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Sol Gómez Arteaga
21/12/2017

Viaje emocional por el Miño

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Para mi amigo Manuel Vázquez de la Cruz, de la esquina verdeazulada del mundo,

capitán de una barca llamada Insua, que un día me llevó por el río de la vida.

Con Juan, Julián y Miguel.

 

                     

“Nada ocurre sin ser antes un sueño” dijo J. C. G parafraseando al poeta Carl Sandburg,  y mi sueño de navegar en una barca de pescadores se cumplió el uno de julio de este año que termina por obra y gracia -y gracias a la generosidad- de mi amigo Manuel, quien en su barca Insua nos condujo magistralmente desde el pantalán de Tuy hasta el Océano Atlántico. También leí que había que tener mucho cuidado con lo que se soñaba, pues cuando los sueños se cumplían había que estar a su altura. Yo no sé si lo estuve, lo que sí sé es que este sueño hecho realidad, -con parada obligada en el merendero de Quim y su familia en el que nos detuvimos a comer un exquisito abadejo fresco regado con albariño, treixadura y loureiro mientras gozamos de increíbles historias como la de Manoliño, redentor de putas irredentas-, fue una experiencia de vida, un emocional viaje lleno de sensaciones y de contrastes como llenas de sensaciones y contrastes son las propias aguas del Miño.

 

Nada más iniciar el viaje lo primero que percibí fue la diferencia de sus orillas, la española poco cuidada, frente a la portuguesa mucho más esmerada, primorosa, para acto seguido llegar a la evidencia de que las fronteras son un constructo mental, cultural, que no existirían de no haberse inventado los límites geográficos.     

 

Tuve también la percepción de un tiempo y espacio relativos, de manera que la ida se me hizo mucho más corta que la vuelta. Y como a veces nos ocurre con el movimiento hubo momentos, la mayoría, que la sensación era de avance, mientras que otros eran los árboles y los edificios y las personas los que, como fruto de un espejismo se movían, mientras yo permanecía quieta. 

 

Y a ratos sentí frío y a ratos calor y, gracias a la generosidad de mis compañeros que me cedieron el lugar privilegiado de la proa, sentí esa soledad buena que a veces se experimenta aun estando en la mejor de las compañías.  

 

Durante el tiempo que duró la travesía no dejé ni un instante de escribir en las ondas del agua, a veces sinuosas, a veces plagadas de destellos, a veces rectilíneas, el sinfín de sensaciones y de sentimientos y de emociones que, como pájaros desatados, acudían a mi mente mientras en las orillas del río discurría, como si de un microcosmos se tratara, el mundo y sus afanes. Vi carritos de niños paseados por sus madres, puentes modernos y antiguos, paseantes en bici, viviendas viejas y viviendas nuevas, lugares de recreo donde la gente transitaba ociosa, bañistas solitarios, pandillas de chicos y de chicas, puntiagudas torres de iglesias, hasta una pareja haciendo el amor sentada en una roca que, tras saludar, prosiguió con su afán amatorio…, todo un compendio de vida en el que me sentí observadora, voyeur, pero también observada, pues nuestro paso en barca por el río tenía para los habitantes de sus orillas, o eso me pareció a mí, algo de excepcional y exótico.   

 

Y tal como me había anticipado Manuel en las aguas del Miño encontré todas las gamas posibles de verde, -verde amarillo, verde intenso, verde botella, verde musgo-, pero también con las no posibles, no imaginables, o no descriptibles con palabras. Aguas ricas de vida en las que descubrí patos y garzas y golondrinas de mar y grullas y unos pájaros llamados fonduchos que se meten al fondo del agua y cuando ya no aguantan más sacan solo la cabeza. Y unas plantas de flores muy blancas flotando llamadas sargazos, como el mar del mismo nombre que Cristóbal Colón referenció en el primer viaje al Nuevo Mundo, siendo por esto que algunos le atribuyen origen gallego. 

 

Yo en el origen de Colón no entro, ni sé, lo que sí sé es que hay un momento en el que el río cambia de intensidad, se abre y va a dar a la mar que no es el morir, sino el anfiteatro más hermoso del mundo, madre oceánica, útero materno, donde la sensación es de inmensidad, exclamación, plenitud. Ahí nos mantuvimos un buen rato, -yo me hubiera quedado para siempre-, antes de iniciar el retorno obligado, sin dejar de sentir ni un instante cada una de las sensaciones variadas y cambiantes que he descrito en un viaje en el que el pensamiento no puede tomar asiento pues su sino, como las propias aguas del Miño, es estar siempre de paso.

 

Fue en suma una experiencia única, inolvidable, de esas que uno se lleva consigo para cuando vuelve a la cruda realidad de los afanes y los días, contemplar como un tesoro y sentir que, a  pesar de los pesares, la vida vale mucho la pena.

 

Pero además, estoy segura, un trozo de mí se quedó para siempre en las aguas verdeazuladas y vibrantes del Miño, ese lugar donde un día fui feliz y más rica, como siempre que coincido con ese rapaz octolescente que por razones varias, y las abuelas saben mucho de eso, non parece deste mundo.  

 

Gracias, Manuel Setecaminos, capitán, mi capitán.

 

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