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Tomás Valle Villalibre
30/11/2017

Burundanga y violación

 

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Era sábado y Carlota había salido de fiesta con sus cuatro amigas. Se tomaron unas copas y acabaron en una  discoteca famosa en la que solían pasar la noche bailando y divirtiéndose. Pero algo no había salido bien.


A las cinco de la mañana, una patrulla de policías la encontró durmiendo en un banco de la calle, el pantalón desabrochado, la camisa abierta y el sujetador en la mano. Después de intentar hablar con ella y percatarse del estado en  que se encontraba, insistieron en llevarla a urgencias del  hospital.


Los médicos de inmediato le hicieron análisis, y tratándola con mucho mimo, como si fuera a romperse, le realizaron una exploración por todo su cuerpo tomándole muestras del tejido bucal, vaginal y anal, que les llevaron a reconstruir lo que sucedió la noche anterior. A partir de las pistas que habían encontrado todo venía a confirmar que había  habido sexo. Penetración vaginal y oral fue lo que detectaron los médicos y el forense. Carlota no tenía signos de violencia o de haber sido forzada y hasta este momento suponía que  la bebida le había sentado mal en lo que podía  haber sido una noche loca.


Ahora se encontraba desconcertada, asustada y con mareos: “¿Qué le habían hecho?”. Lo último que recordaba era  haber conocido a un chico mientras bailaba, y que había bebido de su cubata. Lo que sucedió después no existe en su memoria.


Todos los indicios apuntaban  que Carlota había sido víctima de una agresión sexual bajo los efectos de sumisión química. Había sido drogada sutilmente por un individuo que solo buscaba sexo sin resistencia, sin dejar ningún tipo de rastro en el cuerpo de su víctima. Ella no había vivido lo sucedido, no era consciente. Solo su cuerpo ahora dolorido y su intuición le mandaban alguna  débil señal en forma de flashbacks que le hacían recordar de una forma más o menos vaga lo que había sucedido.


Las agresiones sexuales bajo los efectos de drogas de abuso, están creando una tendencia delictiva que en los últimos años está aumentando en nuestra sociedad. 


Existen muchas sustancias que podrían utilizarse como drogas de sumisión, pero no todas cumplen con los requisitos que se consideran idóneos para someter a la víctima sin que ésta lo detecte. Tienen que ser incoloras, inodoras e insípidas, además  de tener una acción rápida para que anulen la voluntad de la victima rápidamente y no deje rastro en la sangre o la orina.


La más famosa, la que oímos nombrar con demasiada frecuencia, es la conocida como ‘burundanga’, conocida también como el beso del sueño, el polvo zombi o el aliento del diablo. Su administración puede ser por varias vías: la respiratoria, la oral e incluso la cutánea. Según los expertos puede proporcionar efectos con un abrazo, en unos besos, un soplido, una bebida, un perfume, en comidas o incluso pasando las páginas de un periódico. Estos mismos expertos nos dibujan el perfil de las víctimas de estos delitos sexuales como el de una mujer joven, entre 15 y 20 años, que asiste  dentro de un contexto recreativo nocturno a un lugar de ocio (discotecas, bares, fiestas) y se despierta en un lugar desconocido con signos de haber mantenido relaciones sexuales no consentidas.


No suelen acudir a la Policía  debido a la disminución  de la memoria derivada  de la burundanga que le han administrado. Cuando son conscientes tampoco  lo hacen por sentir vergüenza o sentimiento de culpabilidad y si lo hacen, ya suele  ser tarde para poder detectar la droga que le han administrado.


La historia de Carlota podríamos considerarla como un retrato robot, la reconstrucción de un caso que cada vez se hace más común en las fiestas o “noches de marcha”. 


El mito que solía asustar a las madres, la letanía del “cuidado no te echen nada en la bebida”, se ha convertido en realidad. Alguien aprovecha esas fiestas nocturnas en bares y discotecas, para en un descuido verter la burundanga en una copa, disuelta o en polvo, y esperar que haga su efecto. Durante un par de horas, quien la toma queda en un estado semiconsciente en el que puede moverse y hablar, pero sin voluntad, tiempo que el agresor aprovecha para forzarla sexualmente, teniendo casi por seguro que la victima apenas recordará lo ocurrido.


Los agresores, cuando en ocasiones se les ha podido identificar, han llegado a justificarse, señalando que la víctima en ningún momento dijo que no. Por supuesto que  no dijo que no, pero porque no se encontraba en condiciones de poder decirlo. Tampoco dijo que sí, y la ausencia de un sí siempre es un no.


Y, por supuesto que la principal causa de las violaciones no son las faldas cortas o los escotes de las jóvenes que salen de fiesta, si no los violadores.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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