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Anuncia Rodríguez del Río
4/01/2018

Marulo, el gato con mucho culo

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Cuento para que los papás lean a sus niños en la noche de reyes, o al día siguiente

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Marulo era un gato rubito regordete y muy bonito. Su verdadero nombre era Mario, o al menos así lo llamaban sus dueños, tres hermanos que vivían en una espaciosa casa.

 

Mario llegó a aquella casa siendo solamente un bebé para ser la mascota de aquellos niños.

 

Cuando llegó era una bolita pequeña y preciosa, todo  de color miel. Los niños pronto le tomaron cariño, jugaban con él, lo acariciaban, lo pasaban bien juntos.

 

Al cumplir los tres añitos el gato enfermó un invierno. Se puso fatal, se pasaba el día vomitando, su frente pequeña  sudaba y sudaba... Agradeció enormemente a su dueño el día que lo llevó al veterinario.

 

El pobre gato recibió una buena dosis de medicamentos. Y por si esto fuera poco, cuando regresó a casa, lo hizo con la prescripción veterinaria de seguir tomando medicinas al menos durante los seis meses siguientes.

 

Y así se pasó nuestro pobre Mario tomando gotitas de medicamentos a la hora de las comidas diarias. Era uno de los tres hermanos quien, por riguroso turno, se encargaba de suministrárselas.

 

Esto sucedió durante seis meses.

 

Pasado este periodo de tiempo, el gatito se sintió aliviado cuando comprobó que ya no estaba enfermo y que ya se habían terminado para él las medicinas.

 

 

Pero su alegría duró poco.

 

Se dio cuenta de que últimamente, tal vez por las gotitas que el veterinario mandó tomar, había ido ganando peso poco a poco. No es que en un principio le preocupara engordar, pero aquello no le agradaba mucho.

 

 

Sin embargo, sobrevino el desastre cuando, una vez transcurridos los seis meses,  Mario dejó sus medicinas definitivamente.

 

El gato comenzó a engordar progresivamente.

 

No importaba que dejara en el plato la mitad de la comida que le ofrecían sus amos, seguía engordando,... engordando, ...engordando. Más que un gato empezó a parecer una bola redonda y peluda, de color miel.

 

Estaba desesperado, le desagradaba mucho ver su aspecto relleno y redondo.

 

Todavía era un gato joven, ¿cómo podía ser feliz con aquel aspecto?

 

Se resignó a verse tan gordo y tan fofo, asumiendo que éstas eran las consecuencias de la medicación que tuvo que tomar para curarse de su enfermedad.

 

Dejó de ser un gato sonriente y de repanchingarse al sol todas las mañanas de sol.

 

Todo hubiera podido soportarlo en silencio, llorando en silencio cuando se acostaba cada noche.

 

Todo hubiera podido soportarlo, pero la guasa con la que empezaron a tratarlo los tres niños de la casa, no.

 

Los tres hermanos se pitorreaban de él y fue entonces cuando le cambiaron el nombre de Mario por el de Marulo, y le decían con sorna:

 

                  - ¡Eh, Marulo!

                  - ¿No ves que estás echando mucho culo?

 

Y luego se reían los tres a grandes carcajadas y de forma desordenada.

 

Ya le dolía bastante a Marulo verse gordito y poco atractivo que para más suplicio tenía que soportar las guasas de los que antes fueran sus amigos.

 

Rabioso un día de tanto cachondeo, recogió sus poca ropita en una maletita de viaje para gatos y abandonó la casa al anochecer.

 

Prefiero ser un gato vagabundo, pensó, que soportar la falta de respeto y las burlas de éstos.

 

Salió al anochecer y caminó durante una larga noche. Descansó por el día y lo mismo hizo la noche siguiente y la siguiente. Tenía miedo de viajar durante el día por si alguien lo veía.

 

En su trayecto de la cuarta noche sucedió algo sorprendente. Divisó las luces de un campamento no muy lejos de la vía principal. Se acercó y

 

¡ se llevó la sorpresa de su vida!.

 

¡Era un campamento de gatos gorditos! ¡Todos, todos, absolutamente todos eran gordos! Seguro que aquí sí hay lugar para mí, pensó.

 

Vio que había gatos y gatas, grandes y pequeños. Se acercó y se presentó como Mario.

 

 

        - ¿Así que Mario?, comentó un gato grande que tenía todas las pintas de ser abuelo de muchos nietos.

        -Sí, dijo Mario, y además me gusta mucho cantar.

        - ¡Qué requetebién! El cantante solista de nuestro grupo anda algo afónico.

       - Si te quedas con nosotros  te llamaremos “Mariachi”.

 

Así fue como Mario pasó de Marulo a Mariachi.

 

Fue feliz en el campamento de los gatos gordos. Se enamoró de una gatina blanca, un poco más pequeña que él. Tuvo varios hijos y varios nietos pero nunca olvidó a los tres hermanos, los  primeros seres a los que amó.

 

Algunas noches, cuando la luna blanca brillaba sobre el cielo negro del campamento, recordaba su primer hogar y, con algo de nostalgia, imaginaba a los tres hermanos que finalmente se habrían hecho mayores sin el cariño de su gatito peludo, redondo y rubito como un melocotón.

 

 

                 

   

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