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Margarita Carro
21/01/2018

El viajero de la línea seis

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Margarita Carro es una omañesa residente en Astorga que siempre ha escrito cuentos, sin atreverse a hacerlos públicos, hasta que en 2011 obtuvo el primer premio de novela corta 'Powering the Arts'. Así 'La vida de Juanín', además de su primera obra premiada, fue el acicate para enterrar su timidez. Tras este premio vendrían otros dos relatos que serían finalistas en sendos concursos, y su primera obra infantil publicada 'Clarita en Lanzarote'.

 

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Al fondo del último vagón viajaba un hombre. Se miraba las manos con curiosidad, eran  grandes parecían zarpas de oso, las juntaba y separaba insistentemente, sus dedos demasiado gordezuelos le daban un aspecto de paquidermo. A  pesar de sus esfuerzos por aparentar normalidad, una persona observadora hubiese visto una incipiente crispación.


Llevaba una gabardina grasienta, descolorida por los años y con excesivas manchas sin saber a ciencia cierta su origen pues había demasiados candidatos para aquella colección.


A veces dormitaba otras escrutaba el vagón con avidez como queriendo ver a través de las paredes de chapa del metro.


Se subía en  alguna parada  de la línea seis en el Bronx. En cualquiera de las estaciones que jalonaban la línea, siempre antes de llegar a Manhattan.


Unas veces era en Middletown Road, otras en Westchester Square o en Brook Avenue. Era frecuente verlo merodear por allí, aunque no tenía hora fija.  Normalmente en horas nocturnas. 


A pesar de ello nunca había llamado la atención, era invisible para la mayoría de pasajeros muy ocupados en su propia vida.


Nunca se habían dado cuenta de que se levantaba precipitadamente y bajaba del vagón como una sombra  y solo unos segundos después desaparecía por entre los túneles o incluso muchas veces se escabullía por las vías.


La gente lo evitaba y aunque fuese lleno el compartimento nunca nadie se  sentaba a su lado, no se sabía por qué. Era extremadamente educado y no molestaba ni con su parlamento, ni con miradas llenas de doble sentido.

 

Mas había algo inquietante en él que solo con su roce, te helaba el alma.


Aquel día se había bajado precipitadamente del metro, algo le llamó la atención que le hizo actuar así. Al apearse tropezó con una muchacha que a punto estuvo de caer sobre las vías del tren.


El hombre desapareció de la escena en segundos mientras algunos viajeros intentaban calmar a la joven.


Aunque alguna vez abandonaba el convoy precipitadamente en cualquier parada de Manhattan, le gustaba esperar a la estación de City Hall. Hacía ya muchos años que los trenes pasaban por ella pero ninguno paraba en la centenaria estación, mas al aproximarse los maquinistas reducían la velocidad para que los pasajeros pudieran admirar la solida estructura de hierro, cristales y azulejos que en otro tiempo bullía de gentío. Solían viajar siempre un grupito de turistas que, deslumbrados por la belleza de otro tiempo más pausado, querían inmortalizar el recuerdo en sus móviles. Los demás viajeros aunque llevasen muchos años pasando por allí se dejaban ilusionar  por las exclamaciones de sorpresa y se quedaban mirando para sus bóvedas como si fuese la primera vez.


El hombre de la gabardina no miraba para la vieja estación, él se hundía en su asiento como leopardo al acecho. Sus venas se dilataban y sus ojos se encendían, parecía que le cambiaban de color, dejando el azul claro se pasaban al rojo fuego.


Sus manos se encrespaban y era normal verlo apearse en el Puente de Brooklyn manando sangre en las palmas. 


Sin embargo, si los pasajeros fueran más curiosos descubrirían que algunas veces mientras cruzaban por City Hall el hombre de la gabardina desaparecía. 


Un grupo de turistas había subido en la línea seis en el Bronx querían llegar a Manhattan  y les habían hablado de la estación fantasma de City Hall. Eran unas diez personas, todas jóvenes de diferentes nacionalidades, todos estudiantes de intercambio de las universidades. Viajaban en el último vagón, riendo, escuchando música en sus Smartphone, coqueteando entre ellos.


Entre ellos había una muchacha, pecosa, rubia, con unas lentes poco favorecedoras. La chica no acababa de sentirse a gusto con los demás. Iba mirando su propio teléfono móvil y poco a poco se distanció de los acompañantes, quedando relegada  unos asientos más atrás de los otros.


El viajero de la gabardina la había observado, estudiado, hecho un perfil psicológico de ella. Más absorta en sus pensamientos, no lo miró en ningún momento. 


El hombre, se desabotonó la gabardina y revolcó en los bolillos, comprobando que el objeto buscado estaba en su sitió.


Miró el reloj de pulsera, el Rolex marcaba que faltaba un cuarto de hora para lo esperado.


Los muchachos seguían abstraídos en su entretenimiento mientras la joven solitaria  se afanaba en leer un párrafo en su dispositivo móvil; ajena a sus compañeros de viaje.


El tren redujo su velocidad hasta alcanzar la velocidad humana en la que una persona sin correr podía seguirlo sin fatigarse. Los muchachos embobados de ver aparecer ante ellos como de la nada aquel contraste de luces que se colaban de la claraboya de cristales, reflejando entre los verdosos azulejos reminiscencias que asemejaban olas del mar. Todos sacaron sus móviles o cámaras y no pararon de hacer fotografías en todo el recorrido, hasta que la velocidad aumentó y la luz desapareció dando paso al monótono traqueteo del tren.


Al llegar a la parada de Puente de Brooklyn los compañeros se dieron cuenta de que la chica pecosa que iba con ellos había desaparecido. Al principió se impacientaron un poco por ella, pero casi ninguno tenía demasiada relación con ella. Hicieron varias cábalas sobre su desaparición. Propusieron volver otra vez sobre su recorrido, pero nadie recordaba  dónde la habían visto por última vez. Buscaron entre los contactos de sus Whatsap su número, pero nadie lo tenía Alguien comentó de ir a cenar a una hamburguesería cercana. Todos aplaudieron la idea pensando que la chica pecosa se habría ausentado sin despedirse de ellos. 

 

 

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Minutos antes cuando el tren pasaba por la estación de City Hall una mano abría la puerta con una llave maestra cargando con una mujer, reguarnecida debajo de la gabardina. Tan solo unos segundos antes la misma mano había aplicado un pañuelo empapado en formol sobre la naricilla pecosa.


En bulto corría por entre las sombras de los pasadizos de la fantasmagórica estación. Sus pasos eran firmes y a pesar de cargar con la mujer no le dificultaba la marcha. Siguió por los túneles hasta llegar a una puerta que abrió con un llavín, mientras sujetaba el cuerpo de la mujer sobre una rodilla. Una vez abierta la puerta la arrojo encima de un sofá viejo y descorchado. Cerró la puerta otra vez  y corrió un pasador. 


La habitación estaba escasa de muebles además del viejo sofá había un objeto cubierto con una colcha y una estantería de oficina con algunos papeles, unas cajas y un rollo de sacos de basura de plástico.  


El hombre se sentó en el sofá al lado de la mujer inconsciente y la observaba  detenidamente. Se deleitaba con su estampa y solo después de mirarla un rato la rozó con la yema de los dedos. Le recorrió todo el rostro estremeciéndose de placer.


La mujer comenzó a moverse, hasta que en el plazo de unos breves segundos fue abriendo los ojos, no dando crédito a lo que veía. Jadeando comprobó que tenía las manos atadas con una brida de plástico, dejándola inmóvil. Moviéndose como un pez fuera del agua logró ponerse de pié. La chica pecosa miró a su alrededor y solo vio una sala con escaso mobiliario. Le llamó la atención un ordenador y una impresora en 3D que estaban  preparados para usarse, juntó a ellos una bobina de plástico blanco.


De pronto se abrió la puerta y entró un hombre con una gabardina sucia. Al verla despierta se sobresalto y no tardó un segundo en abalanzarse sobre ella tapándole la boca con su grasienta mano.


La mujer aterrada se desvaneció entre sus brazos.


El hombre la desnudo con suavidad, desatándole las manos. La contemplo unos minutos la cogió entre sus brazos y la  acerco a la impresora en 3D colocándola en la zona en la que el rayo laser la diseccionó para copiar todos los milímetros de su cuerpo.  Como no se podía tener en pié debido al desmayo y al efecto del éter, había construido  una estructura de plástico en la que ataba a la muchacha y ésta permanecía erguida.


Una vez acabados todos los preparativos esperó unos segundos hasta que la mujer recobro el sentido, momento que aprovecho para poner en funcionamiento la impresora en 3D. El grito de la mujer fue ahogado en la garganta cuando el afilado corte de un bisturí se la seccionó. La abundante sangre se mezclo con el blanco plástico. Poco a poco la impresora fue modulando una muñeca de un tono rosáceo replica de la muchacha pecosa.


Una vez finalizado el trabajo el hombre metió el cadáver en una bolsa negra de basura, cargando con él que hizo desaparecer por una boca de alcantarilla.


Unas horas más tarde un elegante hombre vestido con un abrigo Loewe de lana caminaba por City Hall. Llevaba una bufanda blanca de seda alrededor del cuello y en la mano gordezuela izquierda un guante suave de cabritilla, mientras la mano derecha la llevaba en el bolsillo acariciando una pequeña muñeca rosácea. Caminaba pausadamente, era corpulento, atlético, sus pasos semejaban el elegante baile de un bailarín de danza clásica. Su mente iba dibujando un vestido inspirado en la última colección de Gucci. No tenía más que ganas de llegar a su apartamento de Manhattan para comenzar la costura y colocar a su nueva muñeca en la colección que llenaba parte de su vitrina.

 

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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