Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 12/12/2017
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Aidan Mcnamara
30/11/2017

La velocidad diagonal y el punto muerto en la era virtual

 

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La gran diferencia entre la prosa y la poesía es el paso del tiempo. De hecho, uno puede tardar más en leer un poema que en escribirlo. Por supuesto que la prosa puede ralentizar el tiempo… también. La conciencia, para mí, tiene varias marchas. Me refiero a la percepción y no a las escalas morales. Cuando me levanto por la mañana, que no es lo mismo que levantarme tras una siesta, no me pongo en marcha hasta que no haya tomado un café, que requiere que me ponga en primera. O sea, el primer café es casi un milagro. Empiezo a beberlo sin darme cuenta de cómo lo he hecho. Con un fragmento de una marcha invisible que se llama instinto, me imagino.

 

Otra gran diferencia entre la poesía y la prosa es que la poesía es un descubrir y la prosa un descubrir qué. El primer café me ayuda a encender el ordenador. Ya estoy en marcha. Pero todavía en la primera. Y la primera tiene sus ventajas: no te enteras de nada y no te enteras de que no te enteras. Es la marcha ideal para abordar la prensa con el primer café. Aún estás con la resaca de la noche que te sigue hablando de sus noticias. Digo resaca metafóricamente. Si hay resaca de verdad, el engranaje no sabe ni siquiera lo que es una marcha porque la cabeza sigue preguntándose por qué el café sabe a sesos de murciélago.

 

 Hoy sabe a gloria. Tanto que, gracias a la primera marcha, he vuelto a la cocina para asegurarme de que no hay conflagraciones y a tomarme el segundo para celebrar el primero. El segundo café coincide y complace conforme en proporción inversa al asco incipiente que provocan los titulares. El segundo café consolida la sensación de estar despierto, y no muy de repente, los titulares empiecen a cobrar sentido. Y te entran ganas de mandar un WhatsApp a la Virgen de Covadonga, (que va a ser la patrona de los coches automáticos, siempre que se  asuma la inversión de la consigna en la pegatina que llevan los taxis de mi barrio. Yo conduzco, ella me guía.) para pedir una póliza aseguradora contra el cinismo.

 

Porque todavía no domino las marchas con el segundo café, cierro el ordenador.

 

Comprar el pan requiere estar en tercera marcha. Conlleva vestirse y (después) hablar con otro ser humano. Bastante espabilado tengo que estar. El aire en la cara me viene bien. Igual tomo un café por ahí. España tiene dos tipos de bares que refleja su historia moderna: el segundo tipo tiene en la barra El País. A veces me dejo caer en el primero para ver si los camareros tienen rabos y cuernos. O si te ponen tostas en forma de yugos y flechas. Pero, bromas aparte, soy promiscuo a la hora de leer la prensa. Cojo la rosa con el puño y vuelo con las gaviotas angélicas.

 

-¡Oiga! ¿De qué va esta columna? 

 

-Tranquilo. ¿En qué marcha estás? Tómate otro café, que voy al grano molido.

 

El otro día me di cuenta, a sabiendas de que lo obvio es a menudo lo más invisible, que la gran ventaja de la prensa tradicional en soporte papel es que te facilita leer según las marchas. Porque, de manera muy fácil e inocua, te avisa de acuerdo con la mera acción de pasar las páginas, entrando en las varias secciones suavemente. En los viejos tiempos, cuando el mundo analógico todavía tenía El Mundo con Paco Umbral en la última página, si ibas directamente a ella, sabías que ya habías alcanzado la quinta marcha y encantado por ella. Café con poesía y el estimulo suficiente para preocuparte sobre la identidad ideológica del bar. Por cierto,- inventaron El Mundo para ese fin: dar un toque ambiguo al ambiente. (Pero no caló.)

 

Sí tenías el día muy torpe podrías quedarte en la página cinco y leer ochocientas palabras sobre una inversión municipal en macetas de hierro macizo. Si estabas totalmente derelicto con la lengua hecha un musgo chamuscado y el alma estancada entre el punto muerto y el depósito vacío, el buen servidor te pasaría El Marca, cosa que normalmente sería como llamarte subnormal.       

 

Hoy en día noto que pasan dos cosas: la abundancia y la saturación. No es un problema, sino un reto. Pero es importante. Con el primer café tiendo a leer en diagonal. Con el segundo, comienzo a elegir. Con el tercero, voy descartando. (Con el cuarto, claro, me ingresan.) Con todas las marchas despiertas… corro el riesgo de perderme. Pero lo que es peor es el siguiente fenómeno: tiendo a confundir las marchas con las velocidades y saltármelas.

 

Cuando abro la prensa digital me quedo aturdido con las diferentes intensidades. Cuesta ajustar la concentración. Y lo diagonal te conduce desde el gato misteriosamente envuelto en una bandera preconstitucional rescatado por Los Mossos (primera marcha) a un artículo de José N. Fuertes Celada (vete tú a saber cuál... la octava, mínimo) sobre el feminismo albanés. Y todo en primer plano a un clic. No es justo saltar las marchas y menos para los pobres escritores.

 

El otro día (bis) me encontraba delante de una noticia sobre los paraísos fiscales pero, con la típica frustración creciente que el ciudadano puede padecer entre la indignación y la falta de glosarios, decidí, en vez de tirar la toalla, leer a la vez, un poema de Wisława Szymborska.

 

Muy mal, pues. Porque los ritmos del primero (la prosa era buena, es decir, adecuada a la materia) me estaban invadiendo y estorbando la lectura del segundo. Y yo no me había percatado de que no había cambiado la marcha porque se me había olvidado el punto muerto. Cuando el arte y la información tipo Cinco Días aparecen en  primera plana nada más abrir el periódico digital de mi elección, más me vale dar un paseo para sentir la marcha antes de engañarme con espejismos de atención voraz. Hay que leer menos y más. O sea, con más enfoque.

 

Propongo, entonces, que, pero no a la par con algunos panfletos digitales que alertan sobre los minutos que vamos a tardar en leer una columna (no sé cómo saben distinguir entre leer y entender y absorber a la hora de cronometrar), los periódicos digitales nos avisen mediante el uso de colores sobre la intensidad de la lectura. Ya sé que esto es totalmente ridículo, subjetivo y un claro insulto contra el libre albedrio del lector. Pero la idea basta para concienciar. Ahora, toca una caña. Para besar el café.

 

 

    

 

 

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