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Javier Huerta
19/01/2018

La política se queda sin épica

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Hace unos años Eduardo Mendoza publicó en El País un celebrado artículo al que tituló «La novela se queda sin épica». Argumentaba allí el autor de 'La verdad sobre el caso Savolta' las diferencias que la novela de los tiempos modernos y posmodernos presenta respecto de los grandes modelos clásicos del siglo xix: Dickens, Galdós, Tolstói… Me he acordado del artículo en estos últimos meses, con motivo de los sucesos ocurridos en Cataluña y que todavía colean y seguirán coleando. Pues bien, remedando aquel título, hoy podríamos decir que ‘La política se queda sin épica’. Tal es la impresión que provoca ver a los presuntos héroes y heroínas del secesionismo, ciscarse en las leyes, desfilar ante los tribunales, entrar en chirona, pretender salir de ella aparentemente arrepentidos e, incluso, tomar las de Villaflandes, como ha hecho el expresidente de la Generalidad, cuya miserable y cobarde actitud se ha comparado hasta el hartazgo con la noble y llena de dignidad que mantuvo Josep Tarradellas cuando regresó a España después de un largo exilio.

 

Y si uno repasa la hemeroteca, verá la frecuencia con que editorialistas y columnistas se han prodigado, para describir la situación catalana, en términos como farsa, sainete, astracán y esperpento, todos ellos sacados del teatro y, más en particular, del teatro grotesco. En este caso nuestro periodismo ha venido a darle la razón al gran dramaturgo Albert Boadella, que ya en una fecha tan temprana como 1981 estrenó Operación Ubú, una ácida sátira inspirada en Jordi Pujol, primera de una serie que hacía honor al modelo en que se inspiraba: el Ubu rey de Alfred Jarry, santo y seña del grotesco vanguardista.

 

Catorce años después, en 1995, Boadella volvía a la carga con Ubu president. El tiempo no había pasado en balde, y la megalomanía de Pujol, reforzada tras haber salido indemne del fiasco de Banca Catalana, había calado en una gran parte de Cataluña, cada vez más abducida por los mitos atávicos del nacionalismo. En 2001 se cumplían los veinte años de Pujol en el poder, y el bufón (Boadella lleva a gala ese título) volvió a retocar su pieza, ahora titulada Ubú presidente o los últimos días de Pompeya. En ella no solo aparecía el carismático líder —encarnado siempre por el genial comediante Joan Fontseré— sino también Pasqual Maragall (aquí Pascual Maramágnum) y el que, años después, terminaría heredando el sillón presidencial, un tal Arturito Mas.

 

Hace unas semanas ha saltado a los periódicos la posibilidad de que, en el caso de que Cataluña se independizara de España, se creara un nuevo país llamado Tabarnia, que comprendería las zonas más pobladas, cultas y cosmopolitas de la costa mediterránea, de Barcelona a Tarragona, frente al interior, donde dominan los pagesos y los instintos más tribales. La invención parece digna de Boadella y su antigua tropa de Els Joglars. Por lo pronto el dramaturgo se ha apresurado a postularse como presidente de la nueva república, a cuyos ciudadanos dirigirá en los próximos días un discurso desde su exilio madrileño, donde por el momento vive plácidamente, pues en la Villa y Corte –rompeolas de las Españas, como dijera el poeta– a nadie se le pide nunca su carta de origen ni limpieza de sangre.

 

Adiós a la épica y bienvenidos al esperpento. En el centro de Madrid, muy cerca de la Puerta del Sol, está el callejón del Gato, en cuyos espejos cóncavos y convexos se miraban los héroes clásicos, según Valle-Inclán, para dar en la deformidad esperpéntica. Es una diferencia sustantiva, pues los irresponsables y traidores chalanes del separatismo no necesitan mirarse en ningún espejo deformador: de héroes no tienen un pelo y no son sino irrisorios fantoches de verbena.

             

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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