apenas se interrumpe con escasas circunstancias de aciagas contrariedades, constituirá una de las  glorias más genuinas y más constantes de la ciudad. Algún día tendremos ocasión de hablar muy despacio de las personas que han ocupado la Sede Episcopal de Astorga y tendremos ocasión de admirar las figuras venerables de muchos prelados, que han sido de tal magnitud, que, en muchos aspectos, sobrepasan los límites de su amplia jurisdicción y se convierten en hombres de categoría nacional y mundial. Hoy nos vasta consignar el hecho de que, ya desde sus mismos comienzos, cuando la ciudad romanizada se hallaba en su máximo  esplendor, oyó la predicación de las verdades evangélicas de los labios del apóstol Santiago y abrazo con fervor y entusiasmo las nuevas doctrinas de Jesús.

 

Y fue precisamente esta religiosidad astorgana, encarnada en la persona venerable de Santo Toribio, la que hizo el milagro de que muy pocos años más tarde de su destrucción total por parte de Teodorico, volviera a resurgir sobre los escombros y sobre las ruinas amontonadas el nuevo perfil de la población.

 

Una nueva época comenzó así: la época visigoda, de la que apenas si tenemos noticias. El territorio se somete a la corte de Toledo;  los obispos asisten, uno tras otro, a las memorables asambleas de aquella ciudad imperial. En el territorio Astorgano se inicia con pujanza de valentía el monacato, que tan profundas huellas habría de dejar por aquí, y la ciudad sigue su vida tranquila y resignada en su humilde apariencia, no sin profunda añoranza de lo que había sido.

 

Hay hechos, sin embargo, que abogan por una resurrección notable de la población. Uno de ellos es la reiterada acuñación de moneda que, por privilegio especial, se llevó a cabo en Astorga durante la época visigoda. Hay noticias ciertas de que esa acuñación se hizo durante los reinados de Suintila y de Chindasvinto y, como probable, se podría afirmar de algún monarca más.

 

 

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El otro dato es más elocuente todavía: durante estos dos siglos y medio de calma se repararon y adecentaron los muros de la ciudad. Y no de cualquier manera, sino a ciencia y conciencia y sin escatimar esfuerzos ni gastos. Hasta tal punto, que cuando Witiza, al frente de las tropas musulmanas, llegó hasta la ciudad de Astorga para someterla a la obediencia de los califas de Damasco, y ha visto sus muros, se vio tan fuertemente impresionado por la reciedumbre de sus lienzos y por la fortaleza de sus torres, que, aunque permitió un saqueo general en la ciudad y una matanza horrorosa y un incendio total, que redujo nuevamente a cenizas la población entera, dio orden terminante de respetar y conservar aquellos muros. Medida tanto más de apreciar cuanto que la norma ordinaria del invasor era la de destruir toda posible defensa. Y solo los muros de León y de Toledo, juntamente con estos de Astorga, fueron exceptuados de tal medida. Y es indudable que si se había llegado a tan notable reparación, era porque la población que defendía se sentía cada día más pujante y enaltecida.

 

Hemos mencionado ya otra nueva destrucción de la ciudad: la que llevaron a cabo estas tropas de Witiza, cuando invadieron los árabes la península. Y fue de tal magnitud, que el solar de Astorga quedó desierto y olvidado, con la fortaleza de sus muros conservados inútilmente, erguida sobre la llanura. A nadie custodiaban las murallas ya: Los astorganos que no habían sucumbido al golpe de las gumías agarenas, huyeron despavoridos hacia el norte, buscando refugio en el corazón de las montañas. Y los mahometanos ni se encontraban seguros aquí, ni hubieran tenido tampoco donde albergarse ya que habían  saqueado e incendiado a toda la ciudad.

 

Y así se pasó siglo y medio. Ciento cincuenta años de abandono y desolación en el solar de la antigua ciudad magnífica y Augusta de los tiempos de Roma. Hasta que un día el rey Ordoño I, reconociendo y apreciando la importancia y la estrategia del lugar, ordenó a un conde del Bierzo, Gatón, que viniera con gentes de sus Estados para repoblar la ciudad. Y allí en el Bierzo pintoresco y fecundo, se organizó una vistosa comitiva que partió, con herramientas de trabajo en las manos y con mucha ilusión en las almas, hacia el viejo solar de Astúrica. Al frente de ella venían dos hombres notables: El conde berciano y obispo Indisolo, que  -lo mismo que, en siglos pasados, había hecho su antecesor Santo Toribio- caminaba afanoso, acusado por el ansia del nuevo resurgimiento de la ciudad…

 

¡Y cómo resurgió otra vez Astorga!  Se repararon los muros, se construyeron edificios, surgieron palacios suntuosos - el del conde, el del obispo, uno para los monarcas…-, se levantaron templos para rezar... Se estableció un condado que luego sería importantísima institución astorgana durante toda la Edad Media…

 

Al llegar aquí me doy cuenta de que hemos consumido todo el tiempo de hoy. Tenemos que despedirnos aquí, cuando nos queda tanto por decir de Astorga. Pero volveremos a la ciudad. Pasará bastante tiempo. Pero volveremos.

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