Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 18/08/2018
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Bruno Marcos / Ilustración: Juan Carlos Carbajo
31/12/2017

El peluquero de Hitler

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Continuamos con la publicación de tres cuentos de Navidad, en los que participan Antonio Toribios, Bruno Marcos y José Miguel López Astilleros. Hoy con una narración de Bruno Marcos que acaece un fin de año y el amor sorteando los avatares de la superstición y de la vida

 

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Como cada noche en este diciembre de 1944 la luna ha venido a la grieta del cristal del café Pots-damer Platz. Sobre la línea que asciende hasta el techo la luna se quiebra exactamente a media-noche y, luego, se cuadricula al llegar al impacto donde las rayas se vuelven una tela de araña. Con su luz toda la ciudad parece una montaña de oscuridades. Las partidas de hombres de las ruinas ya no hacen desaparecer los escombros como al principio de la guerra, en apenas una hora. Seguramente la mismas partidas de las ruinas sean ya cadáveres entre ellas. El café de los bajos del edificio Haus Huth es el único en pie. Su estructura de acero ha hecho que sea el solitario faro de una metrópoli devastada. Toda la Potsdamer Platz es una meseta sobre la cual humean las brasas que, a más de un metro por debajo, no dejan de arder nunca. Una mínima parte del hotel Esplenade se mantiene intacta. No llega a ser ni el diez por ciento de lo que fue y cada día que pasa se empequeñece con cada bombardeo. No obstante el café abre todas las tardes y el trozo de hotel también.

 

Completa el trío de cosas que se niegan a desaparecer el semáforo histórico, el que dicen que fue el primero del continente, cuyo mecanismo manual pone en marcha un hombrecillo a quien, seguramente, ya nadie paga pero que viene todos los días a regular el tráfico de unas calles que sólo están en su memoria.

 

Esta plaza que fue la más concurrida de Europa es ahora el cementerio de Europa, el cementerio de los sueños y los delirios de Europa. Todas las tardes de la guerra las he pasado en este café, en esta plaza que he visto ir desapareciendo, como si yo fuera, en lo humano, lo mismo que el café, el hotel o el semáforo, algo que resiste milagrosamente. Yo, un hombre insignificante, un peluquero que nunca ha buscado más que vivir y ser feliz, sin complicarse en nada. Berlín y las mujeres han sido mis dos únicas pasiones. Berlín, la ciudad como el escenario perfecto para conocer una mujer tras otra y, concretamente, esta plaza, hoy una necrópolis, fueron el centro del mundo por donde pasaron aquellas con más ganas de vivir.

 

No soy un seductor en los términos tradicionales sino un seducido, un hombre incapaz de eludir la fascinación que provocan tantas mujeres, todas misteriosas. Y ahora que me rodea la muerte me doy cuenta de que lo que me enamoró siempre fue la vida, esas en cuya cara brillaba más su deseo de vida.

 

No he tenido que incorporarme al ejército porque sirvo al Tercer Reich de otra forma. Soy el peluquero de Hitler. Yo inventé el largo flequillo liso y ladeado, las sienes rapadas hasta la nuca. He de reconocer que el bigotito vertical y estrecho fue cosa suya. Hitler sabía que tenía una cara vulgar, unos rasgos comunes, la nariz pequeña, los ojos pequeños, todo demasiado regular. Sólo un pei-nado extraño podría superar esa falta de carácter. Muchos gerifaltes del nazismo copiaron mi di-seño luego, incluso el pueblo llano.

 

Los estragos de la guerra han hecho que cada vez haya más mujeres solas. Cada tarde acuden al café y yo soy de los pocos hombres que viven. Cada noche me acuesto con una de ellas en una habitación del hotel Esplanade que, al día siguiente, desaparece tras el bombardeo correspondiente.

 

Hoy es fin de año y el Führer presiente su final. Cuando llegué al búnker estaba en pijama, jugando como un niño entre las maquetas del Berlín que diseñó con Speer y que ya nunca existirá. Se agachaba y ponía su diminutos ojos a ras del suelo de las calles que soñaron para gloria de Ale-mania. Una ciudad que su arquitecto dibujó como futura ruina para validarla. Si su mundo produ-ciría bellas ruinas, pensaron, ese sería el mundo por el que luchar.

 

Sin embargo en esta nochevieja del final de la guerra las ruinas no son bellas. Un horizonte de esqueletos de piedra rodea el búnker. El plan para salvarle, la gran estrategia consiste en que le cambie el peinado. La cúpula del Tercer Reich, las mentes más poderosas saben que Hitler sin mi peinado pasaría desapercibido y podría fugarse, que volvería a ser el hombre anodino que fue antes. Y muchas noches, en el café Potsdamer Platz, se me acercan desconocidos para pedirme en voz baja que, en lugar del pelo, le corte el cuello. Y no es justo que sobre un hombre tan insignificante como yo caiga una responsabilidad tan grande.

 

Acaba de entrar Marlene en el café con un vestido plateado que brilla poco porque la iluminación es muy escasa. Seguramente es un traje del cabaret. Los teatros tienen el techo abierto por las bombas y los actores que quedan viven en los palcos mejor conservados. Marlene lleva las cejas depiladas por completo y se pinta otras a unos dos centímetros por encima de donde debieron estar las originales. Eso le da un aire de constante sorpresa y nunca parece estar enfadada. Las cejas dibujadas tan arriba nunca bajan y toda la cara parece estar colgada de ellas. Cuando ya tienes muy vista a Marlene te das cuenta de que los arcos de sus dos cejas dibujadas tan alto son, en realidad, un gesto de resignación. 

 

Ha adelgazado tanto, como todos, que para ajustar su figura al talle del vestido lleva colocadas, en distintas partes de su cuerpo, pinzas de tender la ropa. Cada noche viene más atractiva que la anterior, como si a medida que la guerra se pierde y la muerte se acerca al café la fiesta de ese día debiera ser más intensa. A veces su atuendo recuerda a algunos personajes de los que habíamos visto en las funciones teatrales al comienzo de la guerra, cuando aún la ciudad rebosaba vida. En algún lugar, entre los escombros del teatro, el vestuario del elenco permanece a su disposición.

 

Paso la velada, como siempre, entre humo de tabaco y botellas de un champán que nunca falta en el Berlín sitiado. Para nosotros todas las noches son la última. Los soviéticos, por el este, están a pocos kilómetros y sus baterías no dejan de atronar confundiendo su ruido con el del piano, que tampoco para de tocar. Los que más dificultades tienen para conciliar el sueño aguantan hasta más tarde en el café Potsdamer y estos son, muchas veces, los más altos mandos, que parecen apurar las noches de una vida que se acaba, un imperio que iba a durar mil años y no llegará a la década.

 

Marlene ha venido poco a poco hacia mí, deteniéndose en varias mesas para rellenar una botella con las sobras de las copas. Me coge de la mano y tira de mí. Salimos a la plaza y cruzamos los cascotes hasta el hotel Esplanade. El portero pone la llave de una habitación sobre el mostrador y subimos. La número 13. Marlene se sienta en una silla, se estira hasta colocar la nuca en el respaldo y cierra los ojos. Entiendo que desea que arregle su cabello. Saco el peine de mi chaqueta, el peine de oro macizo con la esvástica grabada en su centro que me ha regalado Hitler, y lo humedezco en el agua del lavabo. Extiendo su pelo albino que, sin las ondas, es mucho más largo de lo que parece y casi toca el suelo. Luego introduzco mis dedos en el pelo y amaso la piel en torno de su cráneo, más tarde sus sienes, después las cejas pintadas que se borran un poco. Sigo por el cuello y el pecho hasta entrar por el escote y apresar sus senos. Saltan las pinzas de tender la ropa que le ajustan el vestido y queda suelto su cuerpo entre la tela. La saco de él desnuda como a un pez y la llevo en el aire hasta la cama.

 

En el amor con estas mujeres jamás median las palabras. Es como si todo estuviera ya dicho o que decir cualquier cosa fuera absurdo, como si fuera ya tarde para todo, como si los discursos, las palabras, nos hubieran llevado hasta esta hecatombe y sólo los actos, lo que ocurre en silencio entre dos cuerpos una noche, que puede ser la última, tuviese valor.

 

Marlene se coloca, frente al espejo quebrado de la habitación número 13 del hotel Esplanade, las pinzas de tender la ropa para ajustar el vestido a su, cada vez más escuálido, cuerpo. Bajamos agarrados del brazo por la gran escalera central de la cual sólo permanece la parte derecha, abriéndose la izquierda hacia un hueco de proyectil que permite ver lo que antiguamente fue la bodega, ahora una mancha añil con destellos de vidrios. Todas las cosas están rotas o salpicadas por fragmentos o polvo de bombas. No se puede posar la vista en ningún rincón en el que no haya destrozos o, directamente, agujeros de metralla. 

 

Salimos a la calle justo al amanecer, cuando el hombrecillo del semáforo acude a su puesto. Todo el espacio, todas las cosas y todo el aire de la plaza Potsdamer han sido tiroteados durante la noche de fin de año. Marlene se suelta de mí y, sin despedirse, se va por los escombros hasta desaparecer en el esqueleto del teatro. Es día de año nuevo y todo sigue igual. Una lluvia de obuses cae a mi espalda. Me vuelvo y veo una columna de humo negro salir de la esquina del hotel Esplanade. La habitación número 13, en la que acabamos de pasar la noche, ha desaparecido.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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