Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/01/2018
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Mercedes Unzeta Gullón
5/01/2018

Y la familia llegó...

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Y llegaron. Llegó la familia. Los nietos con su madre venían de Bali habiendo sorteado los problemas con las cenizas del impertérrito volcán pero con un largo viaje de avión a sus espaldas y un cambio radical de horario, temperatura y ambiente. El padre llegaba de Argentina con los problemas por la huelga general que paralizó aquel país por completo y supuso al hijo viajero 72 horas expedición entre aeropuertos y vuelos. El otro hijo con su pareja llegó desde  Madrid. Qué felicidad! Todos juntos. Vamos a pasar unos días estupendos.

 

Una gran mesa en el centro del comedor sobre la que se iban sucediendo desayunos, comidas y cenas. Un piano cerca que soltaba sus notas a medida que lo aporreaban los niños con gran entusiasmo poniéndose de puntillas para llegar a las teclas; felizmente de vez en cuando el padre de las criaturas armonizaba los sonidos tomando la iniciativa de recorrer las teclas con sus diestros dedos.

 

Velas, muchas velas rojas sostenidas por ‘papanoeles’ de madera, muchas ‘ponsetias’ y las lucecitas de colores adornaban la casa. La cocina, la principal estrella de las fiestas, mantuvo durante los cuatro días el protagonismo robándoles el papel a los niños. Una actividad frenética en este espacio; el horno no descansaba, se iban alternados las carnes, los pescados, los suflés y las tartas, y… la comida vegetariana, ah, sí, que si el mijo, la soja, el tajín.

 

Todo sucedió como corresponde a una tradición navideña.  Solo que… hay una cosa que no es ni un virus ni una bacteria, que le llaman el jet lag, que atacó a los viajeros transoceánicos, a unos y a otros y sobre todo a los más pequeños. Bali y Buenos Aires están en las antípodas, y esas diferencias horarias sumadas a las alteraciones emocionales de tanta manifestación de alegría, tanto encuentro y tanto regalo, dio como resultado un cóctel bastante complicado de saborear. A las cuatro de la mañana ojos como platos y hambre voraz; a las doce del mediodía un sueño letal. Los mayores como zombis, agotados de no dormir, los pequeños pasados de rosca de no comer ni dormir, porque siempre los tiempos eran otros, y aderezando el ambiente con llantos incontrolados e injustificados.

 

Pero… qué felicidad la reunión familiar. Lloramos, reímos, comimos a ‘destiempos’, abrimos paquetes sorprendentes, terminábamos el día rendidos y nos levantábamos abrumados y fatigados, pero… qué felicidad la reunión familiar.

 

El día de Navidad unos a medio comer con los niños berreando, y otros recién comidos, salieron pitando para Madrid para llegar a cenar con las otras familias. Con un “sentimos no ayudarte” la casa quedó vacía y alborotada.

 

Entusiasmo y desaliento; euforia y agotamiento; plenitud y vacío; felicidad y tristeza; alegría y angustia… Estas entrañables fiestas navideñas conllevan sentimientos muy contradictorios.

 

Y  pasó un año más. Demasiada intensidad emocional concentrada en tan pocos días. Todo el mundo  pone mucha intención en sus relaciones personales derrochando cariñosos gestos, dulces palabras, esfuerzos sentimentales y también buenísimos propósitos existenciales. Parece que eso que llaman el espíritu de la navidad alienta y despierta todo lo humano que tenemos y que habitualmente escondemos. Por unos días el mundo es más indulgente, generoso, caritativo, desprendido, comprensivo, pero… pasan esos pocos días y desaparecen los virtuosismos. Se apagan las luces de colores y vuelven los grises a inundar nuestras vidas.

 

Deberíamos cambiar el calendario emocional y dedicar una semana al año a la grisácea NO Navidad, y el resto del año mantener el espíritu bienhechor de la llamada Navidad para disfrutar, con luces de colores, de la afectividad, la sensibilidad, la alegría, la comprensión y la bondad de todos los que nos rodean y los que no nos rodean. Qué mundo tan feliz sería.

 

Este nuevo calendario, a la inversa del que adoptamos, sería además muy satisfactorio para la salud pública porque sanearía de muchas enfermedades a la población. Felicidad es salud.

Es mi propuesta para el nuevo año.

 

O tempora, o mores

 

 

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