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Mercedes Unzeta Gullón
30/11/2017

Hace 500 años

 

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En octubre de 1517 un monje agustino de 33 años, de comportamiento ejemplar, muy piadoso,  estricto cumplidor de las normas monacales y estudioso apasionado de la Biblia colgó, en las puertas de la iglesia de Wittenberg, sus 95 tesis que ponían en cuestión ciertos comportamientos de la Iglesia católica, fundamentalmente el tema de las indulgencias. El principal tema cuestionable era el hecho de que el papa aseguraba el perdón de los pecados a cambio de ciertas cantidades de dinero, también a cambio de dinero los familiares podían acortar el tiempo de sus familiares en el purgatorio o también, a cambio de una cantidad mayor, una persona podía asegurarse el bienestar en la vida eterna limpiando de una sola vez todos los pecados habidos y por haber en su futuro de vida. Un chollo espiritual para las almas pecadoras y adineradas.


Al monje Martín Lutero le costaba aceptar este comercio con el perdón de los pecados: “si el papa tenía poder para sacar las almas del purgatorio ¿por qué no lo hacía sin esperar a que se pagara por ello?” Los más necesitados, que eran la mayoría de la población, se veían en una situación difícil para pagar por la salvación de sus almas o la de sus parientes.


A partir de cuestionar públicamente, y rebatir teológicamente, este curioso sistema de ‘purificación’ espiritual  a través del dinero, algo completamente lógico de cuestionar, comenzó una gran revolución en el mundo europeo.  Y lo  que el monje agustino comenzó como un simple razonamiento con intención de analizar y debatir, derivó en un gran enfrentamiento con la Iglesia católica y en el principal motivo de las guerras y persecuciones de aquella época. Francamente el papa no quería perder sus atributos.


La Reforma que promulgaba el monje Lutero, gracias a la naciente imprenta,  pudo ser leída en los confines del mundo católico y, naturalmente, provocó los enfrentamientos de los que estaban a favor y en contra. Desde luego la Inquisición trabajó fervientemente en favor de acallar las mentes reformadoras. Pero a pesar de los pesares para los católicos, y para Felipe II quien dicen que dijo, en un auto de fe en el que quemaban vivos a unos monjes por simpatizar con la Reforma, “Yo traeré leña para quemar a mi hijo si fuera tan malo como vos”, los que protestaban y querían reformar ciertos hábitos de la Iglesia fueron tomando fuerza y consiguieron finalmente establecer sus creencias, fundamentalmente en el norte de Europa y por supuesto en Alemania. El escritor británico Carlyle opinaba que el protestantismo es la gran raíz de donde procede toda la historia de Europa.


La Reforma protestante abarcó no sólo a ciertas modalidades de la religión católica sino a todos los ámbitos de la vida. Influyó en las artes (música, pintura, escritura) y en los hábitos humanos. Propició cambios beneficiosos para la cultura, principalmente se unificó la lengua alemana a través de la traducción de la Biblia de Lutero.  


Un estudio muy interesante es la comparación de hábitos,  de carácter, de funcionamiento nacional de  los países protestantes (norte de Europa), con la de los países católicos (sur de Europa). Cómo y hasta dónde la religión afecta a la naturaleza y temperamento del individuo y de la sociedad, y hasta qué punto influye en su carácter.
Como muestra tenemos a los alemanes, con un fuerte espíritu individual y colectivo, de sacrificio y de hermandad, con una gran fe en la idea común, en el colectivismo como fuerza y como bienestar, con un enorme espíritu de trabajo, una sorprendente eficacia para la superación. El protestantismo parece que ha supuesto una influencia importante en el carácter y el pensamiento alemán,  para la ‘esencia alemana’. 


El poeta alemán Heine identificaba germanidad con luteranismo y consideraba a Lutero: “No sólo el hombre más grande de nuestra historia, sino también el más alemán de todos”.


Y así, un fervoroso monje agustino estudioso de la Biblia, sin tener mayor intención que una discusión teológica, revolucionó el  mundo espiritual y material hace ahora quinientos años.


Y puede que sea debido a su influencia el que los alemanes sepan resucitar de sus cenizas de la manera más sorprendente. De ser un país arrasado y estar en el punto 0 de partida hace 70 años,  a dirigir hoy  los designios de una Europa sometida a su férrea batuta. ¡Vaya con los alemanes! 


¡Caramba con Lutero!


O témpora, o mores

 

 

 

 

 

 

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