Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 19/01/2018
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Sol Gómez Arteaga
5/01/2018

Reyes Magos de ayer, de hoy

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Los hombres aprovechan el frío helador de la noche de Reyes Magos para cambiar varios costales de alubias por unas monedas mientras la lluvia cae oblicua y pertinaz sobre sus hombros. Hecho esto, se suben a sus caballerías y regresan a sus hogares, donde ya casi de madrugada encontrarán un rescoldo de calor entre las sábanas. Son tiempos de estraperlo en los que la oscuridad resulta la mejor aliada para permutar mercancías siempre escasas. Y cuando más perra es la noche más libre de vigilancia y más segura.

 

Horas más tarde los niños despiertan. Lo primero que miran son sus viejos, también únicos zapatos, lustrados la víspera con betún, descubriendo en su interior una naranja, dos nueces, tres castañas, regalo humilde para unas navidades de contienda que muestran con regocijo a sus padres. Los niños viven en una casilla de camineros, en pleno monte. Y salen con sus regalos al exterior. La lluvia ha dejado marcadas en el terreno de lodo huellas de hombres y animales.

 

La madre entonces dice:

 

-Mirad, por aquí han pasado Melchor, Gaspar y Baltasar.

 

Los niños contemplan boquiabiertos esas marcas a las que atribuyen un carácter mágico, sopesando que si tan altas majestades llegan a un paraje tan aislado de la civilización no son ellos tan insignificantes.

 

Este recuerdo jamás lo podrán borrar de su memoria así pasen ochenta años.    

 

Treinta años más tarde otro niño encuentra en sus zapatos cinco billetes nuevos, como recién planchados, numerados consecutivamente, con la efigie de un Manuel de Falla flaco, envejecido, algo tristón, idénticos a los billetes que recibió el año pasado y el anterior -aunque eso el niño lo sabrá pasado el tiempo- que, por mandato de su madre, guarda siempre en la hucha al finalizar el día. Pero este año al lado de los zapatos hay un paquete. Lo desenvuelve con premura y descubre una cirila verde de plástico y ruedas negras, muy sencilla, tanto, que no lleva conductor. Eso no es óbice para que el niño la dirija con su imaginación por el Prao Rape, por la Vega de Uso, por la carretera comarcal que le lleva al pueblo vecino y de éste al otro, así hasta recorrer todos los pueblos del contorno. Se pasa el día el niño jugando y conduciendo su cirila hasta la hora de ayudar al padre a echar de comer al ganado. Incapaz de desprenderse de ella la lleva consigo a la cuadra, la deja en una esquina, se apura en esparcir por los comederos de las vacas los fardos de alfalfa a fin de retornar lo antes posible a su juego. Pero al recoger su juguete contempla con horror que ha sido aplastado por La Lagarta, una mula más vieja que Matusalén y más mala que un dolor de muelas.

 

Este incidente el niño, que hoy no es un niño sino un hombre que ya ha cumplido el medio siglo, jamás lo olvida.

 

Año 2018. Bajo los pies del árbol blanco de Navidad adornado con lazos de escarcha el niño desenvuelve su regalo mientras sus padres le contemplan desde la puerta: es un Nanodrone que vuela, hace fotos y videos, exactamente el mismo Nanodrone que vio en la sección de electrónica de los grandes almacenes hace unos días. Sus padres sonríen, se sonríen, parecen contentos, tal vez más contentos que el propio niño… El padre se acerca solícito y, tras leer concienzudamente el manual de instrucciones, se dirige con su hijo a una explanada desierta para volarlo. Cuando el niño lo ve surcando el cielo piensa que es mucho mejor que el guerrero intergaláctico que habla tres idiomas, baila, dispara dardos y camina en cualquier dirección, que le trajo hace unos días Papá Noël. Su padre, con el mando en la mano, disfruta tanto o más que él.

 

¿Qué tendrán estos Reyes Magos del siglo XXI que a todos, grandes y chicos, hacen felices? 

 

 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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