Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 22/05/2018
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Ángel Alonso Carracedo
28/12/2017

Otro cuento...¿de Navidad?

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Silas Bartholomew III se bajó de la limusina negra. Embutido en su abrigo de cachemire sin mínima mezcla y entallado al milímetro en alguno de los sastres de la famosa Savile Row londinense, elevó la vista y no alcanzó a divisar la azotea del rascacielos que albergaba las oficinas del emporio heredado de su abuelo, Silas Bartholomew I, fundador de Bartholomew Toys Corp. Entre brazo y costado, como estrujado, portaba el dossier con los últimos resultados de la empresa. Números que desatarían la euforia de cualquier gerente bien atornillado a emolumentos y jubilaciones mareantes, por no decir ofensivas en la comparativa con retribuciones de la gran masa de asalariados.


 
Con el paso firme de esos triunfadores templados al fuego de las más groseras plusvalías en negocios sin atisbos de ética y conciencia, subió en el ascensor forrado en maderas nobles, exclusivo de los más altos ejecutivos de la Bartholomew Toys, hasta ese ático que poco antes no había podido vislumbrar desde las superficies terrenales. Allí se encontraba la sala del Consejo de Administración con sus integrantes ya reunidos en una especie de aquelarre de córvidos a la espera de las sabrosas tajadas de los beneficios sin sudor.

 

El tercero, como era ya conocido en ese argot confianzudo que se gastan los más encopetados empresarios, entró pletórico, pese a ser el primer encuentro con los más altos mandatarios del grupo empresarial. Su abuelo le había hecho entrega de los trastos unas pocas semanas antes, en el mismo lecho de muerte, aunque la agresiva visión como tiburón de los negocios que le distinguía, ya había campado por sus respetos en varias decisiones corporativas.  Saludó en genérico, sin nombrar a nadie. Y fue directo al grano. 

 

- Señores, aquí les traigo el reporte anual de nuestros resultados económicos. 

 

 

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Silas III guardó un énfasis perfectamente estudiado para husmear en un rápido recorrido visual las primeras reacciones faciales de los consejeros, tras el cual, prosiguió, visiblemente satisfecho de esta primera puesta en escena.

 

- Es para sentirnos plenamente satisfechos: un beneficio neto que ha crecido un 40 % en el último año fiscal. Un resultado colosal que permitirá incrementar el dividendo por título a los accionistas (nuevo énfasis para recordar que todos los allí presentes lo eran y con cuota importante), en registros cercanos al 30 %. Somos una empresa hábilmente saneada – continuó- gracias a una política de recorte de gastos de personal (una amable alusión a los millares de despidos acometidos) y a nuestra inteligente política de nuevas localizaciones fabriles en áreas geográficas competitivas (eufemismo con el que solventó la nueva mano de obra en países desregulados en legislación laboral y a la que podía pagarse a menos de dólar la hora sintiéndose hasta magnánimos).

 

Bastaron estas tres pinceladas para que el consejo puesto en pie irrumpiese en un sonoro y largo aplauso hacia el nuevo jefe, que constató en ese mismo momento lo efímero de una transición de neófito a magnate, sin caer en la cuenta (nada puede estropear un momento así) que el trayecto inverso puede resultar igual de sencillo y tan sometido al capricho de los números.

 

Reginald Mayweather, veterano consejero de la Bartholomew Toys, una especie de consejero delegado camuflado, pidió el turno de palabra, que le fue concedido de inmediato.

 

- Silas III, nuestra más sincera enhorabuena. No has podido comenzar mejor tu labor como presidente de la corporación. Tu abuelo se habría sentido orgulloso. Este es el primer ejemplo de tu gestión, pero no dudamos que el triunfo te acompañará en esta singladura. De casta le viene al galgo. Y hecha esta introducción que, apuesto, el resto del consejo hace suya, quisiera conocer los proyectos de futuro a corto y medio plazo.

 

- Ya está en preparación, y muy avanzado – contestó Silas III- un memorando con lo más relevante de nuestra estrategia inmediata. Os quiero avanzar algo. Proseguiremos con la expansión del negocio en zonas geográficamente favorables a nuestros intereses empresariales y desprendiéndonos progresivamente de la fuerza laboral poco rentable. Y dotaremos a nuestros juguetes de un altísimo contenido tecnológico que hará que los niños se entusiasmen con las maravillas que puede hacer una máquina apretando sólo un par de botones.

 

 

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Oído esto, alguien en una de las sillas de consejo se removió impaciente y nervudo. Era Jerome Hope, el más veterano. Un vejete desastrado, descuidado en su aspecto externo, con un traje negro raído que parecía seguir puesto desde el mismo día de su estreno hace un buen montón de años. Hope había sido el fiel asesor de Silas I, la otra cara de la moneda del negocio; uno, hacía la empresa; otro, ideaba el producto: una simbiosis perfecta. Aquel hombre atesoraba un espíritu infantil que contagiaba a las creaciones de los primeros tiempos de la Bartholomew Toys. Los juguetes que imaginaba eran adorados por los niños que hoy son abuelos y que, incluso, muchos  guardan aún en baúles de imborrables recuerdos. Esa autoridad moral e indiscutida le había preservado durante años asiento en el consejo de administración, con la anuencia del fundador, aunque su presencia siempre era más testimonial que real, porque ¿quién iba a hacer caso de las ensoñaciones de un viejo loco, más para allá que para acá?  

 

- Silas –intervino Hope tras ponerse en pie en una ceremonia bien estudiada que resaltaba una inteligente madurez en la espalda encorvada bien a la vista de todos- y te tuteo porque te tuve en brazos cuando eras un bebé; porque tu niñez me inspiró un montón de creaciones mientras jugabas con las que ya había patentado. Me sobrecoge oírte hablar con esa jerga de escuela de negocios en la que solamente parece que os enseñan a ganar dinero en tiempo récord. Un juguete es algo que sale del alma, porque va dirigido a seres puros como los niños. Que se disfruta por encima de cualquier valor material o medible en costes. ¿Nunca te diste cuenta cuando recibías tus regalos, la mañana de Navidad, que tu instinto te llevaba derecho al juguete de más bajo precio pasando de largo sobre lo que tus mayores consideraban el lujo que te iba a seducir? ¿Qué memorando estratégico o qué memoria económica puede hacer transparente la mentalidad de un niño? Ninguna. Ahora hablas de tecnologías que van a convertir a tu clientela en seres amorfos, incapaces de pensar o imaginar, puesto que la máquina lo hará por ellos. Olvidas cómo desarrolló tu creatividad un mecano o un juego de arquitectura. Se movían piezas al libre albedrío. Ignoras cómo socializabas con tus semejantes mediante aquellos juegos de fichas y dados, de casillas con trampas, de competencia sana e inofensiva con tus amigos. Hoy el niño juega en la más aburrida de las soledades apretando compulsivamente botones. ¿Puede ser eso capaz de maravillar a un chaval?

 

Jerome Hope cortó. Se dio cuenta de que pronunciaba un discurso en el vacío. La diversión del dinero no admite aguafiestas éticos o de otra índole moral. Se deslizó hacia la salida con el paso vacilante que únicamente pueden dar viejos memorables por sus demostraciones de sabiduría. Cerró la puerta despacio, muy despacio. En un brevísimo lapso de tiempo se concentraron todas las miradas sobre una silla vacía y apartada, con cierta aura fantasmal.


Silas III, con determinación de gran empresario, de escualo del lucro, rompió el ensalmo.

 

- Sigamos con el orden del día.  
                                                                                                                                                

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