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José N. Fuertes Celada
13/01/2018

Literatura zurda

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Antonio Guerrero, filósofo, columnista en Astorga Redacción, alma del proyecto de 'Filosofía en la calle' que mantiene una exposición en el Museo Arqueológico de Murcia, ha publicado recientemente el libro de narraciones 'Literatura zurda', sobre el oficio de escribir, entendido como anomalía, como enfermedad congénita que imprime carácter. Una escritura sobre la escritura, una reflexión sobre la reflexión.

 

 

Antonio Guerrero Ruíz. Literatura Zurda; Instituto de Estudios Almerienses; 2016

 

 

 

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Se trata de un libro con 12 narraciones fantásticas que en momentos recuerdan a Poe o a Jorge Luis Borges, unificadas por el tema de la escritura como forma de vida y de interpretarse en la vida.


En ‘El síndome del escritor’ (15) el personaje, es un híbrido de Enma Zunz y de Willian Wilson, entre el enciclopedismo de la literatura y la esquizofrenia.


Es esta doblez esquizofrénica la que fragua el paralelismo, la identificación en la diferencia entre el narrador ficticio (homodiegético) y el personaje (hay un tercer narrador que es el escritor heterodiegético). Ambos construyen la realidad con personajes de novela. Un escritor (heterodiegético) escribe sobre un escritor (homodiegético) y su personaje, el cual es personaje de novela. El personaje de novela Santiago Biralbo se topa con un autor que a su vez encuentra a un narrador de este mundo real (Antonio Guerrero Ruiz). El escritor (homodiegético) proyecta en Santiago Biralbo su alma despedazada, esquizoide y cuando se percata de su padecimiento a partir de unas notas de la charla con Santiago, desciende a su alma que es como decir a su inconsciente y clarifica su síndrome. (Escritura como terapia)


Este síndrome es el del escritor homodiegético y afecta por ende a cualquier narrador real, viéndose afectada por el síndrome toda ficción, toda la literatura: “De alguna manera se había creado una filosofía hermética: amar a la literatura sobre todas las cosas, alabarla; no pronunciar el nombre de ella en vano; no matarla ni ofenderla; sobre todo no engañarla”. (15) 


Con un mínimo de recursos y con un personaje despedazado en tres se construye una narración muy sabrosa y reflexiva sobre la condición de quien escribe y se aleja de la realidad para verle un sinfín de posibilidades. El texto acaba así en la vida, viene de la voluntad de un ser vivo, pero acaba afectando en su transcurso a la vida misma. Lástima que las notas que completan el cuento sean tan desveladoras, hubiera sido mejor dejarlo en suspenso, abierto, como predica el texto, a la interpretación de quien leyere, por otra parte evidente.


En esta misma línea y en el plano de la anomalía, de la locura, se aborda en ‘Palabras e identidad’ (23) la absurdidez de la escritura. El escritor de esta narración (síguese tratando de una problematización de la escritura a través de un personaje que escribe y reflexiona en ella) en su busca de la verdad elabora y enhebra palabras y frases, pretendiendo contar una esencia bien redonda que se definiera de una sola palabra. De lo contrario “pasaría toda la vida perdido en una esquizofrenia zurda y literaria.” Es el asunto de los universales y como estos puedan ser capaces de expresar todas las cosas, decantándose por un esencialismo que más expresa la inseguridad del personaje que desprecio al individuo por no universalizable. Un montón de sentencias y de preguntas recomponen un personaje introspectivo que adapta su vida a esos pequeños equilibrios con los que se quiere dar respuesta y lo convierten en un ser anómalo, alejado del mundo. Necesitaríamos más escritura para asediar cada una de las vetas que entreabrieron esas preguntas, para agotar cada una de sus palabras a una luz ‘perspectivesca’  para ver la dificultad de esa verdad redondeada.


La dolorosa vida de Buscarini, en ‘Armando Buscarini’ (27), sigue la tónica de los anteriores indagando la relación entre locura y escritura. Introduce una numeración muy expresiva en los párrafos mostrando en forma paralela lo que dice en el escrito.

 

 

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A menudo los planteamientos, la idea es singular, pero el ánimo explicativo interfiere en el desarrollo o en el acabado de los cuentos. Sucede esto en ‘Ser y parecer’, una narración con dos partes, de las cuales la primera funciona a la perfección, pero que pierde al serle añadida una segunda explicativa de lo que bien quedaba ya entendido en la primera parte.


La identidad y cómo se forja es otro de los asuntos de este libro, en ‘Ser y padecer’ (29). La distancia del escritor, pero también la de quien se forja un cuerpo, una vida y es consciente de la fabricación del ‘sí propio’; la distancia de la escritura, la de toda anomalía, la del disfraz adoptado, las postergaciones cotidianas, la explosión desacomplejada cuando la gota rebose el cántaro. Con un personaje entre el Pereira de ‘Tabuchi’ y el oficinista de Bartlheby  va una mujer, un hombre por la vida.


La identidad no termina de forjarse, lo mismo que la obra que queda ‘aperta’: ‘Opera aperta’. Sucede en ‘Definición fragmentaria’ (39), donde el personaje que escribe la narración, lo hace a partir de fragmentos diversos, intención recurrente de ejemplificar mediante lo escrito lo que se cuenta en la escritura. Con una técnica variada, procura acercarnos a un personaje al que todos sus conocidos consideran ‘indescriptible’. Se trata de Lucrecia, asesinada sin escrúpulos, definida por algunos de sus vecinos como de “una quebrada manera de ser.” (51). La caracterización de Lucrecia se aborda a partir de fragmentos de ‘La Voz de Almería’, una carta de José Cantón, escritor, a la editorial ’Zarabamda’; el informe policial del suceso y el borrador de los capítulos II, III y IV de la propuesta de novela de José Cantón a su editorial y  la sentencia judicial del caso.


El matiz de este cuento en cuanto al proceso de escritura es que nos muestra los entresijos de la investigación y de la creación de un texto y de un personaje, un personaje indefinido e indefinible, que se trata de cimentar a partir de unos pocos sucesos. La dificultad de forjar la identidad del personaje, la dificultad de cercar la identidad de la persona que lo representa a partir de evanescentes datos. El autor del crimen resultó a la postre ser Santiago Biralbo, un personaje de la novela ‘El invierno en Lisboa’, de Antonio Muñoz Molina, que es a un tiempo personaje de ‘El síndrome del escritor’, cuento de este libro  y que reaparece como asesino en la narración que comentamos.

 

No parece acabarse nunca la madeja del 'yo' y sus decisiones en la forja de un estilo 'apropiado' de vida. Una propuesta utópica que alguien quiere vivir y se queda en burbuja, acaso un margen amable de la sociedad al punto del desequilibrio. Se percibe un tono irónico cuando el aprendiz de escritor de ‘Estilo de vida’ (53) dice que vivir entregado a la literatura, a sus “manías esencialistas” (…) “son las únicas utopías que todavía quedan, las que me permiten mirarme al espejo con decencia.” En un discurso cercano al histrionismo, realiza nuestro escritor homodiegético (el imaginado por Antonio Guerrero) una crítica de la sociedad del deseo inmediato. Queriendo ser puro, llega a parecer un fanático entre un mundo de alienados. Lo mismo sucede con el personaje de ‘La felicidad a través de las palabras’ (51) que tuvo que dejar de ser en su felicidad por la presión conformadora del grupo. 


La literatura como espejo que aísla pero a un tiempo permite acogerse a una familia de adopción compuesta por los escritores clásicos hasta la actualidad (crítica tácita a la sociedad tecnológica que arrumba estos referentes vitales y morales). Un monólogo al final de este cuento nos regresa al autor del libro y nos va justificando la función del calificativo de zurdo, ya en el título y que emerge en unas cuantas ocasiones: “ (…), y por qué no puedo ser quién soy después de todo mientras escribo este relato extraño, incomprensible, raro, ilógico, zurdo, y sobre todo inacabado.” (59).

 

 

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Otro cuento sobre la escritura es ‘De cómo Cervantes inventó a John Lennon’ (71). En varios de estos cuentos los personajes son íntegros, se guían por su concepción de lo que debe ser una vida, deciden a la contra, porque quieren ser ellos mismos, fuera del imperio de lo establecido. Tal vez sea una contradicción querer ser el que se es y demorarlo a un porvenir permanente. En varias de estas salidas los personajes se estampan contra la realidad o en un ensimismamiento de locura. Es ahora Don Miguel de Cervantes quien tiene que evadirse de una realidad carcelaria y concebirá para ello otra salida de Don Quijote y Sancho. En este capítulo apócrifo del Quijote, Alonso Quijano quiere ser poeta: “Quisiera hacer del verso mi siervo para inventarle su destino y ser yo su dueño.” Una invención que corre paralela con la de la vida auténtica, una locura. Quiere Don Quijote usar otro nombre y vivir en otro tiempo y en otras circunstancias totalmente alejadas de su actual, quiere ser totalmente otro. Ni que decir tiene que Alonso Quijano es reencarnado en John Lennon y a partir de aquí se hace una reflexión sobre lo que sea un yo interno, siempre interino; un yo que se busca en su destino y que una vez en su posesión lo abraza y se abrasa sin disculpa, una meditación de aires estoicos aderezada por la desfragmentación del yo en la era de la postmodernidad, donde mi destino fuera el destino del otro. (La decostrucción total de 'Pierre Menard, autor del Quijote'.)

 

Luego hay otros textos que no toman como centro de la reflexión los escritos propios y ajenos, así ‘Sangre fría’ (63)  donde la emoción y la frialdad de unos sicarios se entreveran mientras ejecutan un asesinato. Una historia liada en contrapunto de esas dos emociones, la suspensión de la emoción y la confesión de una seducción. De cómo la parte emotiva al final se derrocha y hace lo mismo que la cerebral; comete un crimen de sentido zurdo.


O  en ‘Orgasmo invertido’ (79) un cuento en la línea de Poe, un análisis del miedo y del miedo a la muerte y de las dificultades de asumirse mortal. Utilizando varios lenguajes, el científico en la descripción de las causas del miedo, aunque realizada por un necrófobo, un historial clínico 'in media res'; el lenguaje del dibujo para delinear las alucinaciones que padece el personaje -“me figuré (…)”, “me imaginé (…)", "dibujé (…)”, “esbocé (…)”-. Otra vez el paralelismo, como figura retórica, entre la alucinación del personaje y una escritura que se demora, que se lentifica y nutre en su prosecución de redondeo, al tiempo que se recrea en la erudición y descripción de las escenas. Una escritura que se nutre del aire de esa familia de adopción: Dante o la oración rogatoria aprendida de la abuela, o los monstruos cinematográficos, citas de 'El cuervo' de Poe o de Nosferatu.


Puesto que esta pasión nos condena, tendremos que recurrir a la familia, no estamos solos, parece decir. El cuento representa el modo de terapia desensibilizadora que se administra en las obsesiones, en las fobias. El objetivo aceptar la muerte propia, una “agradable inquietud” al modo epicúreo, una aceptación de la propia muerte como propia: cuando ella esté tú ya no estarás.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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