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Luis Miguel Suárez Martínez
17/12/2017

Manuel Garrido en feliz síntesis de prosa y verso

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El sacerdote y escritor Manuel Garrido (Santa Marina de Torre, 1947) es conocido sobre todo por sus libros sobre la Cabrera, comarca en la que ejerció durante años su labor pastoral, y por sus artículos de prensa. Quizás menos conocidos, pero no menos interesantes, resultan sus libros de poemas o sus traducciones de Virgilio y de Horacio. Una clara muestra del interés de su vertiente de poeta y traductor la encontramos en su última obra, Mariposas errantes. Luciérnagas latientes (2017).

 

 

Manuel Garrido, Mariposas errantes. Luciérnagas latientes, Robledo de Losada, La vieja posada, 2017, 87 pp.

 

 

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El poemario se abre con un el prólogo, en el que, entre otras cuestiones destacables, explica el autor la procedencia del título y la doble inspiración que origina sus versos: “Estas ocurrencias y deslices sentimentales son, adoptando la fórmula afortunada de Carmen Martín Gaite, los fragmentos de un interior líricamente brotado de luciérnagas y mariposas. Unas las produje yo mismo y salieron de mi mano a emprender su vuelo lírico y espasmódico. O salieron de las manos de otros y yo las cacé al vuelo y las traje aquí, a mi propio campo, para gozarlas antes de volver a soltarlas” (p. 8).

 

Cinco son las secciones, de variada amplitud, en que se divide el libro. La primera, “Ventanas al jardín, puertas al campo” (pp. 9-48) consta de veintiocho composiciones. El punto de partida es con frecuencia un texto literario (un libro, una cita,  unos versos…) que da pie a la reflexión del poeta, cerrada a menudo con un fulgurante destello lírico. En otras ocasiones, el proceso es inverso, y entonces un pequeño acontecimiento de la realidad cotidiana —por ejemplo, el tañido de unas campanas (p. 38)— suscita el recuerdo de una lectura, origen a su vez de una honda reflexión. La literatura es, pues, tema primordial —incluso en sí misma, como ocurre en ‘Carmen’ (p. 28) o en ‘Enrique Gil’ (pp. 29-30)—, muchas veces unido a otros dos motivos cardinales: la naturaleza y el paso del tiempo. Pero también aparecen otros motivos como la belleza —‘Pasión por la belleza’ (p. 42)—, la disquisición erudita —a partir, por ejemplo, de la etimología—  sin que falte tampoco una vena más lúdica, presente en los poemas de ‘Disquisición del vino en cuatro brindis de aire goliardesco, cuatro etiquetas carminaburanas’ (pp. 24-27).

 

Es de destacar ya desde el comienzo el adecuado equilibrio entre lo reflexivo, lo lirico y lo cultural. En este último aspecto, asombran las múltiples y variadas lecturas del autor —clásicas, bíblicas, modernas…, y en los más diversos géneros—, aunque ya por esta primera parte comienzan a desfilar algunos de sus escritores predilectos: Ernesto Cardenal, Virgilio, Azorín, Leopoldo Panero, etc. En el aspecto formal, predomina en esta sección el poema en prosa —en esta feliz síntesis de prosa y verso reside otro de los aciertos principales del autor— que alguna vez recuerda al Cernuda de Ocnos.  

 

Las tres siguientes partes, que constituyen una especie de interludio, están formadas por textos ajenos cazados al vuelo, según expresión del mismo Garrido. Así, ‘Claros del bosque, pájaros del alba’ (pp. 49-54) está compuesta por traducciones (o versiones) de fragmentos, casi siempre breves, de Eurípides, Propercio, San Agustín, San Mateo, Guillermo de Poitiers y Rilke, a los que se añade una paráfrasis de Ortega y Gasset. Aparte de otros aciertos, es de destacar la búsqueda del ritmo poético, logrado a veces a través de los versos blancos (endecasílabos y alejandrinos, sobre todo).

 

 

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‘Luces intermitentes, versos introvertidos’ (pp. 55-64) recoge fragmentos líricos ‘cazados’ por Garrido en prosas varias de autores hispánicos —Cervantes, Malón de Chaide, Azorín, Ernesto Cardenal, Martínez Oria— y convertidos, merced a su fino oído y a su inteligente sensibilidad, en versos impecables. Entre ellos, no puede dejar de anotarse este conmovedor fragmento extraído de la instrucción judicial del terrible accidente ferroviario de Torre del Bierzo: “Una niña de unos cuatro años, rubia, / con un vestido rojo y un abrigo azul, / que lleva un lazo rosa” (p. 64). El tríptico se cierra con ‘Ortega en mí (menor), fragmentos y destellos (pp. 65-70)’, donde se recogen breves pasajes del filósofo español, espléndidos ejemplos de prosa literaria como bien estudió en su momento el profesor Senabre.

 

El último apartado, ‘Luz antigua en sollozos, vieja voz peregrina’ (pp. 71-85) enlaza con la primera parte del libro, cuyos motivos temáticos recupera. Así, el paisaje, contemplado con serena melancolía —‘El camino’ (pp. 71-72)— o en otros momentos con una objetividad que trae cierto aire guilleniano —‘Postales’ (pp. 73-74)— vuelve a ocupar el centro del poema. Y, al lado del paisaje, el fluir del tiempo: “Contemplando el peral ya florecido, / ese albor impoluto sobre el verde / recién pintado apenas en las hojas, / vuelven de pronto tantos años idos” (p. 78). Respecto a la primera parte se observa, sin embargo, un cambio en el aspecto formal: la prosa poética ha dejado paso al verso libre y al verso blanco.

 

El libro se cierra con un ejercicio de ingenio, ‘Soneto peregrino y estrambótico’ (p. 85) que va precedido por un texto explicativo. En la estela de la literatura de centón, y emulando en este caso el soneto 112 de las Rimas de Lope, compone Garrido su propio soneto con estrambote en endecasílabos blancos tomados de autores tan diversos como Umbral, Castroviejo, Casiodoro de Reina, Colón, Octavio Paz, Martínez Oria, etc. La dificultad estriba en que los versos proceden de textos en prosa que han sido cuidadosamente podados de sus respectivos árboles prosódicos y convertidos en endecasílabos.

 

En definitiva, en Mariposas errantes Luciérnagas latientes Manuel Garrido deja constancia de sus indudables virtudes literarias, unas virtudes que aúnan de manera notable amplitud y variedad de lecturas, sensibilidad, agudeza, hondura, oído poético y pericia técnica.

 

 

 

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