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Ángel Alonso Carracedo
15/12/2017

Groserías con glamur

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Una grosería, por lo común, ha parecido patrimonio de alguien zafio, chabacano, patán; en definitiva, una persona carente de sensibilidad y educación. Por regla general, en los duelos dialécticos, la fina ironía desarma mucho más que la tosquedad de un término. Incluso, un silencio oportuno, puede resultar demoledor y de una elocuencia desgarradora, capaz de zanjar la más apasionada y encendida de las polémicas. Todo ello puede ser válido con tal de evitar el insulto y el desplante chulesco, por mucho que se adorne de natural espontaneidad. 

  
En los tiempos que corren, el baremo de la patanería lo monopoliza el dinero y su indecorosa exhibición. La grosería es también un atentado al buen gusto, a esa clase, encanto o charme (como diría un afrancesado), que envuelve a la persona por dentro al margen de cuentas corrientes y patrimonios  amasados a golpe de pelotazo. Seguro que todos conocemos a alguien con una dimensión humana colosal, que conquista por su bonhomía e inteligencia, virtudes que, por su presencia dominante, anulan otros condicionantes de riqueza o pobreza material en sus alforjas.


La rendición sin condiciones de los medios de comunicación a la pasta gansa ha encumbrado, hasta los límites de la sinrazón, una de las groserías más ofensivas que pueda caber en los arrabales del mal gusto. Nunca como ahora se asiste a la filosofía ostentosa del nuevo rico, del triunfador bajo los cánones despóticos que impone el imperio del dólar y su avalancha de horteradas. Hay que admitirlo, es una colonización de estilos, no de ejércitos. 
Cada fin de semana, la prensa escrita nos asalta con suplementos dominicales que son plena apología de la grosería de los ricachos, sin más propósito que gastar porque pueden. Por muy revestida de glamur que se presente, en grosería pura y dura se queda. Empieza por una sucesión de objetos lujosos a cada cual más caro y, seguramente inútil, bien lustrados en firmas y diseños a la moda, cuya posesión es imperativo de la más alta relevancia mediática. 

  
Se continúa por declaraciones de personajes deficitarios de materia gris, porque entrar en ese juego ya los delata. Relatan en orgiástica palabrería sus perfumes, maquillajes, relojes, joyas y el más variopinto catálogo de pertenencias, en una retahíla que, sumada en efectivo, multiplicaría por decenas el salario mensual percibido por millares de jóvenes con la más alta preparación formativa que ha conocido este país, y que, paradoja al canto, lucha en masa contra lacras atroces como salarios indignos, paro y emigración. 


Cambian de tercio, y entonces hablan de sus idílicos fines de semana en hoteles con el encanto dominante de las cinco estrellas y tarifas por noche que, en sus bolsillos, harían saltar de emoción a legión de mileuristas, por servir para pagarse el alquiler mensual de un espacio mínimo donde vivir emancipado. O bien, recomiendan, en mensaje ecuménico, restaurantes de chefs de moda, para cenar en plato inmenso un menú de dos bocados y muchos más números en la factura. La cruz de la moneda que estos groseros ignoran es la vergonzosa demanda de usuarios de comedores sociales, de buscadores de alimento a punto de caducar en las puertas traseras de los supermercados;  o, en el mejor de los casos, los no pocos que distraen la gusa a diario con comida basura rebosante de calorías, o  en un túper, sentados en el banco de la plaza o parque, mirando un paraje de futuro cerrado a cal y canto. Un mínimo grado de concienciación social impondría cierta mesura en este humo declarativo. 


Punto culminante de esta indecencia es la representada por la proclamación a bombo y platillo de la lista de los más ricos que, con entusiasmo no disimulado en impacto y espacio, publican todos los medios como si fuera el único espejo donde mirarse una sociedad próspera. Verdad es que se nutren, en bastantes ejemplos, de personas luchadoras, creativas e inteligentes, pero España también las ha llenado de opulentos con fecha inmediata de caducidad por mor de nuestra nefasta política económica de los pelotazos y especulaciones. Tristeza y sonrojo provoca observar como el precio de la buena fama, de la relevancia social, se cotiza a tanto el kilo en posesión de dinero y en el acceso a caprichos que insultan a tanta pobreza y necesidad.


Uno recuerda tiempos en que hubo ricos revestidos de la sana virtud de la discreción. Jactarse de lo que se tiene solo en valor material es supina grosería, aparte de repelente majadería, aún con todo su glamur, cuando hay millones de personas que apenas pueden acceder a la más elemental supervivencia. Quizás aquellos millonarios  tuvieron presente el dicho: “pobre hombre, solo tiene dinero”.
                                                                                                                
     
              
    

 

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