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Isabel Llanos
1/02/2018

Soy un elefante

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Pienso mucho. Siempre lo he hecho. Últimamente más: tengo más espacio. Cuando pienso mucho acabo con ‘comidas de coco’. Siempre ha sido así. Le doy tantas vueltas a la cabeza, y a las cosas, que a menudo pierdo la perspectiva y mi verdadero problema, entonces, es no saber distinguir con precisión qué es lo real. Mi propia madre me lo ha dicho a menudo “Hija, no te entiendo. A veces te comes el mundo, a veces te diluyes. No puedo seguir tus conversaciones, a veces sentencias como una catedrática, a veces me hablas desde un pozo. Y lo peor es que argumentas una cosa, me convences de ello, y al momento me planteas justo lo contrario con igual intensidad y persuasión. ¡Me vuelves loca!”. ¡Pobre! La verdad es que sólo ella, o mi triunvirato de amigas más íntimas, son capaces de bregar con un ser como yo, que hay días que ni me aguanto. Bueno, días no. La mayoría del tiempo. Y es muy cansado tener que convivir con uno mismo sin escape, por los siglos de los siglos, amén.

 

Aunque sabía que hace días que tenía que escribir esta columna, la semana pasada iba a destajo. La libertad cruel del freelance que pasa de la elección del tiempo y los proyectos, a la esclavitud de cogerlo todo cuando toca pagar ese ritmo de vida. Y me sentí cansada, muy cansada. No sólo físicamente, que también, siguiendo horarios infantiles que no cuadran con mis biorritmos, sino mentalmente. Después de todo, preguntarme de nuevo si no estaba, al fin y al cabo, otra vez, al inicio del proceso cíclico que es mi vida, como en un tiovivo perenne del que no hay manera de bajar. Y las ganas de dejar que siga girando sin mí son tantas, que son muy precarios los resortes que me mantienen en el caballito. Quizás porque en el fondo se trata de un parque temático en el que hay una única atracción, y el billete picado tan sólo te permite un viaje.

 

Recordaba esta semana el cuento del elefante encadenado de Bucay, que a veces uso en clase. En resumen, relata la extrañeza de un niño al visitar un circo, cuando observa a un gran elefante encadenado a una pequeña estaca que supondría una irrisoria resistencia si intentase soltarse. Su abuelo le explica que el elefante no se escapa porque ya lo intentó cuando era pequeño y que, en ese momento, la estaca sí que suponía un reto real. Así que el pequeño elefante se cansó de luchar, de intentarlo, asumiendo que era imposible escapar de un obstáculo que, si bien era grande en un determinado momento de su vida, al crecer era totalmente superable, conservando esa creencia que era lo que, en realidad, le aprisionaba.

 

Durante esta semana he pensado en la sabiduría de los elefantes. Son grandes y poderosos, pero no se enfrentan a los David que, como a Goliat, intentan atacarlos. Simplemente se quedan ahí, en pie, con serenidad, mientras su piel engrosada por el paso de los años hace de defensa. Y viven muchos, muchos años, con ‘memoria de elefante’, con gran sensibilidad e intensa vida emocional. Y cuando sienten que ha llegado el momento, según la mitología africana, se encaminan a su famoso cementerio.

 

Podría hacer el paralelismo entre el cuento y la biología con mi vida. Me crie bajo la manipulación del “todo es posible si luchas lo suficiente”, las barreras sociales acabaron en los siglos pasados y hay permeabilidad social, el bien acabará derrotando al mal, saldrá a la luz el resultado del esfuerzo y sacrificio, etc. Hoy, soy un elefante viejo que retorna al circo cansado de ver el mundo, sabiendo que no sirve de nada, que los cuentos se llaman así por algo, y que decide ponerse la cadena, dedicarse a comer la ración y dormitar el resto del tiempo, que otros decidan por él y dirijan sus pasos. Estar ahí fuera no compensa. A veces comes y a veces no, en ocasiones duermes al raso, y te miran diferente porque no eres humano y estás en un lugar que no te corresponde. Al final, el lugar más acogedor es tu prisión, porque es conocida y toda predicción de futuro está segura. Y al fin y al cabo, todos terminaremos igual. Nos terminaremos igual.

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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