Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/06/2018
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Isabel Llanos
29/12/2017

Otro cuento, otra navidad

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Regreso a casa, siempre que puedo. ‘Casa’. Me siento afortunada de tener aún un refugio, un lugar en el que sentirme niña, en el que sentirme cuidada, segura, arropada, menor… A veces me canso de ser adulta, de seguir en la batalla y daría lo que fuera por encontrarme con los fantasmas esos del relato de Dickens que visitan a Mr. Scrooge, y sobornar al de las Navidades Pasadas (mi favorito) para que me dejara allí sin retorno. 


Como tantos, tengo las festividades divididas entre casas y amores. Así que el refugio para pensar es el coche que me lleva entre páramos escarchados de un hogar a otro. Conducir siempre me aclara las ideas. Cuando vivía en León, hace casi ya dos décadas, muchas noches cogía el coche y conducía sin rumbo por las carreteras secundarias de las que era eje la ciudad. La música, mayormente con el volumen bastante elevado, acorde a mi estado anímico. A veces cantaba a voz en grito. Canto tan horrorosamente mal que sola en un coche en marcha en carretera es el único lugar en el que puedo desgañitarme a placer. Eran noches oscuras con franjas intermitentes de la mediana de la calzada como balas láser de un videojuego. Noches con heladas o con olor a monte introduciéndose por la ventanilla abierta en las más sofocantes del estío. Conducía hasta que los kilómetros apaciguaban mi espíritu y podía volver a confinarlo entre las cuatro paredes de mi dormitorio juvenil.

 
Conducir, para mí, es sinónimo de libertad. Aún echo de menos, mucho, todos aquellos kilómetros a lomos de mi Guzzi V.50 custom, con el olor de gasolina y del aceite caliente del motor. Parar en un arcén, ante un paisaje fabuloso, y prender un pitillo mientras los coches lanzaban envites al pasar. Aquellos rutómetros trazados en un mapa de carretera y un papel en la bolsa sobredepósito. Y siempre sola, a mi aire y mis horarios, casi siempre sin decir a dónde iba. Salir de trabajar a las once de la noche en febrero y meterme en ruta para ir a una concentración, tiritando encima de la moto sin cruzarme un solo vehículo en muchos kilómetros, sintiendo más frío que en cualquiera de los Pingüinos a los que fui. Pararme la Guardia Civil ─ ¡qué loco andaría en noches así, solo en carretera!─, y al abrir la visera del casco y bajar la braga decir “¡Sí eres una chica! ¡Y sola! ¿Pero… cómo se te ocurre?” Tomar una bebida caliente en los únicos bares de carretera abiertos a esas horas, al lado de los clubs, y recibir miradas extrañadas cuando volvía a meter la melena enroscada bajo el casco y arrancaba para seguir ruta…sola. Esas Navidades pasadas también las recuperaría. Porque todo tiene una fecha…y una edad.

 

 Me gustaría recuperar la mirada al futuro como un territorio virgen por explorar, donde aún era posible configurar una vida o, al menos, las esperanzas sobre cómo soñaba esa vida. Ya no. He perdido la esperanza, ergo, he envejecido. Me gustaría creer, recuperar la fe. Pero no, ya no. Y tengo que vivir con eso. Y con la losa, esa losa que me acompaña desde siempre, desde la misma infancia, que apareció en un periodo incierto entre los cinco y los seis años,  y que no deja de pesar ni por descanso vacacional navideño. 


Si por un momento viniese ese puñetero Fantasma de las Navidades Pasadas y me llevase a la casa de mi abuelo, a la que en el invierno entrábamos por la puerta de adelante porque el barro del jardín nos manchaba los zapatos al entrar por el patio. Y pudiese abrir de nuevo esa puerta pintada de verde fantasía de cristales helados y con vaho, y entrar en el portal lleno de plantas, una Virgen con un pequeño farol iluminándola en su hornacina, donde estaba el pesebre que yo misma había hecho con la Nancy como María, un Barriguitas como Jesús y un muñeco Kiko andador como San José con una barba de algodón, y poder cenar con mis abuelos, mis tíos, mis padres (los dos) y pasarme la noche a carreras con mi hermano de la cocina al pasillo cada vez que escuchábamos un ruido para pillar a los Reyes Magos dejándonos los juguetes,… Si sólo por un momento…

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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