Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/01/2018
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Tomás Valle Villalibre
29/12/2017

Historia de amor en Navidad

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Hay mucha gente, demasiada, que vive en la calle, que no tiene más que lo que puede acarrear en su desvencijada mochila, que se asea como puede en los baños públicos y pasa los días deambulando por la ciudad esperando que caiga la noche.

 

Su vida transcurre paralela a la gente que tenemos donde ir, que nos movemos por las ciudades atacados por los nervios, por las prisas, por la aglomeración, luchando por llegar a un destino que sí tenemos. Pasamos junto a ellos y apenas les vemos. Evitamos su mirada y si nos piden algo volvemos la cara para otro lado.

 

Sentado en un banco deslucido y estropeado por el paso del tiempo y las personas, se encuentra Alejandro. Tiene sesenta y dos años, y a pesar de vivir en la calle, de su pobreza, este sin techo demuestra día a día lo único que le queda: su dignidad. Fue encofrador, la crisis lo dejó en la calle y sin familia, ahora no le gusta mostrar su miseria y mucho menos dar pena; por eso intenta vestir lo más limpio y arreglado que puede dentro de sus posibilidades, pareciendo incluso en algunos momentos un hombre orgulloso.

 

Desde hace unos meses, cada miércoles, una mujer se le acerca y le trae comida, mantas y conversación. Es Elisa, una  elegante ex trabajadora de banca, separada, que nunca tuvo hijos y apenas tiene familia, aunque sí muchas amistades y dos gatos. Le encanta ser ama de su casa, preparar bollos de canela y servirse un vino blanco a última hora de la mañana, mientras pasea con sus zapatillas satinadas de tacón que tienen pompones en la punta, por su inmaculado salón, escuchando a Loreena Mckennitt.

 

Eran las seis y media de la tarde de la víspera de Nochebuena cuando, Elisa a pesar de la tarde gélida, se aproximó al banco donde Alejandro sentado, como inmune al frío, observaba pasar a la gente cargada con bolsas repletas de compras. Después de unos minutos de conversación en la que sobre todo comentaron lo bonita que estaba la ciudad con las luces que la adornaban, ella no pudo aguantar más y entre expectante y nerviosa le propuso no pasar en la soledad una noche tan especial. A Elisa le sobraban invitaciones para cenar con amigos y conocidos, pero en esta ocasión sin  ninguna sombra de duda, prefería compartir mesa con  este hombre tierno y afable, culpable de haberle robado una sonrisa cuando el día no le había ido del todo bien y  que en ocasiones se había prestado a ser su confidente y consejero. 


Después de meditar durante un buen rato, Alejandro accedió a la invitación.

 

Era Nochebuena, puntual, aseado y con ropa limpia del ropero de Caritas, llamó a la puerta de su anfitriona, quien salió a recibirle con una sonrisa y la elegancia que era habitual en ella. Le invitó a entrar, él se quedó un momento mirando para el hermoso árbol navideño que adornada el hall. De fondo sonaban clásicos navideños versionados por una orquesta sinfónica.

 

La cena transcurrió entre timidez y sonrisas que poco a poco fueren produciendo un fenómeno de contagio emocional, generando en ambos una serie de emociones positivas que transformaron la velada en un momento entrañable. Ninguno de los dos se habría podido imaginar que compartir este momento les estuviera reportando un regalo no esperado, dentro de una situación simple pero que les estaba enseñando una gran lección en la vida.

 

Se acercó el momento de los postres. Alejandro abrió la botella de Cava que Elisa había puesto a enfriar. Al brindar se desearon feliz Navidad. Alejandro para sorpresa de Elisa, la abrazó y con un leve susurro le dio las gracias por la noche inolvidable que estaba viviendo, por el regalo de aclaraciones, el de precisiones e ilusiones. Ella conmovida se abrazó a él y tontamente se puso a llorar, estallando en ese momento de ternura un abanico de emociones difíciles de expresar. Había decidido pasar con alguien esta noche, no por hecho de pasarla con alguien, quería estar con alguien que la hiciera sentir bien.

 

El corazón de Elisa estaba feliz, había decidido regalarse en esa noche sin regalos, un corazón nuevo, una decisión nueva, un momento nuevo, se lo merecía, se lo merecían los dos. Acariciando el destello de la noche, viendo como se iba consumiendo como una vela entre anécdotas y sonrisas, fluyendo todo de forma natural, se dieron cuenta que posiblemente llevaran tiempo enamorándose  de quien ninguno de los dos esperaba, de quien no estaban buscando, pero era un momento difícil de imaginar más perfecto para comenzar una apasionante historia de amor.

 

Al día siguiente el frío banco ocupado desde hacía tiempo por Alejandro, apareció solitario. Ahora se considera un hombre feliz y afortunado.

 

 

 

 

 

 

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