Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 16/08/2018
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José Miguel López-Astilleros. Ilustración : Juan Carlos Carbajo
6/01/2018

Mi mejor regalo

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Señor, dos cosas me hicieron dudar siempre de ti;

una cosa negra y una cosa blanca: 

que nacieran seres monstruosos y

que se mueran los niños.

                                   J. R. J.

 

 

 

A pesar de que a los seis años ya no creía en los Reyes Magos, harto envidioso de que mis amigos no pararan de contarme cómo jugaban con sus hermanos, y con tiempo suficiente para cumplir mi deseo, aunque entonces no sabía nada de plazos de maduración, me apresuré a comunicar a mis padres que las próximas navidades quería un hermano para Reyes. A los pocos meses la barriga de mi madre comenzó a hincharse con desmesura. No asocié tal circunstancia con mi solicitud, porque me ofrecieron una explicación tan fantástica sobre el fenómeno, que no podía dudarse de su veracidad. Aún la recuerdo: en el abdomen de las mujeres, según mi padre, se formaban los planetas de nuestra galaxia, que luego, cuando todos dormían, eran expulsados hacia el universo, donde terminaban de desarrollarse hasta llegar a la edad adulta, girando en sus respectivas órbitas alrededor de una estrella, a la cual acompañarían de por vida. 

 

 

Los días previos a la noche mágica estuve al tanto de los movimientos y las conversaciones de mis padres, por si captaba algún indicio sobre las gestiones pertinentes para obtener mi anhelado regalo. Nada me hizo sospechar, sin embargo, que estuvieran pensando en satisfacerme. Tal vez se hubieran olvidado del asunto, puesto que durante la comida del día tres de enero me preguntaron qué iba a pedirle a los Reyes Magos. Por un momento pensé en mortificarlos, diciéndoles que mi amigo Víctor me había castigado con la revelación de su verdadera identidad, por cuestionar su liderazgo ante la pandilla con un magnífico puñetazo en el estómago. Pero no lo hice, tal contestación quizás hubiera supuesto la renuncia a toda expectativa. Preferí recordarles que solo deseaba tener un hermano y que ningún otro presente colmaría mi ambición. 

 

 

El día cinco de enero por la noche, tras la cena, me dejaron ver la tele hasta las once. Después me obligaron a marcharme a mi habitación para dormir, condición indispensable sin la cual los Magos de Oriente no cumplirían su cometido. Tardé muchísimo en alcanzar el sueño, porque comprendía que un hermano no era un regalo como la Nintendo del año pasado o la Granja de Playmobil del anterior. ¿De dónde sacarían un niño que se pareciera a mí? Claro que… ¿y si se hubieran agotado los hermanos y me trajeran una hermana con el propósito de contentarme? ¿Qué haría yo con una hermana? El pánico se adueñó de mi cabeza y bajó hacia la espina dorsal, haciendo temblar mis cuatro extremidades. Si no hubiera conciliado el sueño de manera repentina, me habría levantado con objeto de rehusar ante mis progenitores tan azarosa petición. La ansiedad y el desasosiego de la vigilia se trasladaron a mis ensoñaciones. En ellas se escenificaba cómo tendría que cederle parte de mi cuarto, deshacerme de la mitad de mis juguetes con el fin de que cupieran los suyos, o quizás compartirlos con él. Tampoco podría zurrarle, porque el mayor siempre sería el culpable de cualquier altercado, incluso si fuera la víctima, lo cual le daría ventaja para humillarme a solas. Ocuparía mi lugar en la moto de papá en los paseos por el pueblo del abuelo, o tal vez me arrebataría los brazos de mamá durante los juegos en la piscina. Afortunadamente me despertaron el ruido sordo de unos pasos acelerados y alarmadas voces de adultos, en el instante en que posaba mis manos sobre el cuello del nuevo inquilino. Tía Amparo, que vivía en el piso de arriba, abrió la puerta y me encontró despierto, se acercó y me dijo que no pasaba nada, que siguiera durmiendo, porque los Reyes Magos llegarían en un santiamén si permanecía allí, oyera lo que oyera. Me dio un beso, me arropó y se marchó. Tiempo después escuché el llanto histérico de un bebé irrumpiendo en el silencio. ¡No podía creerlo! Todo era confusión y desconcierto.

 

 

Tras varias horas, no sé si de sueño o vigilia, mi padre se sentó a mi lado de madrugada. Me contó que cuando un pequeño planeta era liberado del vientre de una madre durante una noche como aquella, y alguien lo deseaba con fervor, los Reyes Magos obraban la magia de convertirlo en niño. Ven, te lo mostraré, es tu regalo, tu planeta, de quien tú serás la estrella alrededor de la cual orbitará toda su vida. Me asió la mano izquierda y nos dirigimos a su dormitorio. En la cama yacía mamá, asistida por tía Amparo y tío Eusebio, quien en esos momentos le aplicaba el fonendoscopio en el pecho, pues era médico. Me acerqué a la cabecera para darle un beso por indicación de papá. Mientras tanto él se había acercado a la cunita que había al otro lado, tomó a Mina en sus brazos y la colocó entre los míos. Esta es tu hermana Mina, Alejandro, me dijo con lágrimas en los ojos, acompañadas por las de mamá. Aún ignoro si lloraban por ellos mismos, por mí, por Mina o porque no reconocían en su rostro diminuto y desviado ningún rasgo de su estirpe. Poco importaba que fuera una niña, o que fuera o no la más guapa del mundo, lo importante es que había llegado con el firme propósito de quedarse conmigo, y eso cambiaría todo, mi vida, en particular mis reticencias y mis pesadillas, además de mi carácter irascible de niño tirano. Volví a creer en los Reyes Magos, aunque a partir de entonces no les pediría nada, porque nada podría hacerme tanta ilusión como su presencia redentora. En esa noche de prodigios, durante los años que sobrevivió, gozaba envolviéndola en el papel de regalo más bonito que pudiera encontrar, ¡a ella le divertía tanto! Ahora que ya no está, envolveré el recuerdo de sus silencios y la fragilidad de su mirada oblicua con aquel papel de regalo cada noche de Reyes. 

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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