Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo 17/08/2018
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Mercedes Unzeta Gullón
25/01/2018

¡¡Voglio un uomo!! (sin subirme a un árbol)

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Yo no quiero ser igual a los hombres, no, definitivamente No. Quiero ser mujer con mis estrógenos corriendo por el cuerpo y saliendo a pasear a los vientos que más les atraigan. Quiero que un hombre me mire con deseo, que no quiere decir que quiera que todos los hombres me deseen. Quiero ser atractiva en general para todo el mundo, pero si un hombre me contempla con admiración no me siento ofendida porque esté acosándome con la mirada sino todo lo contrario, me siento halagada, me siento orgullosa, me siento bien, que no quiere decir que lo necesite, que sea vital para mí, pero en ese momento lo más seguro es que mi estima personal lo agradezca.

 

Expresiones tan espontáneas como ingeniosas han salpicado los oídos de las féminas de nuestro país durante mucho tiempo formando parte de la cultura popular: “¡Dime cómo te llamas y te pido para los Reyes!” “¡Lástima que no sea bizco para verte dos veces, so guapa!” “Siempre me duele el estómago cuando me como un bombón, seguro que si te como a ti me muero de indigestión” “Si Cristóbal Colón te viese, diría: Santa María, pero que Pinta tiene esta Niña”. Algunas algo más soeces pero también ocurrentes: ”¡Niña, con ese cuerpo, yo te hacia un traje de saliva!” “¡Niña! ¡Estás más apretada que los tornillos de un submarino “ “¡Morena! ¡Tienes dos ojos como dos sartenes, que cuando te los miro se me fríen los huevos!”.

 

 Ahora aquellos piropos, que por lo general derrochaban ocurrencia, originalidad y gracia, que los obreros de la construcción echaban a los pies de una mujer al pasar por su lado y que esta dama recibía con la cabeza erguida poniendo de manifiesto toda su dignidad, pero con un regusto de satisfacción y orgullo, mientras seguía decorosamente su camino, ahora, digo, esas socarronadas callejeras serían motivo de cárcel por acoso auditivo.

 

Y qué decir. Estoy de acuerdo con las principales tesis que mantiene el manifiesto de las intelectuales francesas. Se está sacando de quicio, se está desvirtuando el tema del acoso. Una cosa es el acoso como tal y otra, como dicen las francesas, son las artes de seducción o las pequeñas improcedencias de las personas. ¿Dónde se sitúa el límite de lo penal? Me parece difícil de determinar verbalmente pero el límite se ve claro en el momento en que se produce la situación. Desde luego si hace treinta años alguien me puso la mano en la rodilla, primero: ni me acuerdo, segundo, si me molestó en ese momento se la quitaría y punto.

 

Tildar de acoso sexual porque te digan ‘alguna lindeza’  al oído o porque te hagan, lo que siempre hemos llamado con agudeza y chirigota: ‘proposiciones deshonestas’  (sin tener implicaciones laborales, ni de ningún otro tipo, por supuesto) me parece una aberración. Las palabras se combaten con palabras. Otra cuestión, insisto, es el empleo de la fuerza, de lo soez o de lo coercitivo.

 

La sociedad parece estar confundida y ofuscada. Por un lado nos aparecen magníficos y sugestivos efebos en todos los medios de comunicación, hombres perfectamente musculados y proporcionados anunciando olores, colores o vestimentas absolutamente extravagantes; también los medios nos ofrecen sofisticadas y seductoras mujeres  en ropa interior, y exterior, tratando de cautivar y embelesar con sus extraordinarios encantos. En fin, hermosos representantes de los distintos sexos desarrollando el efecto de sus feromonas para seducir al contrario. Pero… ¡ay! Nos enseñan una cosa y estamos promulgando otra muy distinta. ¡Ay! si ahora se te ocurre poner en práctica la seducción ¡te la cargas!

 

El movimiento feminista se ha pasado de rosca, se ha desbocado y galopa enloquecido y muchas veces sin sentido. Demonizar a todos los hombres y todos los comportamientos por unos pocos desaprensivos es una locura. Que el machismo  -entendido como machismo el histórico abuso del sexo masculino en todos los ámbitos de la vida-  hay que erradicarlo ¡¡por supuesto!! La equidad en derechos para ambos sexos es absolutamente necesaria, pero de ahí a arrasar con la identidad masculina y hacer de nuestros hombres unos peleles atemorizados y amilanados ¡¡No!!

 

Muchos hombres normales, de todas las edades, de los que no son ni maltratadores ni acosadores ni manipuladores, hombres normales de toda la vida , me han confesado que se sienten cohibidos, intimidados, acobardados, ya no saben cómo comportarse normalmente con las mujeres por si se les puede malinterpretar. Hablan de que van a tener que ir por la calle mirando al suelo para no acosar. No saben cómo comportarse y ello lleva a un retraimiento y una actitud tan forzada que vamos a acabar teniendo hombres robots que funcionen sólo con el botón de mando de las mujeres: ahora me miras, ahora no me miras; ahora me hablas, ahora no me hablas.

 

Mi amiga Lidia asegura que estamos castrando a los hombres. Seguro que algunas mujeres estarían encantadas de que así fuera realmente, pero la mayoría de las mujeres sensatas no tenemos ninguna gana de castrar a nuestros hombres, bueno los nuestros y los que no son nuestros, y sobre todo a aquellos que podrían o nos gustaría que fueran nuestros.

 

No acepto el pertinaz slogan de que ‘todos somos iguales’ Ahh, ¡eso sí que no! Yo no me identifico con una cabeza cuadriculada y refractaria, con una insensibilidad exasperante o con un desarrollo emocional a medio camino entre el sí pero no y el no pero no. Quiero que el hombre sea hombre y la mujer mujer, pero con eso no quiero decir que quiero que el hombre utilice  la fuerza bruta, ni el maltrato ni las violaciones ni las aberraciones ni nada de todo eso. Esas son las erróneas interpretaciones que sacan de contexto los movimientos feministas y enarbolan para desacreditar a las que no despreciamos al elemento masculino.

 

Queremos a los hombres con su testosterona bien dispuesta, controlada, eso sí, pero sin ninguna merma. Esto nos lleva a pensar que para controlar los instintos hay que educar a las personas. Y para educar a las personas hay que empezar por educar en la infancia. Y para educar en la infancia hay que tener unos buenos maestros en los colegios y una buena estabilidad emocional en las casas. Y para llegar a eso hay que elaborar una sólida ley de educación por encima de partidos e intereses, y una sólida formación a los educadores y a los padres. Todo está relacionado y todo en esta vida parte de lo que hemos aprendido en nuestra niñez. Si fuéramos mínimamente conscientes de lo importante que es la infancia y las primeras bases de la educación y, sobre todo, si lo fuera el sistema, el mundo sería menos constreñido e infinitamente más feliz. Así reconoce Fernando Arrabal que ha escrito un homenaje a su profesora de párvulos, agradeciéndole las bases que ella le dio para la vida y reconociendo que él es quien es gracias a ella.

 

O tempora, o mores

Astorga Redacción. Periódico digital de Astorga, Teleno, Tuerto y Órbigo
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