Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 12/12/2017
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Sol Gómez Arteaga
30/11/2017

Retales de infancia

  

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Al final la vida son esos detalles que se quedan prendidos de nuestra memoria, deformados por el tiempo, que ni siquiera son toda la realidad. 

 
El pueblo: De pequeños pensamos que en nuestro pueblo, sus casas, sus calles, sus aceras, sus fuentes, sus tejados, su horizonte, sus alamedas, está comprendido el universo todo. Algunos cuando crecemos salimos, descubrimos otros horizontes, ampliamos el campo de visión del mundo. Sin embargo, el pueblo sigue siendo el punto de referencia más importante que tenemos. 


La caseta y el pozo: Dentro de ese lugar especial, de esa esquina del mundo que fue y sigue siendo el pueblo, uno de los primeros  recuerdos que conservo es el de una niña con un vestido de soles corriendo en las eras. Al fondo había una caseta de adobe y, pegado a la caseta, un pozo profundo como un abismo tapado por una alambrera, a la que con temor infantil nos asomábamos. En las eras jugaba algunos días a enterrar mallas y ajos de cigüeña que apisonaba con un trozo de cristal y cubría con tierra. Pese a señalar con un palito el lugar exacto de mis tesoros luego jamás los encontraba.  


La muñeca: Nancy vino a mi mundo cuando con siete años caí en cama con hepatitis una primavera. La ataviaba con bonitos trajes que vecinas y amistades de la familia me regalaban. También con ropa que mi madre confeccionaba con esmero. Mi muñeca era todo lo que yo no tenía: hermosa, popular, bien vestida. Era cisne, yo patito feo. Y le hablaba con verdadero amor de madre. Tiempo después, curada de la hepatitis, se la regalé a mi prima Merce y nunca más volví a saber de ella. Muchas veces he lamentado haberme desprendido así, inopinadamente,  de mi muñeca. 


El mar: Mi primer mar, antes de conocer el mar, fue una bola de cristal de champús individuales Sindo a la que pegaba peces de colores recortados de los libros y rellenaba con agua mezclada con azulete. Así que cuando con doce años vi el mar por primera vez, -su azul, su inmensidad, su vaivén de olas-, fue todo un descubrimiento. Hoy me sigue emocionando. Ya somos como esos amigos entrañables que aunque solo se ven de cuando en cuando se saludan familiarmente, “hola, qué tal”, le digo, “muy bien, ¿y tú?”, Yo entonces le cuento, me confieso. Dice Machado que quien habla solo espera hablar a Dios un día. No sé, yo solo sé, y está científicamente demostrado, que el mar siempre devuelve lo que le echas, y en mi caso siempre me absuelve, me contesta.

 
El deseo: Ya desde muy pequeña quería escribir. En una tarde, dos a lo sumo, me bebía los libros “de los cinco” de la prolífica autora británica Enid Blyton que sacaba de un bibliobús, escaparate maravilloso que, tras aterrizar todos los lunes en la plaza de mi pueblo, nos abría al mundo, a otras realidades. E impregnada de lo que leía, empecé a escribir a los once años una historia de aventuras que trascurría en un viejo chalet de las afueras de mi pueblo, ‘el chalet del peinador’, al que inventé misteriosos túneles que seguramente nunca existieron. Esta historia nunca la terminé. Otras lecturas que recuerdo de aquella época fueron ‘La esfinge maragata’, más por los insidiosos efectos de un catarro que se quedaron prendidos en mi memoria con huella indeleble que por el contenido del libro, o ‘Primer amor, primer dolor’ del cura jesuita. 


Pero para entonces ya había dejado de jugar con mallas y ajos de cigüeña, con artesanales peceras y muñecas, y daba esquinazo irremediablemente al paraíso perdido de la infancia, ese período de la vida en que todo es aún una posibilidad.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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