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José Cabañas González
22/12/2017

Los hechos históricos y las fuentes

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(Contestación a don Juan A. Cordero en 'Más sobre las mártires de Somiedo')

 

En respuesta a las consideraciones que don Juan A. Cordero hace a mi anterior comentario a su entrega “Una larga odisea. Segundo intento”, de la serie “Detrás de la huella del INEMA”, a propósito de su alusión en la misma a “las 3 enfermeras de Astorga”, por supuesto, con idéntico respeto al que él mantiene, me gustaría hacerle llegar por esta misma vía las siguientes apreciaciones:

 

Mi atención, y mi comentario, se centraban exclusivamente en esa alusión, lamentando que el autor de tan excelente serie hubiera perdido en ella y por lo que respecta a tal alusión rigor histórico al atender y repetir, sobre lo sucedido en Somiedo en los días finales de octubre de 1936, solamente versiones antiguas, parciales, interesadas, y superadas por la historiografía seria, solvente y fiable que más recientemente se ha ocupado de ello desde hace ya más de diez años (en 2006 y 2011), no atendiendo también a esta.

 

El conocimiento de la historia y de los hechos de los que esta ciencia (no exacta, por cierto) se ocupa no es estático, cerrado y perenne; está sujeto a variaciones, de modo que nuevos tiempos y nuevas fuentes o nuevas interpretaciones de las mismas, siempre analizadas y usadas con las mayores pretensiones de imparcialidad, rigurosidad, honestidad, neutralidad, y de acercamiento así a las máximas objetividad y veracidad posibles, pueden dar lugar a variar, rebatir, matizar, ampliar y/o complementar lo antes conocido, producto de confrontar y contrastar unas y otras fuentes y los contextos, motivaciones e intereses en los que cada una de ellas se generan. Este es mi convencimiento, y esto es lo que trato de practicar en mis modestas indagaciones sobre unos u otros hechos históricos.

 

Sentado por mi parte lo anterior, paso a ocuparme de las consideraciones que don Juan A. Cordero ha tenido a bien dirigirme, y a responder a ellas:

 

En cuanto a la primera, cierto es que el párrafo se inicia con “Se habla” (solamente), tanto como que se cierra con una nota a pie de texto que remite, solamente, a la Wikipedia, en la que, por cierto, tampoco se toma en momento alguno como fuente ninguna de las recientes (del 2006 y 2011) que cuestionan, desdicen y corrigen lo afirmado en las que si se tienen en cuenta, algunas del mismo año 2006 y del 2007, con lo cual “el pretendido distanciamiento” y “la puerta abierta a precisar la versión o interpretación de los acontecimientos comentados” por el autor, en el mejor de los casos parece que no sea tanto ni tan abierta, y las versiones que el autor presenta entonces, y las únicas que así brinda al lector, son aquellas y la de Concha Espina de 1940.

 

Respecto a la segunda de sus consideraciones, creo que, modestamente, hace tiempo que se puede asegurar que la historiografía seria, honesta y rigurosa ha catalogado de “propaganda franquista al servicio de sus intereses y del nacionalcatolicismo” (esta es la afirmación –la descalificación- que yo recojo y traslado de aquella) tanto “Las tres ramitas del roble” como “Princesas del martirio”, ajenas ambas desde luego a todo valor o mérito histórico. No sé si también literario, pero en cualquier caso no es este –el posible mérito literario- el objeto de esta amistosa controversia. La descalificación de su valor histórico como fuente fiable y veraz surge precisamente cuando se contrastan y comparan estas fuentes (“versiones” bien “concretas” de una concreta historia) con otras posteriores (todas las posibles: “concretas” y de todo tipo) más rigurosas y asentadas conforme a la metodología de la ciencia de la Historia. Y, créame, cae por su propio peso para quien, con honestidad, tiene ocasión de confrontarlas (como por supuesto he hecho; Concha Espina en la edición de 1941 de Afrodísio Aguado) con las que ya le señalaba en mi primera respuesta: Alonso Marchante (2006) y Del Reguero (2011). Y de todo ello parece deducirse que “no es excesiva tal adjetivación”, aunque no adjetivo yo de “reprobatorias” tales obras, sino de parciales, interesadas, muy poco rigurosas y fiables frente a otras que resultan serlo más, y también frente a testimonios de participantes o implicados en los hechos –alguna miliciana expone años más tarde ni siquiera haber estado en el lugar- que con el paso del tiempo han ido apareciendo (aún con todas las prevenciones y cuidados que requiere siempre el uso de las fuentes orales).  

 

Por otra parte, de la falta de valor histórico de las obras en cuestión dice bastante el contexto en el que se generan: en la Astorga de 1939 por José María Goy González, canónigo de la Catedral de Astorga y pariente de una de las enfermeras (¿cabía entonces otro relato sobre lo sucedido en Somiedo que no fuera el que hizo?), y en el Madrid de 1940 por Concha Espina, parece ser que por encargo y obligada por tener un hijo encarcelado por el régimen (según una versión) o por propia iniciativa para congraciarse con los vencedores y hacerse perdonar su antigua pertenencia a la Asociación de Amigos de la Unión Soviética que en 1933 había contribuido a crear (¿podía entonces  escribir de otra manera sobre aquellos hechos?). Detalles y datos como estos se hallan en las obras y las fuentes (no sé si “versiones concretas” o no; si parecen, desde luego, más rigurosas, honestas y fiables, que es lo que, a mi entender, importa) a las que el autor no ha atendido, privándose con ello de la posibilidad de tomarlos en consideración. Del valor histórico de lo aportado por Goy González y Concha Espina, relatos en los que se basa el supuesto martirio de las enfermeras astorganas y la consecuente pretensión de beatificarlas, algo debe de apuntar el hecho de que no haya unanimidad en cuanto a ello en los actuales allegados de las mismas.

 

Creo que no “mantiene una versión concreta de la Historia” quien maneja y contrasta todas aquellas a las que trata de acceder y le es posible obtener, sino quien se “encasilla” solo en alguna de ellas, o toma de otras tan solo lo que en un determinado –y preconcebido- sentido le conviene, como hacen quienes del Sumario por el que como responsable de los hechos condenaron (injustamente, al parecer y por lo hoy conocido) a Genaro Arias recogen la sentencia que lo culpa y los testimonios que lo incriminaron, pero no aquellos -que también los hubo- que lo exculpaban (no es el caso de la fuente de “El Desclasado”, a la que usted ahora remite, en la que sí se atiende a unos y a otros).    

 

Por último en cuanto a la segunda de sus consideraciones, señalarle que entonces (en la alusión a las enfermeras mártires en “Una larga odisea. Segundo intento”) no remitió usted a ninguna otra fuente más que a la Wikipedia (a lo que entonces escribió le di luego respuesta, y a esto ya me referí antes aquí), y no lo hizo a ninguna más de las que ahora cita. Respondo a su pregunta: no sé si las fuentes a las que ahora remite son o no “franquistas o nacionalcatólicistas”, ni tampoco hace -en mi opinión- al caso. Sí  parecen ser parciales, desde el momento en que, cada una en su fecha, tiene solo en cuenta aquellas fuentes precedentes, fabricadas, tergiversadas, interesadas y no rigurosas ni veraces del franquismo y del nacionalcatolicismo, y no otras (desde 2006 y el 2011 ya las hay) que contradecían o como mínimo ponían en tela de juicio a las en exclusiva consideradas, continuando de este modo con la presentación de una sola “versión concreta”, la única dictada e impuesta antaño por el franquismo, negándose o negando  el conocimiento de otras y hurtando la posibilidad de, por el contraste, obtener algo más verdad sobre el suceso.   

  

De la tercera de sus consideraciones le diré que, la fuente a la que ahora remite o cita, al igual que en la de “El Desclasado” a la que se refiere antes, son evidentemente más imparciales y ecuánimes, más neutrales y objetivas en cuanto al trato que la justicia franquista dio a Genaro Arias, al que hizo culpable de los hechos de Somiedo, aludiendo y mostrando también algunos testimonios exculpatorios. Pero, le repito, ni una ni otra fuente (ni todas menos una de las otras) fue citada por usted entonces, en su escrito objeto de mi primera respuesta.  

 

Sobre la cuarta, permítame que le señale que parece haber una contradicción en lo que expone: a mi entender, quien bebe solamente de algunas fuentes (“las que nos parecen más saludables o menos tóxicas, las que cuadran más con nuestro perfil intelectual o nuestra macro-visión del mundo”) y desdeña, rechaza y se priva de beber de otras (de considerarlas o consultarlas, aunque haya de ser para –con conocimiento de causa- refutarlas), del tipo que sean (“concretas” o no), si no gozan de aquellas condiciones (si le parecen menos saludables o le cuadran menos, o le son menos gratas o menos afines), se está privando precisamente de la posibilidad de practicar “el contraste y el acercamiento de versiones diferentes” por los que usted parece abogar (y que como antes le dije, trato yo siempre de ejercer con tantas versiones de un hecho como pueda obtener, sean o no “concretas” y me resulten o no gratas o afines). 

 

Sobre la Wikipedia como “fuente digna, válida y fiable”, permítame que no sea tan entusiasta de ella como usted, y que, reconociéndole la gran utilidad que sin duda tiene, introduzca algunas cautelas en su uso y en sus condicionantes y limitaciones como fuente, y prueba de que algunas tiene es lo que creo que debiera de ser ya evidente en cuanto a tomarla como exclusiva para los sucesos del copo del puerto de Somiedo los días 27 y 28 de octubre de 1936 y los hechos relativos a las enfermeras astorganas supuesta o pretendidamente mártires que en ese contexto tienen lugar. La misma apreciación le hago con respecto a Internet en general, donde hay desde luego mucho conocimiento y datos, pero tampoco está todo, aunque sí están por cierto el libro de Goy González (Biblioteca Digital de Castilla y León) y las referencias a esas obras de 2006 y 2011 que usted ha soslayado.

 

Por último, a propósito de la quinta de sus consideraciones, le reitero mis elogios por la magnífica serie con la que, sobre los orígenes o antecedentes del INEMA (del que creo que dependió en sus primeros años –inicio de los sesenta- como Sección Delegada el Instituto de La Bañeza), nos viene deleitando e instruyendo, y que yo disfruto y valoro sobremanera, pero también tengo que indicarle que, curiosamente, de haberse concedido la ocasión de tener en cuenta y contrastar con las fuentes utilizadas en su tan citada alusión a las enfermeras mártires, las referidas posteriores del año 2006 y año 2011 que no utilizó, dos de esas tres afirmaciones o seguridades en las que manifiesta continuar manteniéndose las hubiera hallado al menos cuestionables a la luz de los datos, detalles, informaciones y fuentes varias al parecer contrastadas y fiables que en dichas obras se muestran:  según lo desde entonces conocido, parece (ya habrá observado que, así y todo, huyo yo de hacer afirmaciones tajantes o absolutas, aunque no fuera más que por lo que apunté en el tercero de los párrafos de esta respuesta) que no se dieron tales vejaciones, ni martirios, ni maltratos previos, y en cuanto a su asesinato, desde entonces, y sobre todo después de las investigaciones en el año 2009 y las entrevistas de las astorganas Lala Isla y Mercedes Unzeta al testigo de los hechos Abelardo Fernández Arias, parece deducirse que aquel crimen (injustificable, deleznable y condenable como toda violencia y todo crimen, en todo momento y lugar, venga de quien venga y sea la víctima quien sea) más que un asesinato fue –técnica y jurídicamente- en sentido estricto un homicidio, impremeditado, repentino y espontaneo originado en una explosión de rabia, desesperación, odio y dolor de la esposa de un miliciano republicano al enterarse de súbito de la muerte –en muy particulares y odiosas circunstancias- de su marido y otro miliciano al “copar” las posiciones enemigas poco antes.

 

Como don Juan A. Cordero tiene el detalle de añadir que “espera mis datos para corregir los aspectos básicos que comentó sobre las mártires de Somiedo”, me permito traerle aquí una primera aproximación al conocimiento actualizado y contrastado de lo sucedido con las enfermeras astorganas que ya incluí en mi libro del  año 2010 La Bañeza 1936. La vorágine de julio. Golpe y represión en la comarca bañezana. Volumen I. Algunas consideraciones previas:

 

…… Imposturas y escamoteos creadores en ocasiones de víctimas que sumar al útil martirologio del franquismo que lo justificaba y legitimaba, como fue el caso de las tres enfermeras astorganas asesinadas en Pola de Somiedo (Asturias) el 28 de octubre de 1936, inhumadas en 1938 en la catedral de Astorga, y actualmente en proceso de beatificación. La versión franquista de los hechos (recogida en la primera parte del documental Prados de sangre, emitido por TVE2 el 08-12-2006, de la sentencia del Consejo de Guerra que juzgó a quién de ellos fue hecho culpable) y la atribución de responsabilidades hoy se demuestra haber sido falseadas[1]. Recientes testimonios, entre ellos los recogidos en abril y mayo de 2009 por las investigadoras Lala Isla y Mercedes Unzeta Gullón (sobrina de Pilar, una de las enfermeras) de quien presenció los hechos (Abelardo Fernández Arias) desmentirían radicalmente la versión del citado documental y la del martirologio franquista, y contradicen e invalidan también algunos detalles y datos de la presentada en el libro Muerte en Somiedo[2].

 

También me referí entonces a la utilización descarada y utilitarista que de aquellas víctimas (al igual que de otras) hizo el régimen de Franco, “para organizar y hacer rendir grandes shows patrióticos, incluso a costa de despojarlas a ellas y a sus deudos de tal condición  y convertir a unas y otros en iconos políticos, y religiosos en alguno de los  casos”.

 

Y una segunda que en el año 2013 recogí  en mi libro La Bañeza 1936. La vorágine de julio. Golpe y represión en la comarca bañezana. Volumen II. Tomos 1 y 2. Los prolegómenos de la tragedia:

 

…..otro leonés implicado en la odisea artística de La Barraca, como responsable administrativo y comparsa a veces, fue Ambrosio Fernández-Llamazares González del Ron, abogado que como soldado de Infantería había alcanzado el grado de alférez de complemento, voluntario para sofocar la revolución asturiana en octubre de 1934 desde las filas del Regimiento Burgos 36, republicano de derechas que con la misma graduación formaría parte de los militares nacionales copados por las fuerzas republicanas leales en el puerto de Somiedo el 27 de octubre de 1936 y fusilado con diez prisioneros más dos días más tarde de ser asesinados en la misma fecha del 27 otros diez, entre ellos las tres enfermeras astorganas que el franquismo presentará como “las mártires de Somiedo” [del Reguero, 2011: 228-235], resultando, al parecer, que no lo fueron tanto, sino que el crimen se originó en la revancha, el arrebato y la furiosa rabia de familiares de uno de los dos milicianos asesinados antes cuando fueron a parlamentar con los cercados….

 

Nada me resta, más que rogarle disculpe la extensión de mi respuesta, e indicarle de nuevo que a mayores detalles, concreción y amplitud de lo sucedido en aquel copo del puerto de Somiedo podrá acceder a no tardar en mi próxima obra Cuando se rompió el mundo… El asalto a la República en León y sus tierras, y sobre todo en el libro Las rendijas de la desmemoria que en breve (un par de meses) publicará, también en Ediciones del Lobo sapiens, la astorgana Lala Isla.

 

 


[1] Otra versión en Alonso Marchante, José Luís. Muerte en Somedo. Una historia de la guerra civil en Asturias y León (2006), págs. 55-60. El autor manifiesta no haber tenido ocasión de hablar con familiares de las enfermeras, que se negaron a ello.

[2] Entrevistas realizadas a Abelardo, en Gijón, en diversas fechas de abril y mayo de 2009.

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